
José Cuauhtémoc Valdés Olmedo comparte un testimonio personal y profundo sobre la trayectoria y legado de Guillermo Soberón, destacando su impacto en la academia, la salud pública y la vida universitaria en México.
José Cuauhtémoc Valdés Olmedo comparte un testimonio personal y profundo sobre la trayectoria y legado de Guillermo Soberón, destacando su impacto en la academia, la salud pública y la vida universitaria en México.
Texto de José Cuauhtémoc Valdés Olmedo 13/08/25

José Cuauhtémoc Valdés Olmedo comparte un testimonio personal y profundo sobre la trayectoria y legado de Guillermo Soberón, destacando su impacto en la academia, la salud pública y la vida universitaria en México.
Me referiré a Guillermo Soberón desde una perspectiva personal, fruto del afortunado acompañamiento que tuve al trabajar con él y, de esta manera, ser testigo y partícipe de pasajes significativos en su trayectoria profesional.
El origen
Corría el año de 1971 cuando un estudiante recién egresado de la carrera de actuaría se apuntó a una convocatoria de Peter Davis, profesor del curso de investigación de operaciones, para formar parte de un grupo de planeación que había establecido el doctor Guillermo Soberón, entonces coordinador de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Se trataba de un cuerpo asesor para fundamentar decisiones institucionales en torno a ciertos problemas que requerían una visión de planeación a largo plazo. De esta manera, se formuló un estudio que evaluó la viabilidad de tres cuestiones: la Ciudad de la Investigación, el problema de tránsito en Ciudad Universitaria y el desarrollo de nuevas unidades universitarias. Periódicamente teníamos reuniones con él para revisar planteamientos, analizar información y ponderar las conclusiones. La agudeza y observaciones de Soberón eran aleccionadoras y, paso a paso, fueron enriqueciendo un estudio que llegó a planteamientos sólidos para la solución de los problemas en cuestión.
En 1972, llegó la fatídica toma de instalaciones por parte de los facinerosos Falcón y Castro Bustos, así como el inicio del movimiento de los trabajadores de la UNAM que reclamaban la firma de un contrato colectivo. La situación llevó a la renuncia del rector González Casanova. La institución debía continuar su avance y atender los problemas que se vivían. Así, desde el grupo de asesoría aludido, durante el periodo en que se interrumpieron las actividades en la Universidad, Soberón tuvo el encargo de atender: 1) el problema del desfase del calendario escolar que por la interrupción de las labores se había dado respecto al calendario del sistema educativo; 2) el desbalance entre la demanda y el ingreso a los estudios profesionales; 3) la saturación de las instalaciones en facultades, escuelas, institutos y centros. En tanto se trabajaba en estos asuntos, la Junta de Gobierno lo designó Rector, gesta que iniciaría en los primeros días de 1973 y que, por ocho años, llevó a la UNAM de una grave crisis a ser una sólida institución, basada en la superación académica y la proyección social, en el cumplimiento de las funciones esenciales de la Universidad.
Soberón, el hombre persistente, congruente, perseverante, el funcionario responsable, llevó a la realidad las encomiendas que hemos relatado. Ya como Rector se estableció la Ciudad de la Investigación, al sur del casco original de la Ciudad Universitaria que en el rectorado de Jorge Carpizo llevó a la construcción de un esquema similar para los institutos y centros del área de humanidades. También llevó a la creación de cinco nuevas escuelas multidisciplinarias, con nuevas formas de organización: las Escuelas Nacionales de Estudios Profesionales (ENEP), que después evolucionaron a Facultades y que, con el paso de los años, rectores posteriores llevaron a la creación de escuelas similares en León, Guanajuato y en Morelia, Michoacán. Estableció la política de admisión a nivel bachillerato y de estudios profesionales que ha permitido mantener a la institución en un equilibrio entre educandos y recursos, por más de medio siglo. Ello destaca una de sus virtudes: el empeño de llevar sus proyectos a la realidad con contundencia y efectividad y, con ello, generar beneficios.
