To be grounded is not only to have feet on the ground; it is to inhabit a world that makes room for you.
Sarah Ahmed
Se ha vuelto más incómodo habitar el mundo. Hay para quienes es tan incómodo habitarlo hoy como lo era ayer o hace 30 años. Desde el privilegio del optimismo, de la seguridad económica, de la posición social, yo pensaba que el mundo tendría cada vez más espacio para todas las personas y esa esperanza me animaba. La concepción del gran arco de la humanidad que tiende a la justicia de Martin Luther King me hizo confundir el anhelo con la inevitabilidad. A estas alturas, ya aprendí que no hay inevitabilidad de la justicia: se construye o se destruye.
Quizá esa confusión proviene de que la justicia no es solo una idea abstracta que se formula en la mente y se explica en la filosofía. La justicia y la injusticia se sienten. Por eso nos conmueven las historias, la vivencia de las personas. Cambia por completo la experiencia de los conceptos, películas en blanco y negro que se tiñen de colores, sí, pero también hipótesis que se confirman o se desechan. Y esa verdad revelada se convierte en convicción y asumimos que esa convicción es transformación. Como si con solo hacer visible una realidad bastara para cambiarla. Como si la realidad fuera el resultado de la desatención y no de la voluntad.
En 2025, tuve la oportunidad de escuchar varias veces a un grupo de trabajadoras jornaleras de Guerrero. Hablaron sobre sus vivencias, sus embarazos a edades muy tempranas, los trayectos a los campos que no saben dónde están, dar a luz en el surco, no tener agua durante el día, no conocer al patrón pero sí conocer la tienda de raya en la que les venden más caros de lo que les pagan las verduras que ellas mismas cosechan. Son mujeres que enfrentan la violencia y la explotación sin cesar, en todos los ámbitos. Provienen de comunidades que viven en pobreza extrema, ellas y 8 millones de personas en este país. Al escucharlas y acompañarlas me queda claro que mientras haya personas que viven en ese nivel de carencia, habrá violencia y explotación laboral, porque no falta quien hace de esas carencias una oportunidad de negocio.
Se podría argumentar que esta es una realidad de larga data, que no es ninguna novedad; es verdad. Lo que sí es novedoso es el descrédito de los principios que animaban la acción por la justicia. Ese descrédito se ha ido construyendo desde los prejuicios sobre la pobreza, el racismo y los supremacismos que creíamos en vías de extinción, pero que a la fecha reaparecen con gran vigor y vigencia política. Hay plataformas y propuestas construidas en su totalidad para profundizar desigualdades, consolidar privilegios y descartar personas, para desmantelar principios, sistemas y estructuras que aunque han sido limitados e ineficientes, se crearon para responder a las fallas del poder sin restricciones.
Quienes trabajamos en derechos humanos sabemos, sentimos, cómo ese lenguaje se ha vuelto anticuado, incomprensible, impreciso. Hoy en día, hablar de derechos y sistemas de protección te condena al exilio. No cabe en el cuarto de los pragmáticos y poderosos porque nada les anima a considerarlos como legítimos. Tampoco cabe en el cuarto de las vivencias humanas, porque no las representan y por lo tanto, parecen despegadas de la realidad.
Si no hay lenguaje para la justicia, no la podemos imaginar. Por eso creo que estamos atravesando un periodo de esterilidad creativa. Es verdad que las redes nos han ocupado la mente, pero ¿no será más bien que la mente las ha ocupado porque extraviamos la imaginación? Estamos pasando el rato lo mejor que podemos porque no tenemos idea de cómo salir de este hoyo. Los problemas son demasiado grandes y la construcción de comunidad demasiado compleja para imaginar soluciones compartidas. El repliegue a lo individual es inevitable: un poquito de control para mucha ansiedad.
¿Qué hacemos con este mundo que batalla con conciliar teoría y vivencia? ¿Qué hacemos con este país en el que unos solo tienen datos y otros solo tienen historias? ¿Cómo romper las barreras dicotómicas y reconciliar ambos hemisferios? ¿Quién facilita ese proceso de reconciliación y nos propone una nueva forma de habitar el mundo?
Quizá lo primero es reconectarnos entre personas y dialogar; es la única vía que vislumbro para empezar a activar la imaginación, que es la semilla de la empatía. “La imaginación nos permite cruzar las fronteras que nos separan y ver al otro en su plena humanidad”, dice bell hooks. Hay acciones urgentes y necesidades apremiantes. Hay batallas concretas y actuales que están dando millones de personas por mera supervivencia. Pero no podemos solo vivir para ello: también hay que hacer espacio para pensar, para conectar y para escuchar, para dialogar y sobre todo para imaginar.
La justicia es por definición un ideal relacional y colectivo. Presume compartir principios y lograr construir consensos para poder sentirnos a salvo en comunidad. Quizá hoy en día nos distraemos mejor que nunca, pero quizá también nos sentimos más descobijados que nunca. Y el miedo nos orilla a elegir soluciones binarias, sin textura. Frente a los grandes problemas que enfrentamos como la crisis climática, las desigualdades y la violencia, se puede volver atractivo construir un enemigo común. Cuidémonos de la sobresimplificación. No se trata de resolver un tema de un plumazo, se trata de imaginar y construir juntas el mundo que queremos. Lo tenemos todo: inteligencia, tecnología y recursos. Nos falta solo empatía, más escasa que el agua, más necesaria que el litio. Y, sin embargo, un material precioso que no cuesta más que la valentía de salirnos de nosotras mismas y ver a las demás. EP
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