
En este ensayo —resultado de la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias—, Montserrat Aldave reflexiona sobre la importancia de fomentar la inclusión financiera como un mecanismo de ascensión social.
En este ensayo —resultado de la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias—, Montserrat Aldave reflexiona sobre la importancia de fomentar la inclusión financiera como un mecanismo de ascensión social.
Texto de Montserrat Aldave Hoyo 24/09/25

En este ensayo —resultado de la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias—, Montserrat Aldave reflexiona sobre la importancia de fomentar la inclusión financiera como un mecanismo de ascensión social.
La movilidad social se refiere al cambio en la situación socioeconómica de una persona respecto a la de sus padres. Este cambio puede ser ascendente o descendente, y manifestarse en distintos ámbitos como ingresos, educación, ocupación o clase social. De todas sus formas, la movilidad ascendente es la más deseada, ya que implica superar la condición del hogar de origen (movilidad intergeneracional) o mejorar la propia situación a lo largo del tiempo (movilidad intrageneracional). Esta posibilidad de ascenso refleja la existencia de oportunidades reales, donde las personas pueden avanzar gracias a su talento y esfuerzo, sin importar su punto de partida.
En ese sentido, el grado de movilidad social refleja cuán equitativas son las oportunidades disponibles en una sociedad: mientras menos pesen las circunstancias de origen, más peso tendrá el esfuerzo individual en las trayectorias de vida.
La literatura identifica dos grandes factores que explican las desigualdades en los resultados socioeconómicos: 1) el esfuerzo individual, es decir, las decisiones que están bajo el control de cada persona; y 2) las circunstancias de origen, que están fuera del control de las personas e incluyen variables como el lugar de nacimiento, sexo, tono de piel, nivel educativo y ocupación de los padres, ingresos del hogar durante la infancia, entre otros. Esta distinción es crucial, ya que mientras que el esfuerzo puede generar diferencias, las circunstancias no deberían determinar el destino ni condicionar las oportunidades.
En México, el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) levanta cada seis años la Encuesta ESRU de Movilidad Social (ESRU-EMOVI) desde 2006. Esta herramienta permite identificar los determinantes estructurales que influyen en las trayectorias socioeconómicas de las personas.
De manera consistente en el tiempo, los hallazgos muestran que la movilidad social en México es baja, especialmente para quienes nacen en situación de pobreza. Más aún, el CEEY estima que más de la mitad de la desigualdad de resultados se explica por las circunstancias de origen, es decir, por factores que no dependen del esfuerzo individual —como el nivel educativo de los padres, el lugar de nacimiento o el sexo al nacer—, lo que evidencia una profunda desigualdad de oportunidades.
Esto significa que una proporción considerable de la población no logra superar las condiciones socioeconómicas del hogar en el que nació, y permanece estancada en los mismos quintiles de ingreso o nivel educativo a lo largo de su vida.
Para profundizar en las causas de esta desigualdad estructural, la edición más reciente de la encuesta incorporó módulos temáticos sobre inclusión financiera, cuidados y COVID-19, ampliando así la discusión sobre los factores que pueden limitar —o potenciar— las trayectorias de movilidad social.
Ahora hablemos de cómo la familiaridad con la cultura financiera y el acceso a productos formales pueden ser un pase clave para la movilidad social.
La inclusión financiera 1 se entiende como el acceso y uso de servicios financieros formales regulados, que protejan al consumidor y promuevan la educación financiera. Aunque en México se han registrado avances, aún el 23.5 % 2 de la población mayor de 15 años no cuenta con ningún producto financiero.
Desde la perspectiva de movilidad social, la inclusión financiera juega un rol fundamental para reducir desigualdades, ya que abre la puerta al ahorro, la inversión, la protección y la planificación. Es decir, permite construir patrimonio, enfrentar riesgos y aprovechar oportunidades. Sin embargo, aunque puede ser un motor de ascenso social, su acceso sigue marcado por barreras estructurales.
Estas barreras reflejan desigualdades regionales —el norte lidera con una inclusión del 84.7 %, mientras que el sur se queda en 67.7 %—, de género —con una brecha nacional de 8.1 puntos entre hombres y mujeres—, y étnicas —donde los grupos indígenas presentan menor acceso y uso de servicios financieros.
Los resultados de la ESRU-EMOVI 2023 muestran una alta persistencia intergeneracional: los hábitos financieros —o la falta de ellos— también se heredan. Quienes crecieron en hogares con inclusión financiera tienen 7 veces más probabilidades de contar con al menos un producto financiero en la adultez y tienen 3.3 veces más probabilidades de llegar al quintil de ingresos más alto. Es decir, la inclusión financiera de los padres puede marcar el punto de partida económico de los hijos. Un privilegio silencioso, pero poderoso.
Más aún, Roa y Villegas (2025) muestran que la inclusión financiera también reproduce un sesgo de género en su transmisión generacional, desfavoreciendo a las mujeres incluso en hogares privilegiados. En estos, los padres tienden a hablar más de dinero con los hijos varones, enseñarles a administrar, elaborar presupuestos y entregarles dinero con mayor frecuencia.
Además, en los hogares de origen también se transmiten las percepciones negativas: estrés financiero, desconfianza en instituciones bancarias o malos hábitos de crédito, lo que refuerza barreras en lugar de abrir caminos.
Como resultado, los hombres con padres con inclusión financiera son quienes tienen mayores probabilidades de movilidad social ascendente: un 22 % logra pasar del quintil más bajo al más alto, frente a solo un 7 % en el caso de las mujeres. En el extremo opuesto, las mujeres nacidas en hogares pobres sin inclusión financiera enfrentan la mayor desventaja, con una probabilidad del 73 % de permanecer en el mismo quintil, frente al 65 % de los hombres.
En conclusión, la educación financiera —y la inclusión que esta posibilita— tiene el potencial de convertirse en un trampolín hacia mejores condiciones de vida. Sin embargo, en el México actual, más que una palanca de movilidad social sigue siendo un privilegio heredado. Quien nace en un hogar con cultura financiera no sólo arranca con ventaja, sino desde una pista distinta. Y esa pista, además, varía según el sexo. El machismo en casa moldea actitudes, limita oportunidades y condiciona trayectorias.
Los datos son claros: el acceso a servicios financieros —y la forma en que se enseña o no a utilizarlos— profundiza las desigualdades de origen, especialmente para mujeres y grupos marginados.
Si aspiramos a una sociedad donde el talento y el esfuerzo realmente definan las trayectorias, no sólo necesitamos políticas que promuevan la educación económica y financiera desde edades tempranas, sino que también debemos generar conciencia en los hogares sobre el impacto de transmitir hábitos financieros de forma diferenciada entre hijos e hijas, pues esto puede mermar oportunidades y perpetuar desventajas desde la infancia. EP
Centro de Estudios Espinosa Yglesias. (2025). Informe de movilidad social en México 2025. https://ceey.org.mx/informe-de-movilidad-social-en-mexico-2025/
Roa, M., & Villegas, D. (2025). Movilidad social e inclusión financiera: Resultados de la ESRU-EMOVI 2023. Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). https://ceey.org.mx/wp-content/uploads/2025/06/04-Roa-y-Villegas-2025.pdf