Escritos de frontera: Salarios, inversión directa, competitividad y Estado de derecho

I. En México enfrentamos un problema relacionado no solo con el salario mínimo (que literalmente es mínimo), sino con los salarios en general, entendiendo por salario la remuneración propia del trabajador. El salario en general es bajo, y en muchos casos muy bajo, lo que lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo subirlo? Para dar respuesta a esto primero […]

Texto de 22/01/16

I. En México enfrentamos un problema relacionado no solo con el salario mínimo (que literalmente es mínimo), sino con los salarios en general, entendiendo por salario la remuneración propia del trabajador. El salario en general es bajo, y en muchos casos muy bajo, lo que lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo subirlo? Para dar respuesta a esto primero […]

I.

En México enfrentamos un problema relacionado no solo con el salario mínimo (que literalmente es mínimo), sino con los salarios en general, entendiendo por salario la remuneración propia del trabajador.

El salario en general es bajo, y en muchos casos muy bajo, lo que lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo subirlo? Para dar respuesta a esto primero hay que responder otra pregunta: ¿qué determina el salario que se le paga a un trabajador? De entrada, hay tres posibilidades: sus necesidades, su productividad y la relación oferta–demanda de ese tipo de trabajo en el mercado laboral. Analicemos cada una.

II.

Leemos en el artículo 123 constitucional que el salario mínimo deberá ser suficiente para que el jefe de familia y los integrantes de la misma satisfagan correctamente sus necesidades en los siguientes órdenes: material, social y cultural. Según dicho artículo, al trabajador se le debe remunerar según sus necesidades, lo cual simple y sencillamente no es posible. Si lo fuera, ya se habría acabado con la pobreza. En tal caso, la primera pregunta que el empleador le haría al trabajador sería: ¿cuánto necesita usted ganar para satisfacer correctamente sus necesidades en los órdenes material, social y cultural?

Desafortunadamente, el salario (y cualquier otra remuneración) no puede fijarse en función de las necesidades del trabajador. Entonces, ¿en función de qué se fija? La posible respuesta es: en función de la productividad del trabajador, es decir, en función de su capacidad para producir —o participar en la producción— de bienes y servicios, por los cuales los consumidores estén dispuestos a pagar un precio que alcance para cubrir los costos de producción e incluya la ganancia normal del empresario.

Es lo justo: que al trabajador se le pague no según sus necesidades, sino según su productividad. Es lo justo, pero ¿es posible siempre y en todos los casos? Los economistas nos llenamos la boca diciendo que, para que suba el salario del trabajador debe aumentar la productividad del trabajo, lo cual es cierto, pero a manera de condición necesaria, no suficiente. De entrada, ningún patrón puede pagar a sus trabajadores de manera general y sostenida un salario por arriba de su productividad, es decir, no puede pagarles más de lo que producen, pero sí puede pagarles un salario por debajo de su productividad, y ello por una razón muy sencilla: a final de cuentas, no es la productividad del trabajo la que determina el salario del trabajador.

En primer lugar, hay que considerar que en muchos casos no resulta fácil medir ni la productividad ni el aumento en la productividad del trabajo (por ejemplo, en el caso de un profesor se puede medir su producción pero no su productividad). En segundo término, hay que tener presente que, aun suponiendo que se puedan medir la productividad y sus aumentos, no basta con ello para que el salario suba: entre el aumento en la productividad del trabajo y el aumento en el salario está la decisión del patrón, que puede darse o no. Todo dependerá del tipo de relación entre la oferta y la demanda de esa clase de trabajo; esta relación es la variable que realmente determina el salario.

Supongamos, para empezar, que la oferta de trabajo de parte de los trabajadores es mayor que la demanda de trabajo de parte de las empresas. Esta relación entre oferta y demanda, ¿qué presión ejercerá sobre el salario, que no es otra cosa más que el precio del trabajo? A la baja: dado que no hay puestos de trabajo para todos, los pocos que hay serán obtenidos por quienes estén dispuestos a trabajar por un salario menor.

Supongamos, para continuar, que la demanda de trabajo de parte de las empresas es mayor que la oferta de trabajo de parte de los trabajadores. Esta relación entre demanda y oferta, ¿qué presión ejercerá sobre el precio del trabajo, que no es otra cosa más que el salario? Al alza: dado que hay más puestos de trabajo que trabajadores dispuestos a ocuparlos, lograrán captar a esos trabajadores los patrones dispuestos a pagar un mayor salario.

