
Aníbal Santiago escribe sobre las declaraciones de Donald Trump sobre la posibilidad de atacar por tierra a los cárteles de la droga mexicanos.
Aníbal Santiago escribe sobre las declaraciones de Donald Trump sobre la posibilidad de atacar por tierra a los cárteles de la droga mexicanos.
Texto de Aníbal Santiago 12/01/26

Aníbal Santiago escribe sobre las declaraciones de Donald Trump sobre la posibilidad de atacar por tierra a los cárteles de la droga mexicanos.
Como soldaditos, con la espalda derecha, pelo bien peinado de raya o chongo, mirada al frente y mano apuntando al corazón (el órgano más sagrado de nuestro ser), en el patio de la escuela cantábamos cada lunes una canción que no entendíamos nada, con palabras raras como ‘aprestad’, ‘aras’, ‘guirnaldas’. Y una más, la más importante de todas: ‘masiosare’.
¿Qué era ‘masiosare’? Sepa Dios, pero niñas y niños la repetimos muchas más veces que las que el Chavo del 8 repitió: “Fue sin querer queriendo”. Si se hiciera un ranking de la palabra más dicha por los niños mexicanos desde 1854 —cuando se compuso el Himno Nacional— hasta este lunes del 2026, en esos 172 años la palabra ‘masiosare’ estaría arribotota de la lista. Nos podíamos helar en el patio o mojarnos con la llovizna de la mañana, pero ahí estábamos cantando la canción incomprensible. Y, se rumora, bebés mexicanos fueron registrados como Masiosare por sus padres en el registro civil. Cuánta crueldad.
Ya más grandecitos, si acaso algún día nos detuvimos a pensar qué diantres cantábamos en aquella ceremonia para honrar a la patria y su bandera, intentamos hallar sentido al masiosare: “Mas si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo, piensa oh patria querida que el cielo un soldado en cada hijo te dio”. El gobierno a través de la SEP nos hacía decir que, llegado el caso, nos volveríamos soldados y agarraríamos el fusil para defender a México. Sí, los chiquitos que poco antes tomábamos biberón, usábamos pañales y con trabajos nos amarrábamos las agujetas, seríamos guerreros armados. O sea, el masiosare no tenía ningún sentido.
Hoy, al paso de los años, pienso que ha sido muy redituable enseñar a los niños que el enemigo está fuera, que hay que mirar siempre más allá de las fronteras porque ahí está el monstruo que nos atacará, duro y dale con el “aguas con los extranjeros”, cuando el “extraño enemigo” ni ha sido extraño ni nació en otro país, sino es mexicano y se ha apellidado Díaz Ordaz, Echeverría, Duarte, Durazo, Salinas, García Luna, Gordillo o Adán Augusto. “¡Mira para fuera, m’hijito; no para adentro!”.
¿Enemigo extranjero? Ni Reagan, ni el rey Juan Carlos, ni Bush, ni Mao ni nadie tuvo la menor intención de invadirnos. Desde 1914, cuando tropas estadounidenses desembarcaron y tomaron Veracruz por siete meses para enfrentarse al régimen de Victoriano Huerta, nadie nos ha invadido. Por cierto, fui estas vacaciones al puerto de Veracruz y un amigo me decía que aún duele profundamente a sus paisanos el hallazgo en 2011 de 23 cadáveres de hombres y 12 mujeres (menores, algunos), amarrados y torturados en la céntrica glorieta jarocha de los voladores de Papantla. ¿Cuántos cientos de tragedias así sumamos desde 2006 en todo el territorio? El enemigo está adentro.
La semana pasada, Donald Trump, el presidente capaz de cualquier cosa, advirtió: “Vamos a empezar a atacar por tierra a los cárteles. Los cárteles están controlando México”. ¿Nos preocupó, nos indignó, despertó nuestro espíritu patrio y nos acordamos de que nos volveríamos soldados si “masiosare un extraño enemigo profanar con sus plantas este suelo”? No.
Penoso admitirlo, pero la tragedia del narcotráfico, ese horror colosal, uno de los más grandes que ha sufrido no sólo México sino el planeta desde la Segunda Guerra Mundial, convierte el aviso de Trump en un alivio para deudos que ya son millones. Ni Calderón, ni Peña, ni López Obrador, ni Sheinbaum, ni el Ejército, ni la Marina, ni la Guardia Nacional, ni ningún órgano policial le han hecho cosquillas (o no han querido hacérselas) a un negocio infinito de billetes verdes embarrados de sangre y lágrimas. Y no seamos ingenuos: los políticos que vengan tampoco lo harán.
Jamás pensamos que el masiosare tantas veces repetido ocultaría al enemigo de verdad. No vino de Madrid ni hablaba inglés. Se crio en México, despachó en el gobierno, usó corbata y traje, y volvió al país su juguete. La soberanía se perdió cuando los poderosos de aquí nos arrebataron la paz. EP