Las crucifixiones y resurrecciones de Maradona

Maradona ha muerto: ¡viva Maradona! En esta nota, Felipe Restrepo, cronista ajeno a los goles pero cercano a las personas, analiza la grandeza del héroe: representaba, con genialidad, a su gente.

Texto de 25/11/20

Maradona ha muerto: ¡viva Maradona! En esta nota, Felipe Restrepo, cronista ajeno a los goles pero cercano a las personas, analiza la grandeza del héroe: representaba, con genialidad, a su gente.

Cada tanto, Diego Armando Maradona resurgía de las cenizas. Y, cada vez que lo hacía, todos observábamos, asombrados, su renacimiento. Pero —inevitablemente también— más tarde que temprano volvíamos a ser testigos de una nueva y estrepitosa caída. Su poética de la derrota fue lo que la que lo hizo mucho más que un simple —e inigualable— jugador de futbol. Maradona fue un gran héroe contemporáneo.

Ahora, después de 60 años de una vida convulsa, ha muerto. Él mismo conocía sus debilidades y alguna vez le pidió ayuda a sus compatriotas: “Estoy en el corazón de los argentinos. Ayúdenme, por favor”.

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Debo admitir que nunca vi jugar futbol a “El Diego”. Sólo recuerdo haber visto algunas viejas imágenes de sus años dorados en las canchas: cuando pesaba 40 kilos menos y cuando sus mejores pases eran de fut, no de cocaína. También debo admitir que entonces el culto a su personalidad me parecía una cosa ridícula: que se trataba de un tipo desagradable e impertinente, que por años había logrado engañar a una multitud ávida de un ídolo.

Pensé eso hasta el día que me encontré con un amigo argentino. Era un escritor y periodista que ocasionalmente cubría temas deportivos. No era un experto ni un fanático. Era solamente argentino. Le dije entonces que no entendía por qué la gente quería tanto a Maradona. “Nunca nadie le ha dado tanta alegría a mi país. Nadie nos ha hecho sentir tan felices de ser argentinos”, me respondió.

Entonces mi percepción comenzó a cambiar.

Un tiempo después vi el estreno de un programa de televisión llamado La noche del Diez, en el que Maradona era el presentador. Me pareció, en principio, un patético intento publicitario por resucitarlo. Pero poco a poco me di cuenta de que era otra cosa. Había carteles que decían “Gracias, Dios, por ser argentino”. La gente gritaba, lloraba, cantaba. En un momento Maradona salió al escenario y cantó una canción que decía: “Sembré la alegría en este pueblo / regué la gloria en este suelo / si Jesús tropezó por qué no lo habría de hacerlo yo”.

El periodista inglés John Carlin también vio el estreno de La noche del diez. Y sintió lo mismo que yo: una admiración genuina por un pueblo que ama a su ídolo. En un artículo publicado entonces en “El País Semanal”, Carlin retrata muy bien la caída y el culto del jugador. Cita, por ejemplo, a Daniel Arccuci, un periodista argentino que habla sobre la adicción a la cocaína de Maradona: “Él mismo me ha confesado que sigue sintiendo la tentación, que todavía podría volver a caer. Es como Argentina. Ahora nos va bien. Superamos el desastre económico de hace cuatro años. Se percibe el optimismo, pero todos sabemos que la situación podría venirse abajo otra vez”.

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Es tan fuerte su leyenda que existe una iglesia maradoniana en Argentina. Se trata de un grupo de gente —bastante grande además, se dice que son más de 60,000 fieles— que se reúne a adorar a su profeta. Celebran la Navidad el 30 de octubre —en el cumpleaños de Diego Armando— y la Pascua el 22 de junio. Ésa es su fecha más importante: conmemoran el día en que Maradona le hizo dos goles a Inglaterra, durante el Mundial de México 86. Ésa es, para ellos, la resurrección: el momento en que “El Diego” selló una deuda histórica, la de la guerra de las Malvinas. Y lo hizo, además, con dos de los goles más famosos en la historia de la Copa del Mundo. Uno de ellos con la mano.

Dice el escritor Juan Villoro que lo genial de Maradona no es haber hecho un gol con la mano. Eso, explica, lo hace cualquier jugador. Lo que lo hizo una leyenda es haber afirmado después que el gol lo marcó “con la mano de Dios”.

Maradona fue un hombre que salió de la nada y que le demostró a sus compatriotas que se podía alcanzar cualquier cosa. Que se podía lograr, además, a través de la mayor pasión de su país: el fútbol. Y, lo más importante, que se trataba de un héroe humano. Tan humano que, después de alcanzar la mayor gloria, cayó en el fondo. Su vida ha sido un constante ir y venir entre crucifixiones y resurrecciones. EP

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