III.

A final de cuentas, al margen de las necesidades y la productividad del trabajador, lo que determina el salario (como de hecho sucede con cualquier otro precio) es la relación entre la oferta y la demanda, y el reto es que esa relación sea la que dé como resultado mayores salarios: que la demanda de trabajo de parte de las empresas sea mayor que la oferta de trabajo de parte de los trabajadores.

¿Qué se requiere para lograr esa relación entre oferta y demanda en el mercado laboral? Que se invierta directamente cada vez más. La inversión directa es la que abre empresas, produce bienes y servicios, crea empleos y permite, a quienes obtienen esos empleos, generar ingresos. Un buen indicador de la inversión directa es la inversión fija bruta, que es la que se realiza en instalaciones, maquinaria y equipo, proporcionando la infraestructura física para llevar a cabo los procesos de producción. ¿Cómo andamos en México en materia de dicha inversión?

Al margen de las necesidades y la productividad del trabajador, lo que determina el salario (como de hecho sucede con cualquier otro precio) es la relación entre la oferta y la demanda, y el reto es que esa relación sea la que dé como resultado mayores salarios

Durante los sexenios de López Mateos y Díaz Ordaz (1958-1970), la inversión fija bruta creció, en promedio anual, 8%. En las administraciones de Echeverría (1970-1976) y López Portillo (1976-1982) creció, respectivamente, 6.7 y 6.4%. A lo largo del Gobierno de De la Madrid (1982-1988) la inversión fija bruta decreció, en promedio anual, 4.4%. Durante los sexenios de Salinas de Gortari (1988-1994) y Zedillo (1994-2000) dicha inversión creció 7.2 y 4.4%. En las dos presidencias panistas, la de Fox (2000-2006) y la de Calderón (2006-2012), avanzó, respectivamente, solo 3.6 y 2.4%. Hasta el segundo trimestre de este año, ya en el sexenio de Peña Nieto, la inversión fija bruta registra un crecimiento promedio anual del 1.5 por ciento.

Si no hay más inversión directa no habrá mayor demanda de trabajo de parte de las empresas, y si la demanda de trabajo de parte de las empresas no es mayor que la oferta de parte de los trabajadores, no aumentarán los salarios. ¿Qué se necesita para que en México se invierta directamente más? Que la economía mexicana sea más segura y confiable, más atractiva, más competitiva —definida la competitividad como la capacidad del país para atraer, retener y multiplicar inversiones directas. ¿Cómo andamos en México en materia de competitividad?

Para responder, remito al Índice de Competitividad Internacional 2015, del Instituto Mexicano para la Competitividad, cuyas principales conclusiones cito textualmente:

1. México avanzó una posición, del lugar 37 al 36 de 43 países con las economías más importantes y avanzadas del mundo. Sin embargo, persisten importantes rezagos, sobre todo en Estado de derecho (lugar 40), Sectores precursores de clase mundial (38) y Sociedad incluyente, preparada y sana (37).

2. Las mejores posiciones de México fueron en los subíndices de Economía (lugar 26), Gobierno eficiente y eficaz (27) y Mercado de factores eficientes (27).

3. El país se encuentra en el lugar 40 de 43 en Sistema de derecho confiable y objetivo, solo por arriba de Colombia, Nigeria y Guatemala.

4. La consolidación del Estado de derecho y el combate a la corrupción son dos misiones fundamentales para la competitividad de México.

En materia de Estado de derecho, que yo defino como el Gobierno de las leyes justas, ¿cómo andamos en México? Según el Índice de Estado de Derecho 2015, del World Justice Project, México ocupa en la materia, y entre 102 países considerados, la posición 79, con una calificación de 4.7 (en una escala del 0 al 10).

IV.

La secuencia es esta: mayor competitividad del país (que comienza por crear un verdadero Estado de derecho y un Gobierno honesto y eficaz de leyes justas) igual a más inversiones directas, a mayor demanda de trabajo de parte de las empresas, a aumentos salariales, a mayor bienestar de los trabajadores. ¿De qué depende, por principio de cuentas, esto último? De lo primero, del Estado de derecho, el gran ausente de la vida nacional.

En este, como en muchos otros casos, hay que ir más allá de las fronteras.

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Arturo Damm Arnal es economista, filósofo y profesor de Economía y Teoría Económica del Derecho en la Universidad Panamericana.

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