El respeto a las personas
Cuando trabajamos entre 2019 y 2020 en la casa de Cuernavaca, Soberón nos dio la tarea de recopilar fotografías de personas significativas en su vida personal y profesional. Era una forma de honrar, guardar respeto, reconocer el significado que tuvieron para él.
Un primer grupo se dedicó a sus maestros. Antes que nadie, su padre Don Galo Soberón y Parra, y, en forma destacada, Ignacio Chávez, Salvador Zubirán y Philip J. Cohen, amén de grandes personajes de la medicina mexicana o en el ámbito internacional. Él mismo reconoce su valía: “Cuánta sabiduría recogí de mis conversaciones con esos egregios maestros, cuántas veces sus fascinantes relatos vinieron a mi auxilio cuando, años más tarde, tuve que tomar complicadas decisiones”.
Soberón siempre guardó especial aprecio por sus contemporáneos, una cohorte valiosa de mexicanos que contribuyeron a forjar la medicina y el sistema mexicano de salud: Bernardo Sepúlveda, Ramón de la Fuente, Silvestre Frenk, Jesús Kumate, José Laguna, por mencionar solo a algunos de ellos.
Soberón se refiere en otro grupo: “quienes compartieron una buena parte de mi tiempo y de mis inquietudes; ellos han estimado que algo pude darles y su generosidad les ha movido a considerarme su maestro y como tal me han tratado, con afecto y amabilidad”. Y qué duda cabe; algunos de sus alumnos nos encontramos ahora honrando su memoria. ¡Gracias, Maestro Soberón!
El aprecio y el respeto por muchos de ellos quedaron plasmados en discursos alusivos en ceremonias académicas, en foros diversos, en prólogos de libros, en secciones específicas de personajes en la obra escrita de Soberón.
De todos ellos ⎯sus maestros, sus contemporáneos, sus alumnos⎯ recogió sus opiniones y sugerencias, no sólo cara a cara, sino fundamentalmente mediante el respaldo de los diversos cuerpos colegiados que estableció en las diversas instituciones que encabezó, tales como el grupo de planeación en la UNAM, la coordinación de asesores de la SSA, el comité técnico asesor en FUNSALUD, el Comité Médico Científico Asesor en el ISSSTE.
Continuando con las fotografías, en una pared destacada del segundo piso de la casa de Cuernavaca, Soberón colocó a la estirpe familiar: “mi mayor fortuna ha sido mi familia”. ¡Cuán orgulloso se expresaba siempre Soberón de sus hijos; cuánto gozaba de la convivencia con sus nietos! Seguramente, estaría volcado en felicidad con sus bisnietos que nacieron con posterioridad a su fallecimiento. Vale recordar que Socorrito escribió un hermoso libro, Carta a Inés, donde describe su vida con Guillermo y el modo en que nació y se fue forjando esa gran familia. No hay duda, es momento también de recordar en este homenaje a Socorro Chávez de Soberón y rendirle un sentido recuerdo. Soberón inició la redacción de un libro homólogo, Carta a Adolfo, obra que dejó inconclusa por razones personales.
El respeto y el trato amable no paraba ahí. Soberón recordaba a las personas con las que trataba, por su nombre, ya fueran de altos niveles o el personal de servicio. A todos saludaba de llegada y de salida; en ocasiones, cuando no lo recordaba, me preguntaba “Oye, ¿te acuerdas cómo se llama?”.
Soberón y las mujeres
Guillermo Soberón, sin duda alguna, siempre reconoció el aporte de las mujeres al trabajo institucional. Para muestra unos botones: fue el tutor en el doctorado de la primera mujer bioquímica en México, Estela Sánchez. Es memorable la fotografía con las mujeres en la UNAM durante su rectorado: en los órganos de gobierno, en direcciones administrativas o de facultades y escuelas, institutos y centros; todas ellas con responsabilidades de peso en la vida universitaria. En el área de la salud nominó a Mercedes Juan como Secretaria del Gabinete de Salud, en el esquema de cuerpos colegiados del Presidente de la Madrid; otras mujeres encabezaron direcciones generales estratégicas en la Secretaría de Salud y después en Bioética. En FUNSALUD, María Luisa Barrera ha sido la primera y única Presidente del Consejo Directivo. Qué duda cabe, la gran y fundada confianza que Soberón tenía en las mujeres al frente de las instituciones que condujo.
