
En esta columna, Aníbal Santiago escribe sobre la guerra, un mal omnipresente que ha configurado nuestra forma de entender el mundo y pensar en los demás.
En esta columna, Aníbal Santiago escribe sobre la guerra, un mal omnipresente que ha configurado nuestra forma de entender el mundo y pensar en los demás.
Texto de Aníbal Santiago 09/03/26

En esta columna, Aníbal Santiago escribe sobre la guerra, un mal omnipresente que ha configurado nuestra forma de entender el mundo y pensar en los demás.
La guerra fue platillo habitual de mi infancia. Niños y adolescentes comimos guerra siempre, nos gustara o no. Claro, entraba a nuestros ojos y cuerpo a través de la televisión, sobre todo por este medio, y había guerra un día sí y otro también. Aparecen en mi mente Irán-Irak, Yugoslavia, Líbano-Israel, la URSS en Afganistán, el Golfo, Malvinas, Ruanda y las guerras de El Salvador, Nicaragua y Guatemala. Seguro olvido 50 más.
Pienso en guerra y veo a Jacobo Zabludovsky con su voz gangosa y gesto momificado relatando —como si nada— bombardeos, masacres, desplazamientos forzados, ejecuciones, campos de tortura.
La que realmente me lastimó, sin embargo, fue la de Malvinas. En nuestro departamentito de la colonia Tizapán, un domingo que volví de un partido llanero con mi equipo, el Alpina, mi papá me sentó en un sillón. Muy serio, me contó que Argentina, país de mi familia, había declarado la guerra para recuperar unas islas, y yo lloré sin entender bien, reclamando que mis primos Gastón, Laura, Julieta estarían en peligro. Me abrazó y me dijo algo como: “No llores, viven muy lejos de las islas”. No recuerdo más.
A mis primos no les sucedió nada, pero en Malvinas, brevísima y absurda guerra porque un país pobre y desarmado decidió enfrentar a un imperio, dejó 904 chicos muertos de ambos bandos, 2,462 heridos y, después, 718 suicidios de veteranos de guerra (terrible y desestimado fenómeno de la historia).
Recordamos unas guerras más que otras, pero siempre están ahí. Haz memoria: desde la de Irán e Irak hasta el reciente crimen en Palestina, la guerra ha irrumpido en tu vida siempre. El filósofo George Santayana escribió: “Only the dead have seen the end of war (Sólo los muertos han visto el fin de la guerra)”. La guerra es cotidiana y múltiple. Si una acaba, empieza otra.
No obstante, quizá en los años 80 y 90 sentíamos poco al enterarnos de tanta muerte. Era algo horrible pero habitual; así nos tranquilizábamos. Parecido a lo que desde hace 20 años nos produce en México la guerra contra el narco (la guerra dejó de estar lejos). Como a diario nos hablan de fosas comunes, decapitados, cadáveres en puentes, restos humanos en bolsas, descuartizados, desollados, ejecutados, desmembrados —la muerte se produce cerca, pero a la vez es ordinaria—, no podemos llorar todos los días, aunque nuestra alma sí llore quedito, sin lágrimas pero con mucho dolor de que el país que adoramos sea esto.
Nos enfría la costumbre. Hay nota si matan a sólo uno en un mes; no hay nota si matan a 100 todos los días. Escalofriante axioma periodístico que va a la sangre.
Lo que de chico me acercó al horror de las tragedias bélicas, más que el sonsonete de Jacobo, fueron unas imágenes. El artista español Francisco de Goya trazó a lápiz una serie de dibujos: Los Desastres de la Guerra. Ahí, personas se desmiembran, se despedazan a hachazos, se tragan vivas. Monstruosas, aberrantes, apocalípticas, las escenas tenían un denominador común: no eran asesinados los encorbatados políticos, asépticos, perfumados, acicalados, sino la gente común, las pobres personas de a pie que reciben órdenes de matar por vaya a saber qué razones impuestas por los poderosos que, si acaso se manchan de algo durante la guerra, no es de sangre sino de gotas de coñac que vierten en sus camisas blancas. Hoy, ven en pantallas la guerra apoyando sus zapatos en alfombras de Cachemira, aislados del molesto exterior por cortinas de seda italiana, revisando la hora para irse a dormir en relojes Patek Philippe y comiendo caviar beluga (iraní, claro, mientras lanzan misiles a Irán). Quienes se aniquilan no son ellos; son otros.
Esta semana escuché la mejor definición de la palabra ‘guerra’: “Jóvenes que no se conocen ni se odian se matan entre sí por orden de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan entre sí”.
El poder jamás sangra. EP