BECARIOS DE LA FUNDACIÓN PARA LAS LETRAS MEXICANAS: Detalles incorregibles

Texto de Pablo Robles, becario de la Fundación para las Letras Mexicanas

Texto de 24/03/20

Texto de Pablo Robles, becario de la Fundación para las Letras Mexicanas

Vida pública

El mar tiene sal y es vanidoso. Mi nieto no sabe jugar ajedrez, es un vago que pide limosna por PayPal y vende fotos enmarcadas de Juan Pablo ii afuera de la iglesia. Yo lo dejo dormir con el pájaro en el balcón de mi casa. Aquí en México hacemos maravillas por la familia. Estoy seguro de que hay más pájaros en internet que en el mundo (mi balcón incluido). Bastaría con ganar una beca y hacer un estudio para comprobarlo, pero entonces, ¿dónde quedaría el misterio? Oscurecido por algunos datos más o menos ciertos que no darían pie a las observaciones más interesantes, por ejemplo, que el otro día el señor de la tienda salvó mi vida con una frase (ignoro si premeditada): “Yo nunca sueño nada, es más, creo que nunca he dormido más de cincuenta minutos”. 

Mi gente bonita 

Siempre hay nuevas formas de saludar a la cámara, de ser amable, de ganarse a la gente. Lo aprendí del pájaro del ala lastimada, el que es campeón en cien metros planos. Las olimpiadas de los animales llegaron a mi vida en el momento justo. ¿Cómo llega a ser justo algo que se olvida?, me dice la voz que hoy ignoro. Arrobo a todos mis amigos en un video sobre alpinistas suizos que viajan por el mundo preocupando a sus madres y conquistando piedras gigantes y resbaladizas. Cuántas maneras de sentirse vivo, cuántos videos quedan por verse, cuántos han sido censurados por una adivina alemana hace doscientos años, que no predijo nada y murió de hipotermia, dicen, el día en que la luna nos guiñó un ojo. Y todos los objetos de Jaime se sonrojaron y a todos les rompió el corazón. Dejaron de trabajar, acumularon una deuda enorme que se terminará de pagar en octubre de algún año mejor que éste. Entonces las moscas se empezarán a interesar en nosotros, y no habrá manera de saber si nos siguen por curiosidad o conveniencia. Será una pequeña derrota para la condición humana, o lo que sea que signifique aquella luz intermitente que no se rinde en medio de tantas imágenes, y que de alguna manera nos guía aunque no estemos perdidos ni nada por el estilo. Nosotras las hormigas tenemos un sentido espacial prodigioso, sería una lástima desaprovecharlo. Todo esto para decir que hay otros mundos, pero quizá no estén tan dispuestos a conocernos como nosotros a ellos. Y eso dice más del universo que de nosotros, accidentes de la soledad, influencers de lo pequeño, palabras que no saben llegar al otro lado. ¿Y cómo cruzar esa línea imaginaria? De verdad lo ignoro. Yo sólo miro el teleprompter y leo lo que dictan desde arriba los dueños de Televisa. Por cierto, les mando un saludo, pues sin ellos nada de esto fuera posible. Aunque la cortesía sea deshonesta, pues en realidad lo mismo fuera posible sin ellos que con ellos (lo siento). Por ahora omitiremos esta verdad y dejaremos que la gratitud brille en nosotros mientras pueda, antes de que anochezca y tengamos que suspender el hilo de ideas (que lleva todo el día enredándose de manera espléndida) para dar paso al otro mundo del que hablaba un poco antes. El sueño, como también le dicen en algunos países, es una mosca que inevitablemente vuelve, como sólo las moscas pueden volver: dando vueltas en las vueltas, sin un rumbo fijo ni otra meta que la de verlo todo en cámara lenta, caleidoscópicamente. Y nosotros dejamos que regrese, sobre todo porque no nos queda de otra más que repetir los ciclos, por extraños que parezcan, y por mucho que hayamos visto tutoriales para desaprender cosas y volver a cierto estado primitivo en el que las primeras impresiones lo son todo y donde está permitido jugar con otras reglas, parecidas a las de un Jumanji sin tablero. Allí se vuela a ras del suelo, obligando a las hormigas a mirar hacia arriba, a encontrarle forma de hormiga a sus nubes. 

Zinedine Zidane 

Zinedine Zidane es un héroe, pienso, y los misterios más importantes siguen sin ser los más importantes y los poetas siguen amarrándose las agujetas al revés y raramente comen. No se puede explicar cómo es que en medio de una crisis todavía nacen poetas, de los que van a lecturas de poesía y se vuelven poetas, de los poetas que leen en voz alta y salen de su casa, demostrando que la timidez y el orgullo son una mancuerna histórica, olímpica en el carácter humano, y más en ellos, los poetas. Eso es lo que yo llamo “El misterio del poeta”. 

