SOMOS LO QUE DECIMOS: Un escocés en las rocas. Objetos que son topónimos o gentilicios

El título no describe a un británico sentado en un montón de piedras sino una forma de beber whisky. Los sitios nos sirven para nombrar cosas disímbolas que sólo a veces son realmente representativas. Los humanos tenemos prioridades. Por eso son abundantes los topónimos y gentilicios relacionados con la comida, empezando por los platillos: milanesa, gringa, […]

Texto de 22/11/17

El título no describe a un británico sentado en un montón de piedras sino una forma de beber whisky. Los sitios nos sirven para nombrar cosas disímbolas que sólo a veces son realmente representativas. Los humanos tenemos prioridades. Por eso son abundantes los topónimos y gentilicios relacionados con la comida, empezando por los platillos: milanesa, gringa, […]



El título no describe a un británico sentado en un montón de piedras sino una forma de beber whisky. Los sitios nos sirven para nombrar cosas disímbolas que sólo a veces son realmente representativas.

Los humanos tenemos prioridades. Por eso son abundantes los topónimos y gentilicios relacionados con la comida, empezando por los platillos: milanesa, gringa, hamburguesa, tampiqueña. No hay que especificar que parmesano, manchego, oaxaca y chihuahua son quesos, o los búlgaros un yogur, la moreliana una golosina o la campechana un pan dulce. Varios sustantivos identifican al vino (los rioja, burdeos, borgoña) o a los licores: tequila, coñac y champaña son denominaciones de origen; cuba (libre), manhattan, tehuacán. Como pueblo aficionado a lo picante, hablamos de jalapeños y habaneros; en ocasiones hay que especificar: chile poblano, morita o mulato (estos dos últimos, por razones imaginables, son de piel oscura). En el mismo registro, moros con cristianos (frijoles negros revueltos con arroz blanco), que es el acompañamiento más popular en el Caribe, se refiere a creencias pero es otro buen ejemplo de discriminación inserta en la lengua.

En ocasiones es necesario explicitar la localización. Están los emblemáticos: mole poblano/oaxaqueño, café irlandés, salchicha Frankfurt. Otros lo son menos: pescado a la veracruzana, espagueti boloñesa, churrasco argentino (porque también hay brasileño), comida cantonesa, paella valenciana, papas a la francesa (en realidad, guarnición casi cotidiana en Bélgica). Existen por lo menos cuatro fantasiosos, desconocidos en sus “lugares de origen”: enchiladas suizas, torta cubana, agua de jamaica (que, como se sabe, también es una flor), ensalad(ill)a rusa.

El campo semántico de la ropa lo integran las bermudas, la filipina, el panamá, los bostonianos, la valenciana, la cachemira. En España llaman americana a nuestro saco; sus pantalones tejanos aluden a una región, mientras que los nuestros —vaqueros— a una ocupación.

A la música pertenecen polonesa, sevillana, “La Marsellesa”; a las artes plásticas, arabesco y greca; al futbol, las chilenas e inglesitas. A tradiciones varias, las amazonas, el belén, ateneo, jarabe tapatío, baño turco, pasito duranguense, celos sicilianos, china poblana, vals peruano, educación espartana, masaje tailandés, pelota vasca. También están lexicalizados los números arábigos y romanos, el perfil griego, los indios (por el error garrafal de Colón), papel de/tinta china, sobres manila…

Contamos, asimismo, con varias locuciones: “a la mexicana” (que, según la ideología, tiene significado positivo o negativo), “un tehuacanazo” (tortura); “ponerse flamenco” (insolente), “estar (algo) en chino, engañar como a un chino, beber como un cosaco”. A esto último lo acompaña muy bien un habano, que no es más que un aromático puro.

Hay perros chihuahueño, pekinés (¿ahora beijinés?), maltés, gran danés, pastor alemán… y gatos siamés, persa, birmano… Besos los hay francés, griego y el soez “polaco”. En el norte llaman “húngaros” a los gitanos. En Argentina también se simplifica: “es” rusa cualquier persona de apellido eslavo y turcos todos los árabes. Los mexicanos entendemos la críptica oración: “el banco está frente a Liverpool”.

Parecen forzados los gentilicios hidrocálido y regiomontano. Un adjetivo, caribeño(a), se aplica, por ejemplo, a la música; alpino da lugar al sustantivo alpinista aunque éste escale los Pirineos o los Andes. Algunos topónimos y gentilicios conllevan diversos estereotipos: brasileño (carnaval/futbol), parisino/parisiense (malhumorado), alemán (ordenado/autoritario), japonés (trabajador), árabe (terrorista). De gallegos son los chistes donde el gentilismo refuerza la discriminadora idea, que se quiere jocosa, según la cual esos españoles norteños serían tanto estúpidos como ingenuos. Entre nosotros, las víctimas de ese prejuicio son los yucatecos.

México tiene tres significados: es el apelativo más utilizado para el país, para uno de los treinta y dos estados de la Federación y, en el caso de los provincianos, es la denominación de nuestra capital. Eliminado defeños, ¿somos chilangosmexiqueños o mexicas (esto último ignoraría el mestizaje)?

A la inversa, existen topónimos y gentilicios que en el origen fueron cosas: Las Vegas, Cuba, Costa de Marfil, Cabo Verde, León, Aguascalientes, La Paz, Sierra Leona. Otros son descripciones (Reino Unido, Estados Unidos de América, Estados Unidos Mexicanos, nombre oficial —que debería avergonzarnos— de nuestro país, Unión Europea, Emiratos Árabes Unidos). Varios expresan una imagen positiva: Costa Rica, Puerto Rico, Buenos Aires, Buenaventura; otros parecen peyorativos: Cuatro Ciénegas, Atascadero (California), Honduras, Angostura, Agua Prieta, Majadahonda. Los estados norteamericanos de Colorado, Nevada y Florida son adjetivos castellanos. Casablanca es una sinécdoque (una vivienda marroquí simboliza a todas). Otros aluden a accidentes geográficos (Boca del Río, Río de Janeiro, Punta del Este, Sudáfrica, Países Bajos).

Ciertos topónimos retoman el sufijo anglosajón —land: Finlandia, Nueva Zelanda, Islandia, Irlanda—. Algunas naciones han tenido fuertes dosis de ironía involuntaria: a la República Democrática Alemana, República Popular China, República Democrática del Congo, República Popular Democrática de Corea, en efecto, les faltan comillas.

Otros topónimos aluden a temas religiosos (Los Ángeles, Asunción, Santa Cruz, El Salvador…) o son hagiónimos (nombres de santos): Francisco, José, Luis, Antonio, Juan, Domingo, Miguel, Pedro, Diego, Bárbara, Lucía, Elena…

Más que paradójico resulta cómico que un ateo pertinaz se vea obligado   a vivir en Santa Fe.  EP

NOTAS

1. Los moscovitas, por cierto, conocen como montaña americana lo que nosotros llamamos montaña rusa.

2. Ahora es mucho más común hablar de jeans (pronúnciese llins).

3. En Francia los humillados son los belgas, los polacos en Estados Unidos… la descalificación no conoce fronteras.



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