Curtis Yarvin: el nuevo profeta de la reacción escribe un blog y vive en Silicon Valley

El ideólogo de la “Ilustración oscura” ha llevado sus ideas tecnoautoritarias del blog a los pasillos del poder.

Texto de 21/07/25

El ideólogo de la “Ilustración oscura” ha llevado sus ideas tecnoautoritarias del blog a los pasillos del poder.

Si hay algo que reconocerle a Curtis Yarvin, el antiguo ingeniero informático reconvertido en gran teórico político de la nueva derecha, es que sus ideas se venden bien. Términos como “Ilustración oscura”, la “Catedral” o la “píldora roja” no son especialmente profundos u originales, pero son sin duda pegadizos. Hoy son cada vez más utilizados entre los reaccionarios de Estados Unidos, especialmente en Silicon Valley, donde este bloguero tiene amigos, mecenas y muchos admiradores. Sus textos, que proponen la instauración de una monarquía tecno-fascista como forma de gobierno, han llegado a Washington y a la Casa Blanca, donde sus sugerencias han dejado de sonar como una broma.

¿Quién es realmente Yarvin? ¿Cuáles son sus planteamientos? ¿Y cómo se ha vuelto tan influyente? Este breve perfil intenta responder esas preguntas.

Un elfo oscuro toma la píldora roja

Nerd hasta el final, Yarvin es parte de esa corriente de nuevos derechistas estadounidenses que han intentado apropiarse de muchos elementos de la cultura literaria y cinematográfica, de Matrix a los estoicos, pasando por J. R. R. Tolkien.  De ahí viene quizá la mejor definición que se ha hecho del personaje: en la clasificación tolkeniana que Yarvin hace de la sociedad estadounidense, dividida entre una mayoría de hobbits de clase trabajadora y una elite de elfos educados en las mejores universidades, el ideólogo de la nueva reacción se considera a sí mismo un “elfo oscuro”. Un renegado que no siguió el camino establecido por la sociedad para los jóvenes talentosos como él. Y es que, a sus 52 años, pelo largo y chamarra de cuero, Yarvin es ante todo un contestatario. Es en esta contradicción, que propone la vuelta la monarquía al mismo tiempo que ensaya una pose rebelde, donde este programador encarna mejor que nadie el espíritu de la nueva derecha: su absurdo fundamental, pero también su atractivo.

Nacido en una familia de clase media acomodada de la Costa Este, Curtis Guy Yarvin fue una especie de niño prodigio que, en sus propias palabras, siempre se sintió como un bicho raro. Educado en casa, se saltó tres años escolares y entró a la preparatoria a los doce. Participó en un programa de jóvenes dotados para las matemáticas de la prestigiosa Johns Hopkins University, ganó un concurso de trivia en televisión y, como sus padres, se educó en Brown, una universidad de la Ivy League. Tras graduarse, empezó un doctorado en Computer Science en Berkeley, que abandonó luego de un par de años para empezar a trabajar en una empresa tecnológica. Antes de los 30, ya tenía un millón de dólares en el banco, una reputación como campeón del insulto y, como buen tech bro, una personalidad narcisista y megalómana.

Hasta aquí, su biografía pasaría por la de cualquier programador adinerado de San Francisco de no ser por lo que bautizó como su momento “píldora roja”, una alusión a Matrix que hoy se ha vuelto común entre la ultraderecha, sobre todo online, pero que Yarvin tiene el honor de haber “acuñado”. Este llegó en 2004, con la guerra de Irak. Siempre a contracorriente, Yarvin argumenta que no fue el escándalo en torno a las falsas armas de destrucción masiva del gobierno de George W. Bush lo que lo radicalizó, sino la falta de consecuencias de las mentiras de su rival, el Demócrata John Kerry. Tras despertar de lo que llama el “sueño progresista”, el ingeniero inició un blog en el que pretendía construir una nueva ideología política que acabaría conociéndose como la “neo-reacción” (o, como se le conoce entre los suyos, “NRx”) o la “Ilustración oscura”. Lo demás, como dicen, es historia.