Cuando quiero distraerme y no pensar en “El misterio del poeta” y todo eso, veo futbol. Creo que cualquier persona que se llame Zinedine Zidane está destinada a la grandeza. Como cuando Fabián Casas (según mi tío Jehová) agarró por primera vez un libro de Beckett y dijo de él después de ver su foto en la portada: “Este tipo sí sabe escribir”. 

No leído 

Ayer vi a un hombrecillo extraño muerto de la risa. —¿De qué te ríes? —le pregunté. Pero no me entendió. O eso pensé después de que se fuera volando, muy serio, sin decir nada. 

Hoy cuando abrí el Gmail tenía un correo nuevo que decía “urgente”, y cuando lo abrí venía este poema. 

Detalles incorregibles 

¿Y cuántas bicicletas habrá en el mundo?, te pregunté, pero no me supiste decir nada. Luego sí, que seguro eran menos que humanos, pero ya no estabas tan segura porque habías visto un documental en YouTube que complejizaba la paradoja. Era de noche y yo apenas con una manzana en el estómago. Mi cuerpo lo sabía y me lo recriminaba, por esa época todo el mundo me recriminaba cosas. Ahora el mundo es diferente y soy yo el primero en censurarlo, a veces injustamente. Ambos tenemos detalles incorregibles, trampas azules que parecen hipervínculos, monedas de cambio inservibles con las que de cualquier manera pagamos el precio de las ilusiones; el bótox de Gaga, los aguacates genéticamente modificados, boletos para el cine, novelas de cien páginas que nos devuelven la satisfacción de terminar un libro en una sentada. Y tu silencio fija su postura frente al tiempo. Y tú lo dejas, como si hubieras olvidado la pregunta, porque eres joven y seguro tienes mejores cosas que hacer, o no tienes nada que hacer y por eso no contestas, por vergüenza o aburrimiento, tal vez porque prefieres escuchar a la gente en vez de aturdirla con tu mundo, que no cambia, sólo gira. Y cambias de tema. Te gusta cómo mueren las conversaciones. Y yo te sigo la corriente, siempre te sigo la corriente. Me gusta pensar que vamos arriba de algo que flota y nos mantiene en movimiento constante, que no puede detenerse, que debe llegar hasta la Antártida, junto a los pingüinos nihilistas que buscan la montaña como nosotros el amor, sin ninguna pretensión ni fe, relativamente solos. 

Para el señor de la compañía de luz 

No creo en el mundo porque no puedo verlo en su totalidad, pero creo en la luz porque se cuela por todos lados y no tiene forma. Ya sé que esto no tiene nada que ver, pero quise comunicárselo de cualquier manera, le digo al señor de la compañía de luz, la que no es gratis y debo pagar porque hoy es el último día. El señor me dice que a su esposa la operaron mal y ahora se parece a Mickey Rourke, y a mí lo único que se me ocurre responder es “qué buena esa peli, ésa del luchador”. Camino a casa avergonzado, como si hubiera reprobado un examen importante. 

Juguetes de por vida 

No sé hacer otra cosa más que lo que hago. Y lo que hago es todo para mí, aunque es imposible comunicarle esto satisfactoriamente a la realidad para que ésta se acomode a mí y no yo a ella. Por eso tenemos problemas, etcétera. También es por eso que mando este correo a la fábrica de Santa Claus, con la esperanza de que alguien importante lea lo que escribo, aunque sea un duende que nunca haya ido a la escuela ni haya tenido el tiempo suficiente para adquirir el hábito o la curiosidad por las palabras. 

La ciudad 

La ciudad también es mi aldea y el río que corre por mi aldea. Es la luz y los colores al mismo tiempo, es el lugar donde viven todas mis hormigas y sus 
hijos, los hijos hormiga, todos amontonados en esta ciudad, que es también el filósofo barbón que lo predijo todo, el que nunca se callaba, hasta que murió, como muere la gente, rodeado de objetos, los testigos menos imparciales del mundo. Quiero hablar de esos objetos y de su papel en el mundo. A mi abuelo lo vio morir una alcancía de plata que no tenía rendija ni hueco y que era más bien un recordatorio de que el dinero hay que gastarlo de la manera más inmediata y sencilla posible. A mi abuela la vio morir una caja de aspirinas que estaba sobre el mismo buró que la alcancía de plata. Estaba sin abrir porque la cabeza había dejado de ser un problema desde hacía tiempo. De hecho, esa caja de aspirinas sigue sin ser abierta porque la tiraron a la basura (como todo lo que había en el cuarto de mis abuelos) pensando que las pastillas estaban viejas o caducadas. Y todo lo viejo y caducado cae en el relleno sanitario, aunque en este caso las pastillas no estuvieran ni viejas ni caducadas. Un testigo inocente que termina siendo víctima de un sistema arbitrario. O por lo menos eso le pareció en un principio a la caja de aspirinas. Ser un objeto nuevo y verse enterrado en esta ciudad, que también es mi aldea y el coyote que vive arriba del único cerro, y tal vez un pavorreal (no estoy seguro), o definitivamente algo que brilla y fue hecho para ser admirado, estudiado con fe y ciencia. EP

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