Boca de lobo: La 4T cena en París, baila en Ibiza, hace shopping en Tokio

Aníbal Santiago escribe sobre la hipocresía de la clase política de la 4T, que predica un discurso de austeridad mientras disfruta de una vida de lujos en el extranjero.

Texto de 04/08/25

Aníbal Santiago escribe sobre la hipocresía de la clase política de la 4T, que predica un discurso de austeridad mientras disfruta de una vida de lujos en el extranjero.

El freelance te arroja a la tempestad del desempleo unas veces y otras te avienta un salvavidas para que flotes despacio hacia la orilla si un trabajito aparece (y un sol tibio se abre paso, forcejeando entre nubarrones). El freelance empuja la vida a los extremos, pero con sus ventajas. Ejemplo: un lunes por la mañana, mientras la furia laboral asfixia a la ciudad, puedes acercarte con calma sacerdotal a tu biblioteca: ¿qué leeré?

Hace dos semanas, el lunes lluvioso elegí un viejo librito de la editorial Argos Vergara con lomo verde (vaya a saber cómo llegó a casa). En su portada, un épico hombre barbado dirigía a gritos una lucha multitudinaria entre cañones y una bandera italiana. El libro parecía nuevo; quizá jamás fue abierto en sus 45 años de existencia: El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. 

Sensual, sutil, con el señorial fluir de la escritura de otros tiempos, lo fui degustando como un coñac. Y entonces llegué a la página 35: Tancredi —joven, carismático y guapo aristócrata— se une a la revolución de Giuseppe Garibaldi (el barbado de la portada), que en teoría buscaba demoler la monarquía de los Borbones y cambiarla por una nación justa y liberal. Al justificar por qué tomó esa sorpresiva decisión ante su tío Fabrizio, príncipe heredero del viejo régimen feudal, Tancredi le explica: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

Leí la frase cuatro, cinco veces. Por más que intentaba, no alcanzaba a entenderla, y eso me fastidiaba porque sentía que era algo clave en la historia. Avancé capítulo tras capítulo, molesto por mi incapacidad. ¿Qué es lo que Tancredi había dado a entender?

Y de pronto, magia. Quien me ayudó a comprender no fue mi madre (mi suprema consejera), ni mi hija Alaia (que tantas veces me da luz en dilemas de la vida) y tampoco un amigo. Me ayudaron unos sujetos que no necesitaron usar palabras, sino simplemente gozar: el diputado Monreal vacaciona en Madrid; el senador Noroña viaja a París en primera clase de Air France; el secretario de Educación, Mario Delgado, pasea en Portugal; el secretario de Organización de Morena, Andrés Manuel López “Andy” Beltrán, turistea en Tokio; Jesús Ernesto López (hijo menor del expresidente) se pasea con su novia en un yate y usa tenis Balenciaga de 30 mil pesos; Beatriz Gutiérrez Müller, esposa de López Obrador, pide la nacionalidad española y se va a la península ibérica; la jefa de Morena, Luisa Alcalde, construye un edificio en la colonia Roma y defiende públicamente a los viajeros; el diputado Enrique Vázquez Navarro baila en un exclusivo club nocturno de Ibiza; Adán Augusto López usa un reloj A. Lange & Söhne de casi un millón de pesos.

Y ya basta, no fustiguemos más a los duques y duquesas de la 4T que me hicieron comprender la frase de aquel libro: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Lo que el aristócrata Tancredi había querido decir era que la lucha social era usada como una estrategia política de la aristocracia para permanecer. Amenazada socialmente, esa aristocracia simula renovarse a fin de consolidarse. La transformación, solo estética, sirve para conservar el estado de cosas sin reclamos populares. La élite “evoluciona” exclusivamente para reforzar privilegios.  

En definitiva: el cambio, la transformación, la revolución, no son nada más que una máscara. Siniestro. 

Ya no en Italia, sino en México y 160 años después, no es muy distinto. Con la doctrina de la austeridad, hace poco un presidente nos mandaba a la horca por ser “aspiracionistas” y por pretender un par de zapatos extra, pero la fauna política que creó y que ahora ejerce el poder goza en Ibiza, Lisboa, Madrid, Londres, y le da una patada en el trasero al pueblo usando relojes y zapatos propios de los Borbones. 

Contrario a su pregón, y como no pueden dejar de ser ellos mismos, el pueblo observa y acaso entiende: se hacen los distintos, pero luchan sin tregua para ser iguales. EP

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