
Aníbal Santiago escribe sobre el aumento de la economía informal y el ambulantaje, problemas asociados a políticas ineficientes de gestión pública y de creación de empleos formales.
Aníbal Santiago escribe sobre el aumento de la economía informal y el ambulantaje, problemas asociados a políticas ineficientes de gestión pública y de creación de empleos formales.
Texto de Aníbal Santiago 23/12/25

Aníbal Santiago escribe sobre el aumento de la economía informal y el ambulantaje, problemas asociados a políticas ineficientes de gestión pública y de creación de empleos formales.
¿Te diste una vuelta por la Alameda Central? A la estatua de Beethoven la custodia un vendedor de USB con hits de Intocable, Pesado, Bronco y demás luminarias. Neptuno y los Tritones echan coto con una vendedora de calcetines navideños y a las Ninfas las alimenta junto a su estanque un chef experto en cueritos con salsa Valentina y harto limón.
A esos níveos y sensuales chicos y chicas grecolatinos y neoclásicos, dioses casi todos, les arrebataron su plaza céntrica otros seres de esta era, menos divinos pero más luchones: cientos de ambulantes que, viendo el vaso medio vacío, ya “in-va-die-ron” con puestos de fruta con chile, gorras de beis, gafas, chamarras y 3 millones de cosas los senderos señoriales, las marmóreas fuentes. ¡Invasores!
Viendo el vaso medio lleno, la Alameda ya no es una coordenada plácida para cruces de humanos deseosos de verse, coquetearse, tener charlas en atmósferas apacibles sin unas bocinotas luminosas que descargan al reguetonero Ñengo Flow. Cierto, murió el romanticismo, pero esos humanos tienen la gran oportunidad de comprar pistolas automáticas de burbujas, ventiladores portátiles, masajeadores cervicales o básculas digitales mini. Baratijas utilísimas.
¿Te diste una vuelta por el Auditorio Nacional? Lo bordea un sendero de montones de changarros entre charcos aceitosos, tanques de gas, cubetas de agua pantanosa. Te sientas a comer desde dorilocos hasta chilaquiles con huevo estrellado admirando un dulce paisaje de diablitos eléctricos y paraderos, mientras a la música automotriz la embellecen las mentadas de madre en claxonazos: “ta-ta-ta-ta-ta”.
Los alrededores de mi hogar, la Portales y su metro Ermita, gozan un apogeo comercial: varios puestos te entregan 5 de suadero por 25 varitos, y se intercalan con locales de venta de peras de boxeo y guantes para que levantemos pesas los mamados de parque; bicis con ricas conchas blancas y comales de gorditas cubiertos por lonas de polvo milenario.
Todo el Valle de México, de Chimalhuacán a Cuajimalpa, de Tlalpan a Tlalnepantla, es un humeante y multitudinario bazar en parques, calles, estaciones, camellones, panteones, bajo puentes. Ambulantaje, donde sea.
Pero como Este País promueve el entendimiento con números, vayamos brevemente a algunos revelados por el INEGI la semana pasada: el 25.4 % del PIB de México lo aporta el comercio informal. El 54.4 % de los trabajadores mexicanos son informales. La economía informal encadenó su cuarto año de crecimiento.
¿Espantan las condiciones de higiene, anarquía e incluso fealdad? Pensemos distinto: si la economía no se derrumba, es en gran medida por el ambulantaje. Si nos basamos en el dinamismo comercial que activan, tendríamos que pararnos fuente al puesto de cueritos y aplaudirle al señor que los prepara.
Pero no, el ambulantaje no da para festejar. Supone:
No nos hagamos: la proliferación del ambulantaje es un desastre nacional del que son culpables muchos, salvo, quizá, los propios ambulantes.
Si cuestionas a la señora que puso un tambo de tamales en tu calle, te dará una respuesta implacable: “¿Qué quiere que haga? ¿Yo y mis hijos nos morimos hambre esperando que una empresa nos contrate?”. EP