De Facebook a TikTok: cómo cambió la vida digital de una generación

Maria del Socorro Castañeda Díaz analiza cómo las redes sociales transformaron la identidad juvenil en América Latina, del Facebook de 2016 al ecosistema algorítmico actual, entre pertenencia, visibilidad y nuevos riesgos digitales.

Texto de 17/12/25

Maria del Socorro Castañeda Díaz analiza cómo las redes sociales transformaron la identidad juvenil en América Latina, del Facebook de 2016 al ecosistema algorítmico actual, entre pertenencia, visibilidad y nuevos riesgos digitales.

Cuando Facebook era “todo”: la vida digital en 2016

A mediados de la década pasada, para amplios sectores de adolescentes urbanos latinoamericanos con acceso a Internet, Facebook se consolidó como la principal red sociodigital y el espacio más importante de socialización. Investigaciones en Argentina, México y Colombia coinciden en que la plataforma funcionaba como entorno central de entretenimiento y comunicación: ahí se compartían fotografías, se expresaban emociones, se reforzaban amistades, se prolongaban conflictos escolares y se construía una presencia pública ante el grupo de pares.

Durante el trabajo de campo que realicé en 2016 como parte de mi tesis de maestría, en secundarias públicas de Toluca y Medellín, un adolescente sintetizó en una frase la lógica emocional de ese momento digital: “Si no estás en Facebook, no existes.” Esa expresión, repetida de diferente manera por otros jóvenes, reflejaba con claridad cómo la plataforma se había convertido en el centro de pertenencia, visibilidad y validación entre sus pares.

La construcción de identidad en Facebook se organizaba alrededor del perfil personal, un espacio relativamente estable que funcionaba como la “cara pública” del adolescente. En las entrevistas y análisis de perfiles que realicé para mi tesis, observé que las y los jóvenes seleccionaban cuidadosamente sus fotografías, administraban su imagen borrando publicaciones con pocas reacciones y recurrían a frases, letras de canciones y emoticonos para expresar estados de ánimo.

La vigilancia no era impuesta desde arriba: era horizontal. Todas y todos observaban, comentaban, evaluaban. La omisión (al no reaccionar o no comentar) podía interpretarse como rechazo. Además, los conflictos escolares, lejos de resolverse en el espacio físico, se amplificaban en la pantalla. Ese escenario hoy parece distante: esa red social digital ha sido desplazada, pero podría constituir un momento clave para entender cómo comenzó la vida digital adolescente en América Latina.

De los perfiles a las performances: el ecosistema actual

Los jóvenes de 2016 hoy son adultos y los nuevos adolescentes han crecido en un contexto digital completamente distinto. Actualmente, el comportamiento de las juventudes mexicanas y latinoamericanas se concentra en plataformas como TikTok, con su lenguaje audiovisual acelerado; Instagram, donde predominan las estéticas aspiracionales; YouTube, como espacio de aprendizaje y entretenimiento, y WhatsApp, que incluye los vínculos cotidianos y los grupos de pertenencia.

Existen además otras aplicaciones emergentes, como BeReal o Discord, que, si bien no tienen la misma penetración masiva, aparecen en nichos específicos como el gaming, ciertas comunidades creativas o grupos interesados en experiencias digitales más cerradas. La transformación digital que se ha desarrollado no reside únicamente en la variedad de plataformas, sino en el cambio profundo en la forma en la cual los usuarios se narran a sí mismos.

En 2016, la identidad digital se estructuraba alrededor del perfil, un espacio relativamente fijo que funcionaba como tarjeta de presentación: fotografías seleccionadas, estados de ánimo, listas de amistades y una línea del tiempo que creaba la sensación de una historia personal continua. No es casual que antes de publicar, Facebook pregunte explícitamente “¿Qué estás pensando?”: esa invitación sintetiza la lógica de esa red digital, centrada en verbalizar emociones, pensamientos y vivencias cotidianas como parte de una narrativa personal compartida. La lógica dominante en Facebook es acumular una narrativa del yo: quién soy, qué siento, con quién convivo. La identidad se representa ahí mediante elementos más o menos estables y reconocibles, que se organizan en un espacio diseñado para mostrar continuidad y coherencia.

Hoy, ese modelo ha sido sustituido por un sistema basado en performances audiovisuales. La identidad ya no se concentra en un perfil, sino que se despliega en piezas efímeras: videos breves, transiciones, audios virales, filtros faciales, gestos exagerados o microcoreografías. En lugar de construir una biografía, los adolescentes producen fragmentos: pequeñas actuaciones que funcionan como versiones momentáneas del “yo”. El énfasis pasa de la continuidad a la actualización constante y de la representación pausada a la puesta en escena inmediata.

