
¿Ya comenzó la Tercera Guerra Mundial? Este texto propone repensar la guerra más allá de los cañones: como un fenómeno total, económico y global.
¿Ya comenzó la Tercera Guerra Mundial? Este texto propone repensar la guerra más allá de los cañones: como un fenómeno total, económico y global.
Texto de Mario E. Fuente Cid 08/07/25

¿Ya comenzó la Tercera Guerra Mundial? Este texto propone repensar la guerra más allá de los cañones: como un fenómeno total, económico y global.
En el contexto actual, marcado por la escalada de conflictos en Medio Oriente, la idea de una “Tercera Guerra Mundial” ha resurgido con fuerza en el imaginario colectivo. Sin embargo, esta evocación suele apoyarse en imágenes heredadas de la propaganda de las potencias vencedoras en las guerras del siglo XX, lo que, como pretendo señalar aquí, limita nuestra capacidad para interpretar las dinámicas sociales contemporáneas en toda su complejidad y alcance.
El objetivo de este texto es cuestionar la noción tradicional de “guerra mundial”, que suele reducirse a una mera sucesión de batallas y enfrentamientos armados entre países, para proponer una comprensión más amplia y profunda: entender la guerra como un estado total que involucra todas las dimensiones de una sociedad, especialmente en el marco de una economía globalizada.
En una entrevista reciente, el 17 de junio, la analista internacional Talya İşcan, siendo consultada sobre la posibilidad de una guerra mundial a partir del conflicto entre Irán e Israel, afirmó que el conflicto ya se encuentra mundializado. Argumentó que los ataques recientes han afectado directamente el precio del petróleo, lo cual evidencia que incluso acciones bélicas localizadas pueden tener repercusiones globales inmediatas.
A partir de ese comentario, es posible sostener que, en el marco de una economía globalizada, bajo ciertas condiciones, todo conflicto regional posee el potencial de devenir en una guerra mundial. La guerra mundial, entendida desde esta perspectiva, abre la posibilidad de incorporar dimensiones frecuentemente ignoradas por las narrativas dominantes: las consecuencias sociales y económicas a escala global, las temporalidades de los conflictos, sus alcances, los efectos sobre el imaginario colectivo y el rol de sujetos subalternos. Tal enfoque contribuye a desmontar tropos anquilosados (grandes batallas, grandes héroes, buenos vs. malos, etc.) y a enriquecer una comprensión crítica y contemporánea de lo que hoy significa hablar de una “guerra mundial”. Estas dimensiones suelen ignorarse porque las narrativas históricas priorizan relatos épicos y propagandísticos, centrados en figuras que consolidan al Estado-nación, principalmente los “grandes hombres”, como presidentes y generales. Así, se simplifican los conflictos en bloques morales opuestos, los buenos contra los malos, funcionales al orden ideológico dominante. Como señalaba en otro momento “La Historia es la herramienta predilecta que ha ocupado el Estado para imaginarse una nación y, a través de ella, va construyendo hacia el pasado un origen mítico de esta misma nación…” )
Frente a los recientes conflictos armados en Ucrania, Pakistán-India y las tensiones en Oriente Medio, los debates sobre la suficiencia de los arsenales militares han cobrado renovada relevancia. Con frecuencia, los medios de comunicación destacan que las reservas actuales de municiones de tal o cual país serían insuficientes para sostener operaciones militares prolongadas.
Por ejemplo, en marzo de 2025, Bloomberg informó que si el continente enfrentara un conflicto sin el apoyo militar de Estados Unidos “las existencias de municiones en Europa podrían agotarse en cuestión de días, y reabastecerlas tomaría años”.
Sin dejar de lado su tufo propagandístico, esta afirmación pone de manifiesto una inquietud más profunda: en el contexto de un conflicto de gran envergadura, ¿cómo fue posible que los estados beligerantes sostuvieran todos esos años de guerra global entre 1939 y 1945? La pregunta, planteada de ese modo y bajo estas premisas, nos orienta necesariamente a perfilar la enorme capacidad de movilización industrial que implicó la Segunda Guerra Mundial, en la que la producción bélica trascendió a los países directamente implicados en las confrontaciones.
