Boca de lobo: Chicharito, no son buenos los esteroides

Aníbal Santiago escribe sobre la lamentable actuación en la cancha de Javier Hernández, el Chicharito, y de sus ofensivas y misóginas declaraciones en torno a las mujeres.

Texto de 08/12/25

Chicharito

Aníbal Santiago escribe sobre la lamentable actuación en la cancha de Javier Hernández, el Chicharito, y de sus ofensivas y misóginas declaraciones en torno a las mujeres.

Chicharito llegó a Chivas en esteroides. Y no es que se metiera nandrolona para mejorar su fuerza explosiva y recuperación muscular, y con ello su potencia en arranques y saltos que le dieran goles por decenas. No, era simplemente un hablador en esteroides.

La leyenda rojiblanca volvió a Chivas y en vez de excitarse al tener enfrente un balón para levantar al deprimido equipo más popular de México, se excitaba ante un micrófono. Abría los ojos como enfermo de hipertiroidismo y en las entrevistas soltaba una perorata extenuante, una fulminante diarrea verbal que abarcaba todos los temas y un poco más, pero que nos mostraban a los mortales, todos aquellos que no somos “Chicharito”, lo despreciables que somos por ignorantes, obtusos, torpes, ineptos. Nos decía, con su catarsis verbal, atropellada, cantinflesca, con una cascada oral de maldad, no sólo de qué iba su vida y su éxito, sino que no éramos nada; ni los periodistas que lo cuestionaban ni nadie en el mundo. El planeta Tierra era Chicharito, el sabio; los otros siete mil millones de habitantes éramos invertebrados microscópicos.

No con la alegría y liviandad de sus tiempos en el Manchester United, por el contrario, con ese nocivo y pesado mundo interior que lo entumecía físicamente, saltó a la cancha. Pisó el césped con la actitud de “ya van a ver al mejor del mundo, tarados”, aunque con una paradoja: como habló tanto, sus miles de palabras ofensivas lo ponían en aprieto a él mismo. Para no quedar en ridículo debía demostrar que, como había jurado, era un superhombre en lo mental y deportivo.

Y entonces lo que veíamos no era ni un espantapájaros de lo que Javier Hernández fue. Demasiado voluminoso y lerdo, se resbalaba, remataba al ombligo del arquero o sus disparos descalabraban a los pobladores de Saturno; se tropezaba y caía, chocaba contra los defensas, abanicaba la pelota. Cuesta analizar sus dos años en Chivas: su desempeño tuvo más pinta de clown del Circo Atayde que de futbolista.

Eso sí, mientras en el campo era un desastre, seguía hablando ahora contra las mujeres: “están fracasando, están erradicando la masculinidad […] encarnen su energía femenina cuidando, nutriendo, recibiendo, multiplicando, limpiando”. O sea, protegiendo a los hijos, cocinando para la familia, procurando placer al marido, pariendo y haciendo el quehacer. Sí, todo eso dijo en pleno 2025.

La vida es generosa: hace días Chicharito pudo haberse reivindicado de su horrible desempeño y distraernos de sus vejaciones a México y sus mujeres si metía el penal a Cruz Azul en Cuartos de Final, cuando su entrenador le concedió ser el cobrador. Pero una deferencia terminó en castigo. Como dice el gran cronista beisbolero Ernesto Jerez, esa pelota aún no ha caído.

El matrimonio Chivas-Chicharito acabó de la peor forma. Y quién sabe si su carrera, del modo más penoso, ya concluyó.

Pese a todo, Javier deja a México una enseñanza para la vida. El balón puede frustrarte, pero la lengua es mucho más cruel. Si la usas mal, te derrumba. EP

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