Juegos Olímpicos México luchó en la tormenta de Yokohama

En esta breve crónica, Aníbal Santiago describe el paso de la selección mexicana de softbol femenil hasta el fatídico encuentro con Canadá, en una lluviosa tarde en la ciudad de Tokio.

Texto de 27/07/21

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En esta breve crónica, Aníbal Santiago describe el paso de la selección mexicana de softbol femenil hasta el fatídico encuentro con Canadá, en una lluviosa tarde en la ciudad de Tokio.

La tormenta de la Bahía de Tokio descargaba ventarrones y ráfagas de agua desde un cielo gris que cubría de bruma las 34 mil butacas vacías del estadio de Yokohama. Esa atmósfera que miles sintonizamos por la televisión nos aconsejaba hundirnos en la medianoche bajo una frazada y ver el México-Canadá del softbol olímpico asomando un ojo. Pero a la mexicana Brittany Cervantes le aconsejaba algo distinto: con el bronce al alcance de la mano, pero un 2-1 en contra y una potencia mundial como rival, tenía que concentrarse. Y eso no era sencillo con la lluvia como nuevo enemigo: la bola amarilla que estaba por acercarse a su bat estaba empapada, y se deslizaría escurridiza como en una pista de hielo a una velocidad perversa: casi 110 km/h, como un aerolito.

Sobre el home, ya con el bate en la mano, la mexicana sufría porque su casco era una gotera fastidiosa: los chorros de agua se escurrían por el plástico, se expandían en la visera y caían frente a sus ojos como una cortina móvil, cuando lo único que ella debía ver bien era el lanzamiento más importante de su vida. La left fielder optó por tomar el casco y con cara de mal humor, antes de agitar el madero, secó con su mano enguantada los chorros de esa agua que conspiraban contra ella. Entonces sí, vio venir el lanzamiento de Danielle Lawrie. Descompuesta, desviada, la pelota impactó con violencia su muslo derecho y rebotó al chocar el músculo. 

…con el bronce al alcance de la mano, pero un 2-1 en contra y una potencia mundial como rival, tenía que concentrarse…

En base por golpe, caminó hacia primera base con dificultades, resistiendo el dolor, como fue la historia del softbol mexicano en Tokio 2020, e incluso desde mucho antes de estos días olímpicos. Uno, México creó un equipo para Tokio 2020 con las dificultades logísticas de integrar jugadoras que viven en Estados Unidos. Dos, en 2019 calificó a Juegos Olímpicos en el Clasificatorio de Softbol Américas con números impactantes: 6 ganados, 0 perdidos, 43 carreras anotadas y 2 admitidas. Tres, el equipo se mantuvo unido pese al coronavirus.

Pero llegaron los Juegos Olímpicos y perdió los primeros tres partidos, recibiendo nueve carreras y anotando dos. En ese panorama oscuro, era absurdo imaginar que México competiría por medalla. Pero lo absurdo ellas lo revirtieron. Se dio lo impensable: en la fase final resurgieron como el Ave Fénix y no para aletear un poquito, lastimosamente. Aniquilaron 5-0 a Italia y 4-1 a Australia. Ahora fueron ellas las que hicieron las mismas carreras que habían aceptado, y en 14 entradas admitieron una. Una en 14, un prodigio del pitcheo nacional que se conjugó con una ofensiva implacable. Claro que está el mérito del entrenador Carlos Bernáldez, de su staff y sus 15 jugadoras. Pero aunque invisible, algo muy poderoso, un tesoro no estrictamente deportivo, guardaba este conjunto, y eso también sirvió a la excelencia: en las dos horas de juego en cada partido, sin pausa, los gritos, las voces de aliento, la fuerza del equipo descerrajada desde los pulmones para alentar a la compañera, fue el sonido ambiente de México, un sonido que sanó el silencio pandémico de la tribuna.

El martes, en la segunda entrada, la segunda base Chelsea Gonzáles perdió la pelota en un error, no concretó el out y se desató la ofensiva que dio las primeras dos carreras a Canadá. Pero ahí estaba el estímulo ruidoso del equipo verde, blanco y rojo para que la joven no se quebrara. 

A la derrota parcial se sumó un aguacero que en pleno mediodía dio a Tokio una luz mortecina, de ocaso del día

A la derrota parcial se sumó un aguacero que en pleno mediodía dio a Tokio una luz mortecina, de ocaso del día. En la parte inicial de la tercera, cuando las banderas del estadio se agitaban como velas en una tempestad, Brittany dio un hit al jardín izquierdo e impulsó a Sydney Romero para que México descontara una carrera. Hasta la parte alta de la quinta el partido se mantuvo con el 2-1 en contra. Para ese momento, Canadá jugaba al desconcierto con una pitcher prestidigitadora. Jenna Caira lanzaba draws: el esférico arranca hacia el plato a más de 100 km/h y abruptamente baja la velocidad por el efecto de resbalar la bola en los tres dedos medios. A la mexicana Suzannah Brookshire ese artificio no la desconcertó: dio un hit que se escuchó más por su grito de alegría que por el choque con la madera. La pelota viajó a jardín derecho y la cámara se cerró a su sonrisa en su camino hacia primera, y nos dejó oír su voz unida a la de su equipo de uniforme blanco que afuera del dugout saltaba, golpeaba el césped, se abrazaba. Sydney anotó. Partido empatado, México viniendo de atrás, otra vez.

Las metódicas canadienses no tuvieron piedad en el cierre de la quinta. Ligaron dos hits para después, en un fly de sacrificio de Kelsey Harshman, concretar el 3-2 definitivo. México dejó 7 jugadoras en base y pagó ese pecado. Ya no hubo retorno. Ahora sí, cientos de miles de mexicanos, a 11 mil kilómetros de Japón, se resignaron con tristeza a las frazadas. 

Esa misma tarde asiática, el entrenador Bernáldez, mientras su país dormía, consolaba con sus palabras, oídas y leídas del otro lado del océano al siguiente amanecer: “México ya es un gran nombre en el softbol mundial”.EP

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