Dejando huella a través de la educación

En 1990 ingresé a la telesecundaria El Peñón, en Morelos, una escuela rural diferente porque valoraba a los alumnos como estudiantes y como personas. Dejé de ser el número 22 de la lista, o “Hernández”, para ser llamado “Pepe”. En esta telesecundaria logré entender la importancia de desarrollar virtudes a través de los hábitos. Tres […]

Texto de 24/08/16

En 1990 ingresé a la telesecundaria El Peñón, en Morelos, una escuela rural diferente porque valoraba a los alumnos como estudiantes y como personas. Dejé de ser el número 22 de la lista, o “Hernández”, para ser llamado “Pepe”. En esta telesecundaria logré entender la importancia de desarrollar virtudes a través de los hábitos. Tres […]

En 1990 ingresé a la telesecundaria El Peñón, en Morelos, una escuela rural diferente porque valoraba a los alumnos como estudiantes y como personas. Dejé de ser el número 22 de la lista, o “Hernández”, para ser llamado “Pepe”. En esta telesecundaria logré entender la importancia de desarrollar virtudes a través de los hábitos.

Tres años después ingresé al bachillerato en esta misma institución. En un principio me cuestioné si era la mejor opción, pues la distancia entre mi casa y la escuela era larga, y los gastos como transporte y desayunos, entre otros, repercutían en el presupuesto de la familia. Pero continué y el bachillerato me ayudó a ser persistente y a forjar mi carácter. Esto en adición a la dura lección que me dieron mis padres haciéndome trabajar 10 horas en el campo como jornalero.

Culminado el bachillerato, estudié medicina veterinaria en Torreón, a más de mil kilómetros de distancia, dadas las necesidades que juzgaba tenía mi región. Era la primera vez que salía de mi pueblo, pero el hambre por cambiar mi destino era mayor que mis miedos.

La oportunidad o la suerte llegan sin avisar, y en 2003 me invitaron a trabajar en El Peñón, la escuela que me vio crecer. El trabajo consistía en ser responsable de una granja de avestruces. Posteriormente, colaboré en el área de comunicación institucional y por primera vez entendí lo que era tener un sueldo. Eventualmente, tuve la oportunidad de impartir clases en bachillerato.

Desde 2013, me desempeño como director general de El Peñón. Esto representa una enorme oportunidad para seguir creciendo, una labor profesional apasionante y, sobre todo, gratificante, al ver los logros que los alumnos alcanzan.

Hoy intentamos transformar la forma de pensar y las expectativas de los alumnos y los padres de familia. La institución, ubicada en la región oriente de Morelos —la zona más pobre del estado—, vivió de cerca la lucha agraria que dejó como resultado una tierra fragmentada de cultivos de temporal en la que se podía respirar desilusión y desesperanza por las escasas oportunidades para salir adelante en un mundo competitivo.

Actualmente los alumnos provienen de 12 municipios del estado y dos municipios de Puebla, por lo que, en total, El Peñón ejerce su influencia educativa sobre los 600 mil habitantes de estos 14 municipios. La principal actividad laboral de los padres de los estudiantes es el campo. La familia promedio está conformada por 4.6 integrantes con ingresos de 2 mil 300 pesos mensuales per cápita.

A pesar de las dificultades, la institución ha crecido. Los logros académicos se están cosechando. Por sexto año consecutivo se obtuvo el primer lugar a nivel estatal en la prueba Planea, así como en habilidad matemática, con un promedio de mil 161 en la prueba exani-i del Ceneval. Trabajar aquí es sinónimo de transformar la vida de cientos de jóvenes cada año.

El empeño que ponemos en generar muchachos talentosos para que las familias y la región prosperen es nuestro motor diario. Desde hace cinvco años todos los alumnos que egresan del bachillerato entran a alguna universidad, un logro sin precedentes para una escuela ubicada en un entorno rural sin muchas oportunidades.

Además, la escuela, junto con personas, organizaciones y empresas que buscan ayudar, ha creado el programa Universitarios Peñón-Montefalco (www.elpenon.org.mx), que consiste en apoyar a los egresados de estos colegios —Montefalco es la escuela para niñas, hermana de El Peñón, ubicada en la misma zona— con el pago de colegiatura y una beca de manutención durante sus estudios universitarios. Esta iniciativa apuesta a un futuro donde los exalumnos tengan una mayor preparación, regresen a sus comunidades como ciudadanos responsables e incidan positivamente en la calidad de vida de sus familias y del entorno.

Este es un proyecto a largo plazo, pero tangible todos los días. Se necesita vivir de la mano de estos jóvenes para entender qué tan gratificante es verlos crecer. La señora Victoria Guzmán y sus cinco hijos supieron aprovechar la educación que El Peñón les brindó. Yo, Pepe Hernández, soy uno de esos cinco hijos. Mis padres —con la primaria inconclusa y originarios de un pueblo de 2 mil 500 habitantes— tenían la clara visión de que la historia debía cambiar para todos sus hijos. No había que seguir los pasos de todos en el pueblo: trabajar muchas horas bajo los rayos del sol, amén de tener los mismos vicios acentuados del pueblo, como alcoholismo y violencia intrafamiliar, entre otros.

Se puede pensar que la responsabilidad de ofrecer una educación de calidad para México es del Gobierno, que es su obligación. Pero eso no es suficiente. La pregunta que planteo aquí es ¿qué estamos haciendo para ayudar a seguir mejorando nuestro país?

Invito a participar en la educación de los jóvenes del oriente de Morelos a través de las instituciones de El Peñón y Montefalco, para que puedan mejorar su calidad de vida y la de sus familias. Dejemos huella como ciudadanos responsables en este México al que todos queremos.

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JOSÉ HERNÁNDEZ GUZMÁN es director general de la Fundación El Peñón.

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