SOMOS LO QUE DECIMOS El coyote cojo. Introducción al albur

En los calambures (juegos de palabras), la homonimia, la polisemia o la paronimia,2 modifican el significado de un término o un enunciado agrupando, por ejemplo, de distinta manera sus sílabas, como en las adivinanzas infantiles (lana sube/lana baja) o en los conocidos versos de Villaurrutia: y mi voz que madura/y mi voz quemadura/y mi bosque madura/y mi […]

Texto de 23/04/17

En los calambures (juegos de palabras), la homonimia, la polisemia o la paronimia,2 modifican el significado de un término o un enunciado agrupando, por ejemplo, de distinta manera sus sílabas, como en las adivinanzas infantiles (lana sube/lana baja) o en los conocidos versos de Villaurrutia: y mi voz que madura/y mi voz quemadura/y mi bosque madura/y mi […]

En los calambures (juegos de palabras), la homonimia, la polisemia o la paronimia,2 modifican el significado de un término o un enunciado agrupando, por ejemplo, de distinta manera sus sílabas, como en las adivinanzas infantiles (lana sube/lana baja) o en los conocidos versos de Villaurrutia: y mi voz que madura/y mi voz quemadura/y mi bosque madura/y mi voz quema dura.3

Se atribuyen a Quevedo varios calambures. Uno, auténtico, que pertenece al poema “Boda de negros” (Ella esclava y él esclavo/que quiere hincársele en medio) nos permite introducir al lector —dicho sea sin segunda intención— a un antecedente de lo que hoy conocemos como albures mexicanos, cuyo carácter es eminentemente sexual, rayano en la pornografía. Menos literario pero igual de pícaro es un parlamento de Cantinflas, cuando en un filme le ofrece otra copa a una señora: “No, porque se me sube”, dice ella; “no me le subo”, promete el cómico. Juegos verbales son también la queja: yo loco, loco y ella loquita y el acertijo: puedes entrar por delante/puedes entrar por detrás;/espera a que esté parado/porque si no, no podrás, que alude, obviamente, al autobús.

En el origen, el albur era una esgrima verbal entre dos —o más— varones. Ellos se asumían al mismo tiempo como “muy machos” y, ¡paradojas mexicanas!, como homosexuales; lo único que estaba en juego era quién penetraba a quién. Salía derrotado el que no podía responder. En nuestros días también participan mujeres.

Una de las reglas tácitas es que en la frase alburera no deben usarse groserías explícitamente. Todo debe ser sugerido. Otra dicta que mientras más coprolálico, más escatológico sea, mejor es el intercambio oral (otra vez sin dobles sentidos).4

Hay dos colores que son básicos: el blanco y el café. El primero, refiriéndose al esperma, toma la forma de leche, crema, jocoque, yogur… El segundo se refiere a lo excrementicio, materializado en chocolate, frijoles o el propio café. Paralelamente, hay cinco clases principales de verbos: de extracción (sacar, pelar, jalar), de introducción (meter, aflojar, medir), de cesión (prestar, dar, pasar, regalar), de unción (mojar, empapar, embarrar) y de opresión (apachurrar, planchar, aplastar). Los órganos aludidos, lógicamente, son el pene (chile,5 pito, camote, pelón, cabezón…) y el ano (hoyo, ojo, chico6…).

Una forma didáctica de ilustrar el albur es con nombres propios —inventados pero posibles— que son juegos de palabras. Esto va de los muy simples, como Paco Gerte, hasta los gramatical y morfológicamente más alambicados: Benito Camelo (ven y tócamelo),7 Santiago Rico, Alma Marcela Silva de Alegría y Tecla Varela Bara. Igual pasa con la mercería “Telas Poncho”.

Con todas estas fichas, se trata de ligar verbos, sustantivos y pronombres cuando la víctima del alburero pronuncie cándidamente en la conversación una palabra, en principio, neutra como ojo (“préstame atención”), café (“como mi saco”), camote (“siéntate y te explico” o “me agarras desprevenido”), blanco (“Ahí viene Zacarías”), frijoles (“ah, flojo el muchacho”), chaqueta (“hazme el favor” o bien “échame una mano”), chocolate (“en barras”), panzón (“te dejo contento”), plátano (“¿me lo pelas?”), huevos (“sóplame una basurita”), no se diga las que el inocente sirve en bandeja de plata, como ¡mierda!, a lo que se responde: “lo que extraigo como conclusión es…”. Salta a la vista que cada albur tiene un contenido y —llamémosle— un desecho; este último carece de significado. Si alguien habla, por ejemplo, de Chile, el alburero replica: “su motivo ha de tener”, donde solo lo marcado en color (verbo sumir, en primera persona del presente) es el contenido, lo demás es residual. El peninsular “me cago en…” es un auto-albur.

“Rocío, desarrugo, almidono y plancho”, se ufana con cinismo el alburero, refiriéndose a las mujeres de cierta edad. Las damas agredidas por un piropo callejero nunca deben reaccionar gritando “¡baboso!”, ya que corren el riesgo de que el insolente les responda, categórico: “me lo dejaste”. Del mismo modo, jamás hay que decirle al empleado de la gasolinera: “llénemelo” ni “mídame el aceite”, porque nos brindaríamos a las réplicas: “con gusto” o “si usted lo ordena”. “Ya se las di”, hablando de llaves, instrucciones o cualquier otro sustantivo en femenino plural, puede dar lugar al chocarrero: “No me las ha dado [se sobreentiende: las nalgas], señor(a), yo me acordaría”. Hay que tener cuidado, pues, con los posibles antecedentes implícitos de los pronombres me/te/le/se y lo/la/los/las.

“No hay pedo”, dice el ordinario entendiendo por ello: problema. “Si lo hay, yo le saco”, le contesta el descarado.

Un duelo de albures suele tener varias intervenciones; he aquí un ejemplo con seis:

A: Quiero unas fresas con crema.

B: Y luego ves por qué te echo.

A: Las nachas al cacho.

B: Tú empinado y yo derecho.

A: En tus tripas me deslecho.

B: Tú sueña, mientras te parcho…

Ahora bien, los albures no son exclusivos de México ni del mundo hispánico. Otras culturas, entre ellas la francesa, también cuentan con calambures sexuales, por ejemplo: Lanza que nunca te has quedado atrás,/ni en el primer ni en el último asalto,/tú y tu punta se yerguen, cual basalto,/siempre listas para el ataque rapaz, divertimento nada menos que de Ronsard, gran poeta del siglo XVI.8

Tal vez el lector todavía no le encuentra el gusto a ver ganar al machismo.  ~

1 La lectura de este texto puede resultar dañina para la moral pública, el nacionalismo y hasta para el propio machismo. Por ello, como se advierte en las series televisivas, se recomienda discreción.

2 Respectivamente, figuras retóricas con palabras que se escriben igual, que tienen varios significados y que cuentan con sonidos semejantes.

3 De “Nocturno en que nada se oye”.

4 Si bien los albures son del dominio público, destaquemos que aquí se reproducen algunos compilados por Armando Jiménez, en su célebre Picardía mexicana, así como por páginas anónimas en la red.

5 Como en “chile en papas”.

6 Por ejemplo: “el chico temido del barrio”.

7 Es decir: verbo (ven) + conjunción (y) + verbo (toca) + complemento de objeto indirecto (me) + complemento de objeto directo (lo).

8 Traducción del columnista.

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