Veredas

Decía mi bisabuela que el momento en que uno comienza algo, es el adecuado. Del mismo modo, la lluvia cae cuando debe caer para que la cosecha sea buena; sin embargo, uno no elije qué lluvia caerá, es ella quien nos elije a nosotros. Así como escribió Cortázar en su capítulo 93 de Rayuela: “Vos no […]

Texto de 23/03/16

Decía mi bisabuela que el momento en que uno comienza algo, es el adecuado. Del mismo modo, la lluvia cae cuando debe caer para que la cosecha sea buena; sin embargo, uno no elije qué lluvia caerá, es ella quien nos elije a nosotros. Así como escribió Cortázar en su capítulo 93 de Rayuela: “Vos no […]

Decía mi bisabuela que el momento en que uno comienza algo, es el adecuado. Del mismo modo, la lluvia cae cuando debe caer para que la cosecha sea buena; sin embargo, uno no elije qué lluvia caerá, es ella quien nos elije a nosotros. Así como escribió Cortázar en su capítulo 93 de Rayuela: “Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto”. Por ello tengo la certeza de que son los libros quienes nos eligen a nosotros para trazarnos rutas y caminos de lectura. En mi caso, más que caminos, mis rutas de lectura son veredas pensadas como un espacio en construcción que con el debido deseo, esfuerzo y paso constante puede llegar a convertirse en camino.

Mis veredas comienzan en la Escuela Trabajadores del Campo, destinada a los que éramos hijos de los migrantes que trabajaban como jornaleros en los campos de fresa de San Quintín, Baja California, la mayoría provenientes de Oaxaca, mi tierra natal. A los seis años, como parte del castigo que me daban los profesores por platicar en clase, tenía que sentarme a leer el libro de lecturas de 2° grado durante el recreo. Al creer que estaba recibiendo el castigo perfecto teniendo que quedarme a leer en el salón, los maestros hicieron de mí la alumna más conversadora, ya que platicaba en clase a propósito para que me “castigaran” y me pusieran a leer. Descubrí todo un mundo al cual podía acceder desde mi banca y al que no estaba dispuesta a renunciar.

El primer libro que tuve en mis manos, enteramente mío, me lo regaló mi padre cuando cumplí ocho años, tiempo que coincidió con el regreso a Oaxaca, por lo que tres días de viaje en camión fueron perfectos para leer y releer El Principito, del que aún sigo aprendiendo. Debo mencionar que mi veneración por las mariposas llevaron a una de mis maestras del bachillerato a platicarme de un Sr. Colombiano al que también le gustaban mucho, y a que me prometiera prestarme un libro de él. Semanas después tenía entre mis manos una obra titulada El amor en los tiempos del cólera. Desde la primera página quedé cautiva de él, y así caminé por Cien años de soledadDel amor y otros demonios, Vivir para contarla, entre muchos más; desde ese momento García Márquez es uno de mis autores favoritos.

He dado pasos que me “han llevado recio y me han traído despacio”, como escribió aquel nacido en Paso de los Toros, considerado como la figura más relevante de la literatura uruguaya de la segunda mitad del siglo xx, Mario Benedetti, por quien en una clase de historia a las siete de la mañana guardamos un minuto de silencio. Posteriormente se tejió en mí una necesidad por saber quién era ese hombre a quien nuestro maestro respetaba a tal grado que ese día llegó con la mirada tristísima y no quiso darnos clase. Días después leí La tregua y, más adelante, algunos de sus poemarios como: Poemas de la oficina, La casa y el ladrillo y Viento del exilio. Con él me inicié en la lectura de poesía.

Confieso que gran parte de mis veredas tienen el nombre de Jaime Sabines, de quien espero jamás curarme. Llegué a sus Cartas a Chepita por un correo electrónico que alguien me envió y que decía: “Esto ya fue escrito por otro, pero son para ti”, y sin dudarlo, así como esos besos largos y profundos de Jaime y Chepita, leí las cartas de principio a fin. En efecto, me enamoré más de Jaime Sabines que de ese joven que mandó el correo.

Pronto llegué a Horal, La señalAdán y EvaYuria, y aún sigo recorriendo las palabras de Jaime-Tigre-Poeta, como lo llamaría Efraín Huerta. Hablando del Gran Cocodrilo de la Ciudad —como se le conoce a Huerta— debo confesar que me gustan todos, me refiero —claro está— a sus poemínimos.

