Boca de lobo: ¡Mexicanos, no se dice “qué”, se dice “mande”!

Aníbal Santiago escribe sobre la incongruencia discursiva de los integrantes de MORENA y sus allegados a raíz del lamentable suceso protagonizado por Hugo Aguilar y su joven asistente en días pasados.

Texto de 09/02/26

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Aníbal Santiago escribe sobre la incongruencia discursiva de los integrantes de MORENA y sus allegados a raíz del lamentable suceso protagonizado por Hugo Aguilar y su joven asistente en días pasados.

Mucho cuidadito si no eras más que un escuincle y una persona mayor —tu papá, tu maestra, quien sea— te quería pedir algo y tú respondías con un “qué”. ¡No, no, no, no, no! Si decías “qué”, esa persona no te iba a aclarar tu duda, aquello que requería; antes iba a soltar una reprimenda por haber pronunciado la palabra maldita. “Se dice mande”, te enseñaban con ojos de prefecto con regla no para medir nada, sino para darte reglazos. Decir “qué” era desobediencia, rebeldía, insolencia. Era la señal de tu absurda pretensión de volverte indomable, mientras que lo correcto era ser sumiso.

“Mande” te colocaba en una posición inferior, te humillaba tantito, te ponía al servicio del virrey, o al menos del tirano capataz (aunque fuera tu padre). Así estuvieras en 1987 y no en 1714, el “mande” era una mágica máquina del tiempo que te enviaba al Virreinato y te instalaba en su sistema de castas, donde tú eras el “indito” tributario. En síntesis, desde el amanecer de la vida te enseñaban que estaba muy bien existir para servir a alguien y acatar mediante el “mande”. O sea, ordene, disponga, exija. Acá está su criado.

La política, como bien se ha dicho, es mandar obedeciendo. O debería serlo. El político, en teoría (nunca) es sólo el instrumento ejecutor del mandato social. Transforma lo que sus electores mandan en acciones y con el dinero que ellos le aportan.

En México, sin embargo, ese principio los políticos lo ignoran, o más bien se hacen los ignorantes. Y eso los beneficia porque a su alrededor emana un aura dorada que los eleva como altezas merecedoras de mil deferencias. Tres breves ejemplos actuales: cerca de 1200 políticos gozan sueldos que aún hoy superan los 200,000 pesos, instalan estéticas para su embellecimiento en plena Cámara de Diputados o con los brazos cruzados se arman —como Adán Augusto— un guardadito de 900 millones que no está sujeto a auditoria.

Las y los políticos mexicanos —en el papel nuestros sirvientes—, por obra histórica del sistema político, ocupan un trono, encarnan a la divinidad, son sacralizados y disfrutan privilegios monárquicos, excesos comprensibles en el PRI y el PAN, partidos que construyeron la nación desastrosa que les decía “mande”. De ningún modo es exageración: no olvidar cuando indígenas chiapanecos alzaron al gobernador Manuel Velasco en una parihuela, una camilla autóctona, y vitorearon por las calles a Su Majestad, o cuando Su Majestad cacheteó en público a un ayudante indígena que le cargaba sus papeles. Ese político, morenista de hecho, quería ser presidente.

Lo curioso, la sorpresa, es que aún debamos decir “mande” a los políticos que conforman el partido que se ganó el voto insistiendo en que gobernados y gobernantes éramos iguales y que desde ese axioma actuarían.

Hoy los vemos viajando en primera clase, vacacionando en Europa, mirando la hora en Rolex, viajando en Jeep Grand Cherokee, casándose en fiestas millonarias. Los políticos no pueden ni cargar sus gafetes y necesitan séquitos pagados que ajusten su ropa, los peinen, les abran las puertas, suban los micrófonos, les carguen la maleta, los trasladen. Seguimos naturalizando el privilegio.

Con mucha razón, la semana anterior pasamos de normalizar todo eso —el “mande” llevado a cualquier terreno— a horrorizarnos. Vimos a la joven asistente del ministro presidente de la Suprema Corte, Hugo Aguilar (el indígena humilde de guayabera que por fin haría justicia al pueblo), agacharse para limpiarle los zapatos. Él ni se inmutó, ni se quejó: ella era su vasalla.

Una duda: ¿en el baño se limpiará solo o también necesita servidumbre? EP

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