Olvidamos con facilidad que la guerra es, ante todo, un estado: un estado de guerra. Reducir la guerra a una sucesión de batallas impide reconocer que también esta implica una extraordinaria capacidad industrial para la generación de armamento. Basta con revisar las cifras de producción de ciertos aviones durante la Segunda Guerra Mundial para dimensionar la magnitud del esfuerzo industrial: modelos como el Polikarpov Po-2 —el segundo avión más producido de la historia— o el Messerschmitt Bf 109 —el caza más fabricado— fueron construidos por decenas de miles en apenas unos años, alcanzando volúmenes que aún hoy resultan difíciles de igualar.
Esta capacidad bélica nunca se limita al frente: supone reordenar la vida en función de complejas cadenas productivas que implican movilizar y capacitar mano de obra, transformar fábricas, reorganizar infraestructuras y coordinar la extracción, transporte y procesamiento de materias primas —metales, combustibles, recursos minerales, alimentos, entre otros—.
Por ello, más que adoptar visiones románticas centradas en batallas, héroes o actos de violencia, es necesario cuestionar los imaginarios que reducen la guerra a estas nociones y recuperar su dimensión como fenómenos de totalidad.
Entender que, en una economía globalizada, todo conflicto es potencialmente un conflicto mundial y que la guerra es un estado social permite analizar los conflictos bélicos desde una perspectiva más amplia e historiográficamente más enriquecedora. Siguiendo el ejemplo de la llamada Segunda Guerra Mundial, encontraremos claves interpretativas que explican procesos que, de otro modo, serían fácilmente pasados por alto.
Como historiador, siento una especial atracción por la Segunda Guerra Mundial. Por esta razón, recuerdo haberle preguntado a mi abuela sobre lo que recordaba de aquel periodo. Me respondió que en la prensa se hablaba mucho “del tal Hitler” y que también recordaba la escasez de materiales que se vivía entonces.
Recuerdo haber recibido esa respuesta con poco entusiasmo, pues, al fin y al cabo, yo también estaba ya modelado por las propias expectativas e imaginarios tradicionales. Pese a su enorme potencial analítico, esa dimensión productiva suele olvidarse: el glorificado esfuerzo bélico estadounidense no habría sido posible sin la producción continental latinoamericana.
La capacidad para sostener un esfuerzo bélico también implicó la reorganización de la mano de obra. Con gran parte de la población masculina en el frente, el gobierno estadounidense impulsó políticas binacionales, como el Programa Bracero, que permitió suplir esa carencia. Los trabajadores de este programa son, en muchos sentidos, los héroes olvidados de la otra Segunda Guerra Mundial. Su rol ha sido estudiado por historiadoras como Irina Córdoba Ramírez, aunque sigue siendo un campo con mucho por explorar.
Además, los grandes momentos de conflicto geopolítico implican una reconfiguración social profunda. Un ejemplo claro es la participación mexicana en la Segunda Guerra Mundial. En nuestro país es bien conocido el caso del Escuadrón 201; sin embargo, permanece en la sombra la participación de decenas de miles de mexicoamericanos que combatieron bajo la bandera estadounidense.
Un caso emblemático es el de la Compañía E del Batallón 141, la única unidad del ejército estadounidense compuesta exclusivamente por mexicoamericanos. Sin embargo, sus historias permanecieron casi invisibles hasta la publicación, en 2014, del libro Patriots from the Barrio de Dave Gutiérrez, que empezó a darles el lugar que merecen en la memoria histórica.
Gutiérrez recupera relatos que ilustran el impacto profundo de estas experiencias en las familias de origen mexicano. Un ejemplo significativo es la historia que el padre del autor le contó sobre su primo Ramón, un veterano mexicoamericano condecorado que sirvió durante la Segunda Guerra Mundial. Ramón luchó contra los nazis, fue capturado en dos ocasiones y logró escapar ambas veces.