De 2007 a 2013, su blog Unqualified reservations atrajo la atención no sólo de los militantes de base de la alt-right y el repertorio habitual deoligofrénicos, sino de personajes como Steve Bannon, el exestratega jefe de la Casa Blanca en el primer gobierno de Trump, el oligarca de Silicon Valley Peter Thiel, y el actual vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance. En este blog, Yarvin adoptó el seudónimo de Mencius Moldbug, con el que permaneció en el semianonimato durante años. Posteriormente, ya posicionado como intelectual predilecto del trumpismo, inició en 2020 otro blog, Gray Mirror of the Nihilist Prince, parodiando un género político muy frecuente en la Edad Media y el Renacimiento: los “espejos para príncipes”. Quien quiera conocer lo que el ala más sedicentemente intelectual de la ultraderecha estadounidense piensa que debe ser el “nuevo régimen”, es bienvenido a visitarlo.

Utopías neorreaccionarias

Resumir en qué consiste la ideología de Yarvin no es sencillo. Y no lo es porque sus ideas, una amalgama de planteamientos antidemocráticos tan crudos como ingenuos, sean especialmente complejas, sino porque algunos de sus pensamientos necesitan leerse in extenso para creerlos. Por ejemplo, su propuesta de convertir el lumpen de San Francisco en biodiesel que sirva de combustible a los autobuses de la ciudad (“una alternativa humanitaria al genocidio”) o su tesis de que deberían existir diferentes códigos legales para gobernar diferentes poblaciones (léase, razas), pues sólo una pequeña parte de la población mundial está capacitada para vivir de forma moderna.

En una nuez, lo que Yarvin y sus compañeros de viaje argumentan es que la democracia es un experimento fallido. Escépticos del progreso y, en última instancia, de la propia raza humana, Yarvin y quienes piensan como él consideran que el liberalismo (en su acepción estadounidense) ha creado una especie de dictadura totalitaria woke al estilo de la Matrix. Para Yarvin, quien detenta realmente el poder en Estados Unidos es una red de instituciones culturales que llama “la Catedral”, formada por las universidades de élite, think tanks, ONGs y la mayoría de los medios de comunicación masivos. Juntos, ellos forman el sentido común de las masas y, en los hechos, gobiernan como una casta religiosa. De lo anterior, Yarvin concluye que las democracias actuales se han convertido en los hechos en oligarquías que sirven a los intereses de unos pocos. Se trata de un diagnóstico que, sorprendentemente, podría ser compartido por muchos críticos de izquierda. En sus últimos libros, el propio Thomas Piketty ha denominado “izquierda brahmánica” a cierta elite progresista desapegada de las masas, de forma curiosamente similar a lo planteado por Yarvin. Ahora bien, la gran diferencia radica en la propuesta de la “Ilustración oscura” para reemplazar este estado de cosas.

Aludiendo nuevamente a Matrix, elegir  la “píldora roja” significa hoy para Yarvin el darse cuenta de que cualquier creencia en el progreso es una ilusión. La democracia es imposible y el único camino para el orden es la construcción de gobiernos con una estructura similar a las grandes empresas, elitistas, jerárquicos y autoritarios. Para Yarvin, el futuro debe estar formado por pequeños Estados regidos por CEOs convertidos en monarcas absolutos cuyo objetivo es hacer a su país “rentable”. En esta fantasía, la libertad política no existe y la única forma de voto posible es hacerlo con los pies, mudándose a otro reino tecnofascista.  En ese sentido, su propuesta es una especie de actualización del totalitarismo de origen platónico, pero hecho a la medida de los nuevos patrones de Silicon Valley, donde los reyes no son ya filósofos, sino inversionistas y programadores. Una fantasía tecnofeudalista que encuentra inspiración en países como Singapur, China y, recientemente, en El Salvador de Nayib Bukele.

