
Aníbal Santiago escribe sobre el reciente encuentro entre Ricardo Monreal y Hugo Aguilar, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y sus implicaciones políticas.
Aníbal Santiago escribe sobre el reciente encuentro entre Ricardo Monreal y Hugo Aguilar, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y sus implicaciones políticas.
Texto de Aníbal Santiago 18/08/25

Aníbal Santiago escribe sobre el reciente encuentro entre Ricardo Monreal y Hugo Aguilar, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y sus implicaciones políticas.
Existen categorías de espejos, brújulas, relojes, camas, gafas, así como de candados que pueden cuidar una jaula con un viejo tendedero en la colonia Algarín (el candado más simple) o el depósito de lingotes de Fort Knox (el candado más sofisticado), cuya reserva de oro de miles de toneladas es quizá la más grande del mundo. Nos rodean categorías incalculables de tantos objetos como hay en el planeta. Infinitas.
Pero no solo las cosas, también lo intangible está cruzado por categorías. Por ejemplo, la sonrisa. Las mujeres y hombres del mundo hacen sonrisas nerviosas, corteses, francas, engreídas, falsas, altivas, seductoras y una particularmente peligrosa: la socarrona.
Y una sonrisa así puso (o debió poner) en alerta a México la semana pasada. Contexto: Hugo Aguilar, el nuevo presidente de la Suprema Corte, surgió de una elección dirigida por el gobierno para beneficiar a sus intereses y defensores. Por eso, acaso para disimular que le debe un favor al grupo gobernante y que en México los favores se pagan, en su primer discurso público prometió “independencia judicial” a los seis millones de mexicanos que lo votaron y a los 125 millones que no lo votaron. Ya no hay nada que hacer para revertir la elección de jueces, una treta política lamentable pero magistral de esta izquierda que se dice pueblo a pesar de vacacionar en Ibiza y vestir Gucci (no conocen Caletilla ni compran calcetines en Waldos, pero algún día lo harán). Si adoptamos una inocencia inconmensurable, colosal, una lucecita tan brillante como la estrella más lejana a la Tierra, podríamos pensar: “No nos adelantemos, no seamos tan catastróficos, el máximo juez de la nación nos prometió independencia judicial”.
El problema es que nuestra ingenuidad recibió muy pronto una bofetada. El abogado indígena que presidirá la Suprema Corte fue a ver al diputado Ricardo Monreal, coordinador del grupo parlamentario de MORENA. Mientras caminaban ambos en un salón, aparecieron los fotorreporteros; Aguilar siguió de largo, sin la precaución de posar juntos. ¿Qué hizo Monreal? Lo tomó del brazo, lo jaloneó y acomodó al mixteco ante las lentes, en una especie de “estate quieto, aprende a comportarte”. El político trató al máximo abogado de la nación con un gesto que evocó la manera en que los hacendados del Virreinato trataban a los indios macehuales (del náhuatl macehualli, ‘gente ordinaria’). Y no paró ahí. Le dio un abrazo fortachón, estrujado, tipo “ahh, chinga, cómo quiero a mi peón”, al que el futuro jefe de la Suprema Corte respondió con calidez (“ay, mi señor es medio brusco y mandón, pero también lo quiero mucho”). ¿No tiene relevancia que un líder político abrace al hombre que presidirá la Suprema Corte? Mmm, qué mal pensados, pero muy lejanamente suena a cercanía, apoyo y (peor aún) cooptación.
Para cerrar, volvamos al inicio: no con una sonrisita cualquiera, natural y discreta, sino con la sonrisa amplísima, celebratoria, descubridora de sus enormes dientes, Monreal abrazó a Aguilar frente a los fotógrafos como envolviendo con su enorme cuerpo a un niño (le lleva una cabeza). Fue una sonrisa socarrona (de superioridad, burlona, irónica) que torció su cara, sus ojos. Al diputado solo le faltó decir con una carcajada: “El Poder Judicial es nuestro”, pero no era necesario; lo sabemos: es todo suyo. EP