
Aníbal Santiago escribe una crítica sobre el reciente nombramiento de Hugo López-Gatell como representante de México ante la OMS.
Aníbal Santiago escribe una crítica sobre el reciente nombramiento de Hugo López-Gatell como representante de México ante la OMS.
Texto de Aníbal Santiago 07/07/25

Aníbal Santiago escribe una crítica sobre el reciente nombramiento de Hugo López-Gatell como representante de México ante la OMS.
La catástrofe nos demolía: hospitales atestados, calles desoladas por el terror, deudos por miles que por el contagio no podían despedir a quienes amaban, crematorios desbordados, inmoral tráfico de oxígeno en tanques (esperanza final de vida). Y se sumaba algo grave: un trastorno informativo que nacía en la palabra y viajaba al cuerpo de los mexicanos: inyectaba miedo a la sangre.
Y entonces, en esa confusión espantosa causada por un monstruo desconocido, el COVID-19, llegó él. Hugo López-Gatell, el doctor afónico con manos de expresivo revoloteo, el médico encantador con abrumador talento para el estrellato, con su sonrisa agradable, su oralidad impecable, su magnetismo, nos tranquilizó: día a día, por TV y redes sociales nos explicaba lo que se iba sabiendo de la enfermedad, aportaba estadísticas, divulgaba medidas precautorias.
Más que buen comunicador, era un emperador ante la cámara. La sometía, la maniataba, la poseía, como si por años la hubiera enfrentado y no de un día para otro. Hugo, el hechicero que, entre curvas de contagio, encendía incluso otras pasiones (aunque no fuera Marlon Brando).
Si en su debut dijimos “¿quién es este güey’”, a la semana todo México lo aplaudía. El maestro de ceremonias del COVID usó el Palacio Nacional como escenario, como su Teatro de La Scala de Milán para expandirse.
Hasta que surgió un problemita. A su mensaje diario, que podemos sintetizar como “calma, vamos muy bien”, lo refutaba la realidad: junto a Estados Unidos, Brasil, India y Rusia, México compartía el podio de muertes, que ya alcanzaban varios cientos de miles. Al parecer no íbamos tan bien.
El insistente mensaje tranquilizador, esa especie de “no se me agüiten, somos los mejores”, ya era ineptitud: relajaba las conductas de seguridad que la población debía tomar y a la vez sosegaba al Estado, que debía saber la verdad —con toda su crudeza— para evitar errores y mejorar cada minuto, cada hora, cada día, en su lucha contra un virus que mutilaba vidas masivamente.
En síntesis, López-Gatell mentía en un tiempo en que la verdad, por dolorosa que fuera, urgía, pues solo así activaría una alerta generalizada en cada ciudadano, cada médico, cada funcionario.
Ni modo. El doctor, de pronto, ya no fue tan galán, ni carismático, —y lo peor de todo— ni tan responsable. Su trabajo consistía, en gran medida, en el control de la crisis de imagen que sufría el gobierno ante la opinión pública, no en el control de un virus.
El golpe final a la efigie que Hugo alguna vez encarnó no lo dio la oposición, tampoco la sociedad y menos los medios de comunicación. En marzo de 2020, cuando era impostergable que las y los mexicanos entendiéramos que no había que besarse, saludarse, abrazarse, tocarse de cualquier modo, no condenó al presidente López Obrador. En plena crisis del Coronavirus, el mandatario desafiaba a la Organización Mundial de la Salud (OMS) abrazando, besando y manoseando a su fervorosa legión durante los actos públicos que rechazó cancelar. Con su actuar y el ejemplo que daba a su gente, Andrés Manuel promovía el contagio (ergo, la muerte). Cuando algún reportero le pidió a Hugo una opinión sobre lo que López Obrador hacía, contestó frente a la mirada satisfecha de su jefe tabasqueño: “La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio”. El ungido médico de la nación protegía a un político, en vez de proteger a un país. Una persona valía más que 132 millones. ¿Por qué? Porque en un futuro ser aliado del presidente, humillarse, prodigar su servilismo, le podía traer beneficios. ¿Cuándo? La primera semana de julio del 2025. López-Gatell, el hombre que después de respaldar “la fuerza” moral” de López Obrador siguió emitiendo dislates, mintiendo, cometiendo pifias en la salud pública que dejaron a México con cerca de medio millón de muertos, se va a gozar de la vida en Ginebra como representante del país ante la OMS.
En México, sobajarse al poderoso puede matar, pero tiene su premio. Y qué premio. Felicidades, Hugo. EP