Becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas: Pez demonio

1 Una tabla de arcilla (circa 250 y 300 a. C.) narra la interacción entre hombre y pez demonio más antigua de la que se tiene registro. Un grupo de pescadores bengalíes, con los anzuelos limpios, volvía al Puerto de Kolikata cuando uno de los hombres en cubierta alertó sobre un resplandor intermitente bajo el […]

Texto de 22/03/19

1 Una tabla de arcilla (circa 250 y 300 a. C.) narra la interacción entre hombre y pez demonio más antigua de la que se tiene registro. Un grupo de pescadores bengalíes, con los anzuelos limpios, volvía al Puerto de Kolikata cuando uno de los hombres en cubierta alertó sobre un resplandor intermitente bajo el […]

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Una tabla de arcilla (circa 250 y 300 a. C.) narra la interacción entre hombre y pez demonio más antigua de la que se tiene registro.

Un grupo de pescadores bengalíes, con los anzuelos limpios, volvía al Puerto de Kolikata cuando uno de los hombres en cubierta alertó sobre un resplandor intermitente bajo el océano. Pasado un rato, emergió el cadáver de un pez que ninguno de ellos pudo clasificar, negro como las antiguas naves de guerra. Con la intención de venderlo, lo recogieron y colocaron en una vasija con agua de mar.

Bajaron al pez de la embarcación y, para exhibirlo, le atravesaron un gancho en la superficie de las branquias. Los mercaderes y transeúntes miraban asombrados al animal cornudo, pero nadie estaba dispuesto a entrar en el aura tibia que emanaba del espécimen.

Terminó el día de mercado sin que ningún usurero o rico excéntrico se interesara por el pez demonio. Tal vez, pensó el líder del grupo, tendrían mejor suerte con un espécimen vivo, en especial si conservaba su luz. Reunió a sus hombres y acordaron zarpar en la madrugada. Por la noche, el cadáver del pez demonio alimentó a dos de las familias de los pescadores y a sus gatos. Salieron a la hora pactada, pero no hay registro de su regreso.

En otra tabla, encontrada incompleta, se narra una búsqueda y un ataque de naturaleza mágica que mermó la población de la bahía. También contiene un decreto del Consejo de ancianos: “El portal hacia el Reino de los Narakas está abierto y la humanidad como la conocemos ha llegado a su fin”.

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Maria Salomea Skłodowska tenía dieciséis años cuando su padre estrelló contra la nuca del médico psiquiatra la pecera con las carpas doradas.

Recuerdos en orden cronológico:

Las carpas aleteando sobre los cristales rotos. La huida del hospital. Su padre mintiendo acerca de la sangre en sus zapatos. Un billete de autobús al golfo de Gdansk. Dos cartas para sus parientes. El ejido que no reconocía pero que por precisión geográfica (Maria Salomea estaba convencida de la exactitud de los mapas que compró antes de salir de Varsovia) tenía que ser la propiedad de su padre. La habitación en planta baja de la casa de granja. La sopa de cabeza de merluza que le arruinó el apetito.

Fragmentos de conversaciones:

—No puede compararse a la fuerza de mi padre.

—Tu padre dejó de luchar hace veinte años. Está fuera de forma.

—¿Por qué los niños pequeños se mueven juntos como los lobos?

—Aquí no hay lobos. Los cazamos hasta exterminarlos.

Lo demás son cosas sueltas:

Las manos hundidas en el sazonador de la carne. La arena entre los pies mientras leía el manual de funcionamiento del nuevo tractor de orugas. El martilleo de un hueso de durazno dentro de su boca. Los metros de costa que le correspondían. Personas gritando su nombre. Un sueño donde descubrió que su madre hablaba sola todo el tiempo y no con el anciano Kotik de orejas puntiagudas, como creyó durante años.

La primera vez que Maria Salomea se encontró con el pez, iba o venía del ejido hacia o desde el pueblo al que tenía prohibido acercarse. Órdenes de su padre.

Un resplandor púrpura sobre el Báltico en un día sin marea. Los cuernos que la hicieron pensar en bisontes, aunque la única vez que había visto uno, vomitó por el asco que le causó el cuerpo desmembrado sobre el camino de terracería. El pez completo que le recordó a la superficie de la luna.

Durante la noche, Maria Salomea pensó en lo que el pez le había dicho. Lo que le había dicho sin decirle nada. Pensar que el pez era capaz de decir algo sería exagerado. No conocía el lenguaje; de eso estaba segura. Sabía lo que era tener el lenguaje reordenado con base en parámetros absurdos dentro de la cabeza. En una ocasión olvidó el lenguaje por completo. Y la inyectaron. Y la electrocutaron. Pero cuanto más lo pensaba, más le parecía obvio que con el pez se había entendido. Que le había dicho (insinuado, fue la palabra que al final eligió) que volviera al día siguiente y nadara desnuda junto a él. Pensó que lo haría, a una distancia prudente. Podía atacarla, y eso le daba miedo. Estos animales muerden por instinto, decía su padre cada vez que veían las pirañas en el acuario de Varsovia.

Una mañana se dio cuenta de que habían transcurrido dos años. Su padre se lo hizo saber en una carta.

Enfureció y pensó en contarle que había copulado con un pez. Que volvería a Varsovia y se matricularía en la primera universidad que aceptara su solicitud de ingreso. Pero sólo escribió sus saludos y luego corrió hacia la costa.