Yarvin, para quien la única forma de cambiar el gobierno de Estados Unidos es que sus ciudadanos se deshagan de su “dictadura-fobia”, lleva años diseñando los planos para la demolición de la democracia de su país. Entre los elementos de este plan están cerrar Harvard y el New York Times en los primeros meses del gobierno del aspirante a rey, despedir a todos los servidores públicos a través de un programa bautizado como RAGE (Retire All Government Employees) y hacer caso omiso de los mandatos de las cortes, en caso de que estas decidan oponerse a sus acciones. Todo, sin embargo, debe realizarse de forma perfectamente transparente: Yarvin advierte que el futuro monarca estadounidense debe ser muy claro con sus planes, de forma que obtenga un “mandato popular” para instaurar la autocracia y, con él, no tenga problemas en declarar un “Estado de emergencia” para implementar su programa.

En la corte del rey Donald

Como planteaba al principio de este texto, lo más interesante de la obra de Yarvin no es ni la novedad ni la profundidad de su teoría política, sino lo mucho que parece haber capturado un Zeitgeist. Si Nietzsche famosamente decía que existen hombres póstumos, Yarvin es por completo un hombre para los tiempos que corren. 

Su mérito es haber podido articular —y empaquetar— un conjunto de viejas ideas reaccionarias, volviéndolo atractivo no sólo a la legión de ultras al uso, sino a una nueva audiencia de elite en Silicon Valley, cada vez más interesada en política. Peter Thiel, cofundador de Pay Pal, mecenas de J. D. Vance y amigo personal de Yarvin, es un buen ejemplo. En 2009 escribió un famoso ensayo en el que declaraba “ya no creer que la libertad y la democracia van de la mano”. Neorreacción en estado puro. Lo mismo puede decirse de su influencia en el ala más joven, radical y ambiciosa del movimiento en torno a Donald Trump, empezando por su vicepresidente, quien ha citado explícitamente a Yarvin en más de una ocasión y parece seguir a pie juntillas sus opiniones sobre las universidades y la burocracia. La “Ilustración oscura” es una de esas “subculturas raras de internet” a las que J. D. Vance ha confesado estar enganchado.

Aunque Yarvin ha sido bastante escéptico con el potencial de la política convencional para llevar a cabo su propuesta de revolución reaccionaria, lo cierto es que muchos elementos del programa del bloguero se parecen bastante a las acciones de los primeros meses del segundo gobierno trumpista, desde sus coqueteos con un posible Estado de emergencia como forma de hacer frente a la “crisis” migratoria al conflicto en torno a los fondos y la política de admisiones de las universidades de élite. Incluso el fallido intento de otro tecnooligarca, Elon Musk, y su agencia DOGE para reducir al mínimo el tamaño del gobierno puede leerse en estos términos.

En realidad, la relación de Yarvin con Trump ha sido al menos ambivalente. El exprogramador insinuó hace ya tiempo —antes incluso de su entrada en política—  que en Estados Unidos había apenas un par de personas que poseían la vibra necesaria para convertirse en monarcas. Una de ellas era precisamente Donald Trump. A principios de este año, justo después de la toma de posesión del actual presidente, fue noticia la organización de una fiesta patrocinada por una editorial de ultraderecha en Washington, Passage Press. El nombre del evento era elocuente: el “Baile de la Coronación”. Yarvin fue un invitado especial.

En las entrevistas, cada vez más frecuentes, que publicaciones como la revista The New Yorker, Politico o el propio New York Times le han realizado, Yarvin ha señalado los límites, pero también el potencial del trumpismo como movimiento político: si bien no llevarán a puerto su tan ansiado cambio de régimen, sí parecen capaces de concentrar todo el poder del Estado en la presidencia. Algo es algo.

En un momento del mundo marcado por los riesgos de erosión democrática, lo que para muchos es signo de preocupación, para este “Maquiavelo” de la píldora roja es un rayo de esperanza. EP

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