A esto se suma un cambio profundo en la lógica de la visibilidad. En 2016, la exposición dependía fundamentalmente de la mirada del grupo de pares: amistades, compañeros de escuela, personas conocidas. Las preguntas eran personales: “¿Quién vio mi foto?”, “¿Por qué no me comentó?”, “¿Por qué sí le dio like a ella y no a mí?”

Hoy, esa experiencia se vuelve más difusa. En la práctica, estas variaciones de visibilidad responden a criterios programados por las propias plataformas, que priorizan ciertos formatos, ritmos y temas con base en modelos de predicción de atención diseñados por sus equipos técnicos. Los jóvenes solo perciben los efectos, pero esas elecciones responden a decisiones comerciales y de ingeniería, no a una fuerza neutral. 

Los adolescentes no suelen reflexionar de manera consciente sobre el algoritmo, pero sí les afecta lo que provoca. Lo que perciben no es el mecanismo técnico, sino sus consecuencias: algunos contenidos “pegan” y otros pasan casi desapercibidos. Los adolescentes no dicen “el algoritmo no me mostró”, porque no lo saben, pero sí expresan frustración o desconcierto con frases del tipo: “Este video no jaló nada” o “Al otro le fue súper bien y este nadie lo peló”. Así, aun sin comprender el sistema, aprenden a interpretar sus señales: imitan estilos, ajustan formatos, repiten patrones, experimentan horarios. La identidad se despliega entonces en un entorno donde la visibilidad parece azarosa, pero al mismo tiempo obedece a reglas implícitas que los jóvenes intentan intuir.

El reconocimiento sigue siendo social, pero ahora está mediado por una arquitectura técnica que los adolescentes no conocen a profundidad, aunque sus efectos modelan la manera en que se narran, se expresan y se relacionan. Más que preguntarse “¿Qué pensarán mis amigos?”, experimentan la inquietud de “¿Por qué esto no funcionó?”, aunque no puedan nombrar el mecanismo que está detrás. En este nuevo ecosistema, la identidad no se presenta: se actúa, se adapta y se reconfigura continuamente al ritmo de lo que circula y lo que no.

Lo que cambia y lo que se quedó

Lo que destaca y tiene mucho que ver con la permanente masificación del acceso, uso y apropiación de Internet, es que algunas dinámicas afectivas y sociales se mantienen. Así, prevalece una búsqueda de pertenencia: las juventudes siguen deseando ser vistas, reconocidas y validadas, lo cual las mantiene en una condición de vulnerabilidad emocional, pues la comparación social continúa, ahora intensificada por estándares estéticos globalizados.

Además, la violencia digital sigue, porque los conflictos escolares y las tensiones afectivas siguen encontrando eco en línea. Por otra parte, hay todavía un deseo de visibilidad, y aunque cambien los formatos, la necesidad de mostrarse sigue presente.

Lo que ha cambiado tiene que ver con que el perfil estable fue sustituido por contenidos efímeros, además de que la visibilidad depende en gran medida del algoritmo, no solo de los pares, mientras que la estética personal está mediada por filtros, efectos y modelos globales. Esos algoritmos son herramientas construidas por las propias plataformas, que deciden qué tipos de contenido impulsan y bajo qué criterios, lo que termina configurando las formas de expresión que obtienen mayor circulación.

De igual manera, se observa que el tiempo digital se aceleró y que las publicaciones de hoy pueden desaparecer mañana y, además, la creatividad está condicionada por tendencias y métricas. Estas rupturas muestran que la subjetividad juvenil se produce ahora en un entorno donde las decisiones humanas conviven e incluso compiten con las decisiones algorítmicas.

Nuevos riesgos: más sutiles, más rápidos, más complejos

El ecosistema cibernético actual implica riesgos distintos a los de 2016. Hoy, las juventudes están expuestas a lo que podría llamarse “ciberacoso algorítmico”, en el cual la viralización involuntaria puede amplificar ataques o humillaciones en cuestión de minutos. El daño ya no depende solo de quién publica, sino de qué decide impulsar el algoritmo de la plataforma que utiliza. Esa amplificación no ocurre de manera espontánea: depende de los criterios de promoción de contenido definidos por las empresas tecnológicas, que priorizan materiales altamente emocionales, controversiales o visualmente llamativos para incrementar la interacción. 

Otro de los riesgos actuales son los retos virales, pues los challenges pueden incentivar conductas peligrosas entre jóvenes que buscan reconocimiento. Además, la desinformación ya no viaja solo como chisme escolar, sino como videos muy convincentes que llegan de desconocidos y se viralizan rápido, en espacios donde hay poca presencia adulta. Todo esto vuelve más intensa la experiencia digital y aumenta la vulnerabilidad ante mensajes engañosos o extremos.

