Más allá del origen: una historia sobre movilidad social, libertad y elecciones

En este ensayo —resultado de la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias—, Melanie Rubi Santos nos ofrece una reflexión sobre las múltiples formas que entraña la movilidad social a partir de su historia personal.

Texto de 29/09/25

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En este ensayo —resultado de la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias—, Melanie Rubi Santos nos ofrece una reflexión sobre las múltiples formas que entraña la movilidad social a partir de su historia personal.

La movilidad social suele presentarse como una historia de ascenso: la de alguien que nace en condiciones precarias y, gracias a su esfuerzo, alcanza una mejor posición económica. Sin embargo, durante la Escuela de Verano sobre Movilidad Social organizada por el CEEY en 2025, aprendí que la movilidad no es sólo una cuestión de subir peldaños. También es la posibilidad de elegir, de construir un proyecto de vida distinto al que parecía dictado por el origen. En esa reflexión encontré el hilo que conecta mi historia con muchas otras, pero también con las estructuras profundas que hacen que movernos no siempre sea sencillo ni justo.

Crecí en una familia oaxaqueña trabajadora, forjada al interior de un mercado tradicional. Por generaciones, tanto del lado de mi madre como del de mi padre, se han dedicado a la carnicería. No nos faltó comida, pero tampoco sobraron los descansos. El trabajo físico, desde la madrugada hasta que caía la noche, marcaba los días. No había horarios, vacaciones ni tiempo libre; el cuerpo era la herramienta central para sostener a la familia.

En ese contexto, la idea de estudiar se volvió un anhelo compartido, casi una promesa generacional. Mis abuelas no terminaron la primaria. Mis padres, aunque comenzaron la universidad, no lograron concluirla. Pero para ellas, como para mis padres, el mensaje fue claro: que sus hijos y nietos estudiaran no sólo para “mejorar”, sino para ser libres. Libres de elegir, de decidir si queríamos una vida como la suya o una distinta.

Este punto conecta con lo planteado por Rodolfo de la Torre (2025), quien sugiere que la movilidad no sólo debe pensarse como progreso económico, sino como independencia de las condiciones de origen. En mi caso, esa independencia inició con la posibilidad de dejar Oaxaca para estudiar en otra ciudad.

Irme a otra ciudad fue una ruptura y una continuidad. Por un lado, llevé conmigo la fuerza del trabajo familiar, ese impulso por aprovechar lo que mis padres nunca tuvieron. Por otro, encontré algo inesperado: profesoras y profesores que me mostraron formas de vida distintas, donde la academia, la reflexión crítica y la vida intelectual eran parte del día a día. Ahí comenzó otro tipo de movilidad, no tan fácil de medir, pero transformadora: una movilidad simbólica, cultural y subjetiva.

Luis Monroy-Gómez-Franco (2025) nos enseñó que las oportunidades están moldeadas por circunstancias ajenas a nuestro control, como el lugar de nacimiento, el ingreso familiar, el género e incluso el tono de piel. En mi caso, aunque tuve el privilegio de un sostén económico familiar, mis oportunidades se expandieron sólo cuando otras personas creyeron en mí y me ofrecieron herramientas para imaginarme fuera del camino trazado.

Matías Ciaschi (2025) también lo ilustra al decir que la movilidad no sólo es un tema de ingresos o educación, sino de bienestar, entendiéndolo  como la capacidad real de elegir y construir una vida valiosa. Elegir quedarme en la universidad, seguir un posgrado y dedicarme a investigar temas que me apasionan también es movilidad.

Durante la adolescencia, como muchas otras mujeres mexicanas, participé del trabajo de cuidado no remunerado: atender a personas mayores, cocinar, limpiar, cuidar espacios y afectos. Aunque en ese momento no lo nombraba así, esos cuidados eran parte del trabajo que las mujeres realizamos sin recibir remuneración ni reconocimiento. Hoy mi situación es distinta, pues vivo sola, en una ciudad lejana a mi familia, y no tengo a nadie a mi cargo. Sin embargo, sostenerme a mí misma también es un tipo de cuidado. Y ese trabajo, aunque solitario, también implica tiempo, energía y esfuerzo.