Soberón y la descentralización
Regreso a las ENEP. Guillermo Soberón desde entonces manifestó su creencia en los beneficios de la descentralización en áreas estratégicas para el desarrollo del país. Ya mencionamos la descentralización de los estudios profesionales, pero también lo hizo con la investigación con sedes de institutos y centros de investigación de la UNAM en diversas entidades federativas, como el Observatorio de San Pedro Mártir en Baja California, la estación de Mazatlán, e incluso el Barco Oceanográfico El Puma. Pero fue más lejos: promovió la creación de los primeros centros CONACyT, en Ensenada, León, Saltillo, y otros sitios, para fortalecer la investigación en los estados de la República.
Durante su rectorado se estableció el Programa de Colaboración Académica Universitaria con la participación de casi todas las universidades públicas del país de ese entonces a fin de reforzarlas, al tiempo que impulsó la creación de la Universidad Autónoma Metropolitana y el Colegio de Bachilleres, así como el establecimiento del Sistema Nacional de Planeación de la Educación Superior. Incluso empujó por la “Presencia de El Colegio Nacional en la República”.
Ni qué decir en salud, una de las cinco estrategias macro consistió en la descentralización de los servicios de salud, con él se logró en 14 estados, el proceso lo culminó el Secretario Juan Ramón de la Fuente.
Vale reafirmar el convencimiento que tenía Soberón de que el fortalecimiento del federalismo es un componente esencial de la vida democrática del país para brindar mejores condiciones a la población.
Soberón y las políticas públicas
Soberón fue, sin duda, un homo politicus: participó en la vida política; tuvo influencia en ella; tuvo la capacidad de ejercer el poder con fundamento, con responsabilidad. Tuvo la sabiduría para el manejo ético de las decisiones colectivas en que participó en favor del bien público. Así lo requería la naturaleza de los cargos que ocupó. Permítanme mencionar sólo algunas cuestiones esenciales en las que pudo contribuir en el bien de la nación.
Estuvo inmerso en dos reformas constitucionales fundamentales. Durante su rectorado empujó para que el legislativo promulgara el derecho a la autonomía de las instituciones de educación superior públicas por ley. Soberón no sólo celebró el cincuentenario de la autonomía universitaria; para él, la autonomía —como concepto, pero sobre todo como ejercicio— fue sin duda una de las piedras angulares de su gestión. Expresaba continuamente: “Más que entenderla, lo importante es ejercerla”.
Ni qué decir del trabajo que encabezó desde la Coordinación de los Servicios de Salud de la Presidencia de la República para incorporar en la Constitución la garantía del derecho a la protección de la salud; definida claramente, sin acotamientos poblacionales, sin dudosas prohibiciones que contribuyan a su cumplimiento.
Soberón impulsó la creación y encabezó el primer Consejo Consultivo de Ciencias, órgano asesor en materia científica del máximo nivel de gobierno del país, con la participación voluntaria de aquellas que han sido galardonadas con el Premio Nacional de Ciencias. Qué duda cabe: cuán necesario es este tipo de cuerpos colegiados para sustentar decisiones y políticas de gobierno, para encauzar a la nación en un camino de prosperidad y beneficio social.
Soberón fue más allá. Supo encauzar la participación del sector privado y el sector social en la construcción, desde una organización de la sociedad civil, de propuestas de políticas públicas en materia de salud a los presidentes electos de los sexenios que iniciaron en 1994, 2000, 2006 y 2012.