Asimismo, hay una explotación de datos personales: las plataformas conocen gustos, miedos y hábitos, y utilizan esa información para dirigir contenido o publicidad. Frente a estos riesgos, comprender cómo se sienten y qué buscan las juventudes es un punto de partida indispensable.

Por otra parte, aunque la comparación social y los rumores ya formaban parte de Facebook, su alcance era más limitado: se trataba de fotos estáticas y comentarios entre conocidos. Hoy, en cambio, las redes basadas en video exponen mucho más a los adolescentes. Los filtros avanzados, las coreografías, los audios virales y la necesidad de encajar en ciertos estilos hacen que la presión por “verse bien” y “hacerlo bien” sea mucho mayor. 

Preguntas necesarias para comprender el presente

La comparación entre el mundo digital de 2016 y el de hoy abre nuevas preguntas: ¿qué significa formar identidad en un entorno donde todo es performativo?, ¿cómo experimentan la intimidad los jóvenes que crecieron en plataformas diseñadas para ser vistas?, ¿qué papel emocional cumplen los algoritmos en la autopercepción adolescente?, ¿cómo acompañar a quienes piensan y se expresan casi exclusivamente mediante lenguajes visuales breves?, ¿cómo podrían las políticas públicas reconocer que, para las juventudes, los espacios digitales son lugares reales de convivencia y participación social, y no solo entornos de riesgo o distracción? Estas preguntas superan lo puramente tecnológico: atraviesan lo emocional, lo social y lo cultural.

Conclusiones

La investigación realizada en 2016 captura un momento clave en la historia reciente de la vida digital juvenil en América Latina: un periodo en que utilizar Facebook podía considerarse una forma de organizar la sociabilidad, la identidad y la pertenencia. Hoy, en contraste, las juventudes habitan un ecosistema más veloz y disperso, moldeado por sistemas algorítmicos diseñados por las grandes plataformas digitales. No se trata de fuerzas que actúan por sí solas: detrás hay empresas como Meta, Google, ByteDance o X Corp., que programan estos sistemas con la finalidad de maximizar la atención, el tiempo de permanencia y la circulación constante de contenido.

Estas decisiones técnicas, que son creadas por equipos de ingeniería y definidas por intereses comerciales, influyen directamente en qué aparece, qué desaparece y qué gana visibilidad en las pantallas cotidianas de los adolescentes. A pesar de estas transformaciones, persiste algo fundamental: el deseo profundo de reconocimiento, compañía y sentido de pertenencia.

Sin embargo, el principal hallazgo transversal entre aquel momento y el presente no es solo tecnológico, sino formativo. Sigue existiendo una seria brecha de alfabetización digital, alimentada por la falsa idea de que saber usar una plataforma equivale a comprenderla. Muchas personas adultas han delegado en las y los jóvenes una supuesta habilidad “natural”, sin tomar en cuenta su edad, su vulnerabilidad emocional y la complejidad del entorno en el que participan. Al mismo tiempo, la responsabilidad social en el uso de redes es escasa: la desinformación, la agresividad y la exposición irreflexiva no son prácticas exclusivas de adolescentes, sino también de las propias personas adultas que habitan estos espacios.

Vivimos además un tiempo saturado de información y pobre en comunicación significativa. La interacción constante no siempre se traduce en diálogo, escucha o acompañamiento. Esta distancia cargada de pantallas, pero carente de presencia real, acentúa la necesidad de comprender cómo las juventudes navegan sus territorios digitales y qué esperan de ellos.

Por ello, el reto no consiste en vigilar a las y los adolescentes ni en idealizar su relación con la tecnología, sino en asumir que todos y todas (jóvenes y adultos, familias y escuelas, medios e instituciones) estamos aprendiendo a vivir en un mundo donde las fronteras entre lo público y lo íntimo, lo real y lo virtual, se redibujan cada día. Y en ese proceso, es indispensable reconocer que detrás de cada “decisión” algorítmica hay equipos humanos, intereses empresariales y modelos económicos concretos, cuya influencia debe comprenderse y discutirse colectivamente. 

Solo desde un aprendizaje continuo y compartido podremos construir una cultura digital más crítica, más cuidadosa y más humana. Reconocer esta interdependencia es el primer paso para construir una cultura digital más crítica, más cuidadosa y más humana. Solo desde un aprendizaje continuo y compartido podremos acompañar a las nuevas generaciones sin miedo ni paternalismo, y al mismo tiempo hacernos responsables de la forma en que habitamos, moldeamos y entendemos los espacios digitales que hoy forman parte de nuestra vida social. EP

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

DOPSA, S.A. DE C.V