En este mismo instante me gustaría detener la respiración antes de hablar del más clásico y el más mexicano de los poetas: Rubén Bonifaz Nuño, quien logró conjuntar el rigor de los clásicos grecolatinos con la libertad del lenguaje popular. Cuando leí por primera vez Fuego de pobres, supe que él sería un referente en mi vida: Bonifaz llovió sobre mí, me enchubascó, por ello, en 2013, en la Sala Nezahualcóyotl de la unam, lloré como lluvia sin tregua cuando le dimos el último adiós, acompañados por las voces del Dr. Vicente Quirarte, Juan Gelman y Eduardo Lizalde, quienes leyeron poemas suyos.

Hablando del poeta Lizalde, recuerdo que en una entrevista que le hicieron por su libro Nueva memoria del tigre, mencionó que Octavio Paz conformaba la mitad de la literatura mexicana y Alfonso Reyes la otra mitad. Esa entrevista se realizó en 2005 y yo, en 2011, aún no había leído nada de Paz. Ello me avergonzó, pero gracias a esa vergüenza y de querer ser cada vez menos ignorante pude llegar a los poemas de La estación violenta Salamandra, y al ensayo La llama doble, entre otros, todos complejos y profundos, para volver a ellos una y otra vez siempre encontrando nuevos granos de sol.

En mis veredas, Gonzalo Rojas siempre será un cómplice por quien sufrí muchísimo en 2011, cuando este poeta del asombro se fue sin decir adiós, y a quien hoy digo sus mismas palabras: “[…] sabes que estoy contigo / aunque no te vea / ni tome desayuno en tu mesa / ni mi cabeza amanezca en tu pecho / como un niño con frío, / y eso no necesita escribirse”.1

Mis veredas han llegado a Rosario Castellanos, quien logró dar voz a las mujeres y a nuestros pueblos originarios sin caer en el folclorismo. Balún Canán fue para mí escuchar audiblemente la denuncia social de la marginación de los pueblos indígenas. En este año leeré su obra completa: Poesía no eres tú, un camino para andarlo muchas veces y llegar a él con la necesidad del primer encuentro. Me da un tremendo coraje que una lámpara haya terminado con el camino de una poeta, narradora y ensayista que es, fue y será inalcanzable.

Avanzo hacia uno de los grandes que ha realizado formidables aportes a la literatura indígena porque ha sido de una importancia decisiva para que comenzara a gestarse la poesía contemporánea en lenguas indígenas, como mencionaba José Emilio Pacheco, quien señaló que antes decíamos “poesía mexicana” y ahora deberíamos decir “poesía mexicana escrita en español” gracias al trabajo de Carlos Montemayor, quien sostenía que “el náhuatl es un sistema lingüístico tan completo como el alemán; el maya es un sistema tan completo como el francés; el zapoteco lo es también como el italiano, y el purépecha como el griego, o el español y el inglés lo son como el otomí y el mazateco”.2 Por ello he buscado leer a poetas que escriben en sus lenguas originarias, como Kalu Tachisavi, poeta en lengua mixteca —mi lengua materna. También busco leer voces de otros espacios de nuestro país (con sus respectivas traducciones al español), como la del poeta náhuatl Natalio Hernández, la de su maestro el Dr. Miguel León-Portilla, la de Andrés Henestrosa y la del recién fallecido Víctor de la Cruz, ambos zapotecos, entre otras, todas ellas pertenecientes a alguna de las trescientas sesenta y cuatro variantes de lenguas indígenas que tenemos en México.

Voy acercándome a poetas de lenguas originarias de otras partes del mundo, como Vito Apüshana (wayyu de Colombia) y Zolani Mkiva (zulú de Sudáfrica), por dar algunos ejemplos, con quienes descubro que cada lengua no solo es un conjunto de signos sino también una comprensión del mundo dotada de su propio ritmo, musicalidad y palabra.

Puedo decir que desde que llegué a esta nuestra casa, la Fundación para las Letras Mexicanas, han ido surgiendo mundos enteros delante de mí, los cuales comienzo a recorrer mientras agradezco la lluvia que va regando mis tierras que hoy están en tiempos de siembra.

Aún estamos al inicio del camino.  ~

1 Centro de Estudios Miguel Enriquez, 48 poemas de Gonzalo Rojas,  Archivo Chile: Historia político social y Movimiento popular, Chile, 2007.

2 Luis Hernández Navarro, “Carlos Montemayor: ciudadano de la República de las Letras”, La Jornada Semanal, núm. 783, domingo 7 de marzo de 2010. Disponible en http://www.jornada.unam.mx/2010/03/07/sem-luis.html.

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