Susan Parker (2025) advierte que las responsabilidades de cuidado afectan la escolaridad, la salud mental y la participación laboral, especialmente entre las mujeres. En mi caso, haber vivido experiencias de cuidado desde joven me llevó a entender el peso que representa y, con ello, a tomar decisiones distintas. Hoy no sueño con casarme ni con tener hijos. No porque niegue el amor o el afecto, sino porque sé lo que implica el cuidado en contextos donde este trabajo recae casi exclusivamente en las mujeres. Como señala Mónica Orozco (2025), el sistema actual del cuidado en México perpetúa desigualdades que se heredan de generación en generación. En ese sentido, elegir no cuidar a otros no es una negación de la maternidad, sino un acto de autonomía: es también una forma de romper con las cadenas invisibles que condicionan nuestras decisiones.

Una de las lecciones más potentes de la Escuela de Verano fue que nadie se mueve sola o solo. Patrick Inglis (2025) lo deja claro al afirmar que la movilidad no es un proyecto individual, sino social. Es cierto que el mérito, la disciplina y el esfuerzo son importantes, pero no son suficientes.

Mi historia no sería posible sin mis padres, quienes me sostuvieron con amor y recursos económicos. Ni sin mis hermanas y hermano, que me acompañaron en momentos duros. Tampoco sin ese tío y tía que me ofrecieron su casa cuando me mudé a estudiar. Y mucho menos sin mis amigas, amigos y mentoras que han creído en mí, que me han abierto espacios para desarrollarme y crecer, tanto personal como profesionalmente; y; también me han abierto espacios para ser vulnerable y poderme sentir acompañada, escuchada y apoyada.

Gracias a esas redes pude resistir la soledad, superar el miedo y seguir avanzando. Mi trayectoria no es una historia de “superación individual”, sino de interdependencia y afectos. Como dijo una compañera en la Escuela: “La movilidad también es colectiva cuando otras personas nos ayudan a caminar”.

Hoy, al mirar atrás, no pienso en la movilidad social como un escalón que subí sola, ni como una competencia ganada. Pienso en ella como una posibilidad tejida entre generaciones, como una apuesta familiar por la educación, pero también como una red de afectos, mentoras y decisiones.

He alcanzado niveles educativos que mis abuelas no imaginaron posibles, pero lo más valioso ha sido poder elegir cómo quiero vivir. Esa libertad, tan sencilla y profunda, es lo que realmente define mi historia de movilidad, porque la movilidad social no es sólo pasar del campo a la ciudad, ni de la carnicería al posgrado; también es poder decir: “Esto quiero para mí”, y tener los medios económicos, culturales y afectivos para hacerlo realidad. EP

Bibliografía

Ciaschi, M. (2025). Movilidad social en América Latina: medición, determinantes y desarrollo económico. Presentación en la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social, CEEY, Ciudad de México.

De la Torre, R. (2025). Movilidad social y desigualdad de oportunidades: conceptos básicos. Presentación en la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social, CEEY, Ciudad de México.

Inglis, P. (2025). Hacerla en México: vida, muerte y movilidad social en una sociedad desigual. Presentación en la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social, CEEY, Ciudad de México.

Monroy-Gómez-Franco, L. A. (2025). ¿De qué hablamos cuando hablamos de desigualdad de oportunidades? Presentación en la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social, CEEY, Ciudad de México.

Orozco, M. (2025). Sistema de cuidados. Presentación en la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social, CEEY, Ciudad de México.

Parker, S. (2025). Uso de tiempo, salud mental y gasto del hogar: los efectos de ser cuidador en la movilidad social. Presentación en la XVI Escuela de Verano sobre Movilidad Social, CEEY, Ciudad de México.

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