Se quitó la ropa. Se sumergió. Se acercó al pez hasta donde el calor era soportable. Recibió el impacto de una secreción negra y espesa. El orgasmo fue de una potencia inusitada. Entonces se olvidó de su padre y las lecciones del pez continuaron.

La lección sobre la mística de los hilos que unen las partículas en el polvo. Sobre la mística de los planetas similares a la Tierra. La mística de los minerales.

Pronto llegó otra carta de su padre. No estaba dirigida a Maria Salomea, pero uno de sus parientes la leyó en voz alta para que ella pudiera entender que se marchaba.

Asuntos de su padre.

Agitada, llegó a la costa. El pez ya no estaba y en el paisaje no había nada en que valiera la pena fijar los ojos.

Bajo el agua, ahora helada, sólo hubo silencio.

En la superficie la buscaban a gritos.

3

Dr. Hiroto, Instituto de Investigaciones de Neurobiología Orientada al Diseño. Conferencia magistral:

Dedico los resultados de nuestra investigación a la memoria de los cientos de neurobiólogos que, a lo largo de las últimas décadas, pasaron su vida refinando el conocimiento que tenemos acerca de las funciones mentales del piscis diabolus.

a) El piscis diabolus es un dispositivo generador de ideas.

b) Su cráneo contiene el órgano telequinético OT, único en la naturaleza, responsable de escanear el horizonte vivencial de otro ser vivo y emitir imágenes y pensamientos hacia éste.

c) El pez no tiene autonomía del OT del mismo modo en que las personas no la tenemos de los latidos de nuestro corazón.

d) El OT genera ideas a partir de los datos del horizonte vivencial. Estas ideas tienen una precisión escalofriante respecto a aquello que el objetivo, a un nivel subconsciente, desea ver, escuchar o saber, siempre y cuando dichas variables puedan resolverse a partir de la información recopilada: todo ser vivo guarda dentro de sí al menos un acertijo que podría plantearse y resolver aunque se encontrara desnudo en una habitación vacía.

Con base en estas conclusiones, convocamos a agencias y corporativos hasta que elegimos a Yandex para colaborar en una de sus campañas publicitarias. El objetivo era desarrollar una nueva marca de papel de baño que sería lanzada en el mercado de Europa Oriental. Reclutamos una muestra heterogénea de la población de Moscú y colocamos a los individuos en una habitación junto a un contenedor de piscis diabolus. Les pedimos imaginar un rollo de papel de baño y describirlo a detalle, ponderando pros, contras, estética, precio y funcionalidad. El resultado fue unánime; y la campaña, un éxito.

Luego de difundir en Nature los resultados del experimento, otras transnacionales se acercaron al instituto, pero, como sabemos todos, el gobierno mexicano restringió el uso de piscis diabolus con el fin de unificar la ideología de los individuos a favor de la iniciativa privada y el libre mercado.

Así, la investigación abandonó la sociología y derivó cada vez más en los estudios psicológicos. Concluimos que, con la guía adecuada, el piscis diabolus puede inducir un trance profundo con el cual un psicólogo entrenado podría “operar” mediante el uso de símbolos, escenarios y laberintos, psicopatologías tales como fobias, bloqueos, regresiones, desdoblamientos, etcétera.

De la fase de experimentación con humanos surgió un caso sobre el que quiero comentar antes de iniciar la puja:

Un hombre en sus veintes llegó a mi laboratorio con un caso de TOC (Trastorno Obsesivo-Compulsivo). Los objetos que desataban su compulsión eran los que componían la parafernalia clásica de un deporte llamado béisbol que se jugó en algunos países hasta finales del siglo XXI.

Cuando era niño, el hombre robó la caja de herramientas de su padre, un excavador profesional, e hizo un agujero en el casco de aluminio de su patio trasero. Encontró una esfera que después descubriría que se llamaba pelota. Días después cavó en el patio trasero de la casa de uno de sus amigos y encontró una esfera idéntica. Luego lo hizo en el primer nivel de la plaza de su distrito y encontró una gorra de pelotero. A partir de ese día se dedicó a cavar en cualquier sitio que le pareciera conveniente. A veces tenía suerte y a veces no, pero no quería detenerse hasta encontrar un bate con el cual golpear las esferas. Con el pasó de los meses su obsesión se acrecentó hasta que, mientras buscaban cascos de aluminio en las afueras del distrito, cavó en la espalda de uno de sus hermanos.

La corte decidió no congelarlo como dictaba su sentencia; en cambio, lo enviaron al instituto como sujeto de pruebas.

Esta pequeña historia sólo fue real para el paciente. El trance duró menos de cinco horas, pero para él habían transcurrido dos años. Cuando despertó, su trastorno había desaparecido. El paciente quería curarse y, con mi ayuda y la del piscis diabolus, construyó, deconstruyó y subvirtió los símbolos necesarios para tal propósito.

Y es gracias a este caso de éxito que hoy tengo la autorización y el gusto de iniciar la puja por uno de nuestros piscis diabolus para el instituto, laboratorio o psicólogo particular que desee experimentar con el tratamiento.

Lo considero un animal invaluable; iniciamos con diez millones de pesos.

¡Veinte millones!

¿Escucho veinticinco?

¡Treinta!

¡Quiero escuchar cuarenta!

¡Vendido por cuarenta y cinco al representante de la Universidad de Calcuta! EP

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