El padre del autor le mostró la película To Hell & Back, basada en Audie Murphy, explicando que su primo Ramón vivió una experiencia igual de heroica. Al preguntar por qué no se hacía una película sobre su pariente, la respuesta fue tajante: “¿‘Tas loco? ¿Quién va a hacer una película sobre un mexicano?”.
Este episodio resume con claridad la subrepresentación de los combatientes mexicoamericanos en el relato global de la Segunda Guerra Mundial, así como la dificultad de inscribir sus historias en las narrativas estatales oficiales —tanto mexicanas como estadounidenses—.
Entonces, al entender la guerra como un fenómeno de totalidad, se abre, además, la posibilidad de cuestionar las temporalidades hegemónicas y, con ello, explorar nuevas formas de concebir el tiempo histórico.
Para ir cerrando este texto, quisiera alejarme un poco del enfoque tradicional sobre la Segunda Guerra Mundial y plantear cómo es posible entender otros conflictos “mundializados”. Por ejemplo, siguiendo al historiador Eric Hobsbawm, podemos considerar la Primera y la Segunda Guerra Mundial no como dos eventos separados, sino como un solo gran conflicto, cuyo interludio no estuvo marcado por un periodo de paz, sino por un proceso de rearme, perfeccionamiento de técnicas armamentísticas y conflictos “regionales” como la Segunda Guerra Italo-Etíope, la Guerra Civil Española o la invasión japonesa de Manchuria. A este extenso periodo, Hobsbawm lo denominó “la era de la catástrofe” (1914-1945).
Asimismo, es posible remontarnos varios siglos atrás para preguntarnos cuál podría haber sido la “primera primera” guerra mundial. Una buena candidata es la Guerra de los Siete Años (1756–1763), que involucró distintos conflictos a escala global, con potencias coloniales enfrentándose en todos los continentes. La Guerra de los Siete Años obligó a un reordenamiento del escenario geopolítico, cuya complejidad excede los alcances de este texto. No obstante, puede resumirse que tuvo consecuencias significativas al marcar un cambio en el equilibrio de poder: Gran Bretaña emergió como la potencia dominante, mientras que Francia sufrió importantes pérdidas territoriales. Además, la guerra sentó las bases para futuras tensiones y conflictos. Sus efectos se extendieron durante los siglos posteriores, al punto de poder considerarse prolongados, al menos, hasta la Primera Guerra Mundial.
En este mismo sentido, resulta interesante traer a la memoria la propuesta del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), quienes interpretan la llamada Guerra Fría como una verdadera Tercera Guerra Mundial, y sostienen que actualmente vivimos lo que denominan como la Cuarta Guerra Mundial. Esta guerra no se libra mediante ejércitos formales ni batallas clásicas, sino como una guerra del capitalismo global contra los pueblos del mundo. Se trata de una guerra silenciosa, pero no menos destructiva, que reordena territorios, economías y culturas conforme a la lógica del mercado. Para los zapatistas ya no se trata solo de enfrentamientos entre naciones, sino de una ofensiva sistemática y permanente contra la vida misma, especialmente en los márgenes del sistema, en palabras del entonces Subcomandante Insurgente Marcos.
Desde la divulgación de la Historia, este panorama geopolítico convulso representa una “oportunidad” para, por un lado, presentar o al menos proponer nuevos imaginarios históricos. Pero, por otro lado, representa la obligación de ofrecer una mirada crítica sobre las temporalidades. Es necesario cuestionar las categorías rígidas y anquilosadas y preguntarse si es posible ampliarlas, reducirlas o incluso dinamitarlas. No se trata, en todo caso, de simplemente rebautizar los conflictos para que encajen en una nueva narrativa. No es una cuestión de meras etiquetas.La guerra sigue siendo un estado desgarrador que implica una reorganización profunda de lo económico, pero a la vez, es un espacio donde los sujetos históricos se desenvuelven activamente y no como meros espectadores, aunque sus participaciones sean fácilmente dejadas de lado. A riesgo de abarcar mucho y apretar poco, las reflexiones que aquí comparto buscan detenernos un momento entre los titulares urgentes para pensar en clave histórica, desde una mirada que no solo documenta, sino que también interroga. EP