Soberón, la cultura, el deporte
Guillermo Soberón fue más allá del concepto de difusión de cultura, la tercera función sustantiva de la Universidad, en el afán por extender los beneficios del quehacer universitario. Fue así como se estableció e impulsó la Coordinación de Extensión Universitaria: por ejemplo, llevó servicios odontológicos a la población, institucionalizó la divulgación de la ciencia, entre otras tantas acciones para llevar a la Universidad a la sociedad. Rescató recintos emblemáticos bajo el lema de “Démosle vida al pasado”, y vaya que se la dio a Minería, el Chopo y Santo Domingo. El Centro Cultural Universitario, la Sala Nezahualcóyotl, la sede de la Biblioteca y la Hemeroteca nacionales son timbre de orgullo de la Universidad y del país al ofrecer sitios privilegiados para la música, la danza, el cine, el teatro. Ni qué decir de su inestimable Centro del Espacio Escultórico.
Ni hablar de los Pumas, sus queridos Pumas. Además del título de liga que le regaló a Socorrito, el Club le brindó durante su gestión dos subcampeonatos, una Copa México y un Campeón de Campeones. Cabe recordar que la formación del Club Universidad fue una iniciativa de Soberón para deslindar los intereses comerciales de los intereses académicos, arguyendo el valor que tenía Cabinho. Años después Soberón tuvo a su cargo la Presidencia del Club. Era frecuente en las visitas de trabajo que hacíamos a su casa en Tlalpan o en Cuernavaca, recibirnos y trabajar con una chamarra o pants de los Pumas; siempre me interrogaba: “¿Viste el partido?, qué bonito jugaron, qué buen gol hicieron”. Mucho apreciaba la fotografía en donde los jugadores lo llevan en hombros.
Dos detalles
Aprovecho la ocasión de comentar dos detalles más en la vida de Guillermo Soberón: su gusto por el buen comer y su gusto por la escritura.
Fue un sibarita consumado. La Cava y el San Ángel Inn, dos sitios con los universitarios, el primero durante su gestión, el segundo para las comidas anuales con quienes le acompañamos durante su rectoría; Flor y Canto, un sitio “intermedio” para desayunos y comidas de aquellos que buscaban sus consejos; la Hacienda de Tlalpan o el Faisán, el Madrigal o La Provence, en Cuernavaca, con más tintes familiares.
Soberón siempre tenía en sus manos su estilográfica. Su “dedo flamígero” se traducía en sentencias correctas, con la palabra precisa, para un claro destinatario. Rara era la ocasión en que se quedaba un texto en la primera versión; vueltas y vueltas de versiones con correcciones que, las más de las veces, las hacía con lápiz y siempre con su borrador al lado, por si acaso no era la palabra que buscaba. La clave se daba al inicio de la jornada: “Cuau, reflexiones de ducha”; entonces íbamos a una nueva versión, que enriquecía la argumentación y perfeccionaba el texto. Cuán rico y estimulante fue este ejercicio de escribir, reescribir y concluir un documento.
Recapitulación
Soberón fue un hombre incansable, ávido siempre de buscar nuevas aventuras, nuevos retos, de aprovechar o crear oportunidades en donde canalizar su sabiduría, su generosidad, su labor, su obra.
Entre 2019 y 2020, se dio a la tarea de aprovechar su casa de Cuernavaca para establecer un centro de investigación en políticas públicas de salud. En ello nos afanamos, pero, lamentablemente, el proyecto no prosperó. Siempre nos decía: “Se puede hasta donde se puede; que no quede en uno, que quede en los demás”.
Mucho nos enorgullece su último mensaje que nos envió a Gloria y a mí por medio de uno de sus hijos, Mario: “Diles que estoy muy complacido por su trabajo”. Justo ya habíamos terminado de arreglar la galería de cuadros, estaba en proceso la edición de su libro póstumo, Archivos personales e institucionales, y ya tenía lista la que sería su última intervención en El Colegio Nacional.
Guillermo Soberón fue todo un preboste, en el sentido pleno de la palabra, en la investigación científica y en la política científica; en la educación superior y en las políticas que rigen la vida universitaria; en la medicina, la salud y la bioética y en las políticas públicas en la materia; en la presencia de la sociedad civil en la formulación y evaluación de las políticas públicas. Cinco décadas en que tuve el privilegio de aprender, enriquecer, lograr y celebrar. Concluyo con una convicción: ha sido, es y será un honor trabajar para, por y con Guillermo Soberón. EP