Seis mexicanas viviendo en China en los tiempos del coronavirus

El escritor Ricardo Guerra de la Peña entrevistó a seis mujeres mexicanas que viven en China para conocer sus preocupaciones personales acerca de la propagación del coronavirus y su situación mientras esperan la ayuda del gobierno de México.

Texto de 06/02/20

El escritor Ricardo Guerra de la Peña entrevistó a seis mujeres mexicanas que viven en China para conocer sus preocupaciones personales acerca de la propagación del coronavirus y su situación mientras esperan la ayuda del gobierno de México.

Vi a Sofía por última vez hace tres años, poco antes de que cumpliera 29 y se mudara a China, donde continúa estudiando chino mandarín. Desde que escuché las primeras noticias acerca del coronavirus estuve atento a las historias que subía en Instagram. El 22 de enero compartió uno de los primeros mapas que mostraban el número de contagios de la zona más afectada. Le pregunté qué tan cerca estaba de la provincia de Wuhan, donde se originó la epidemia, y me contestó que se encontraba viviendo en la ciudad de Hefei, a dos horas de tren de Wuhan. A pesar de la cercanía con el epicentro de la epidemia , Hefei es una de las ciudades donde el virus se encuentra más controlado… hasta el momento. Le dije que se mantuviera lejos de los hospitales y me tranquilizó diciéndome: “Yo de mi burbuja no salgo”. Más adelante supe que solamente abandona su departamento cuando se le termina la comida y necesita ir al súper en el que, antes de entrar, le toman la temperatura y hay un letrero que indica que está prohibido ingresar sin cubrebocas.

Volví a escribirle el 30 de enero, después de leer en Twitter que la Organización Mundial de la Salud había declarado el nuevo brote de coronavirus como emergencia de salud pública de importancia internacional. Le pregunté si pensaba regresar a México. Me dijo que los vuelos habían sido cancelados y que si regresaba lo más probable es que sería puesta en cuarentena. Fue entonces cuando me ofrecí a entrevistarla para conocer de primera mano cómo era vivir en medio de la epidemia. Quería entender la crisis más allá del número de contagiados y muertos que inundaba las redes sociales, quería entender el lado humano.

Sofía accedió a hablar porque estaba convencida de que la entrevista podría servir como un llamado de ayuda a las autoridades mexicanas.  Le preocupaba la nula respuesta que había tenido México con sus connacionales en China, a diferencia de países como Estados Unidos y Francia que, días antes de que se declarara la emergencia internacional, ya planeaban la evacuación de sus ciudadanos en Wuhan.

Sofía me comentó que formaba parte de en un grupo de WeChat (el WhatsApp chino) de mexicanos en China donde se discutía de qué manera podían llamar la atención del gobierno mexicano para recibir apoyo. Sofía me propuso extender la entrevista a los demás integrantes del grupo. 

El reto consistía en lograr comunicarme con los demás entrevistados. Si Sofía lograba entrar a Instagram, era gracias a una aplicación de VPN que le permite conectarse a través de servidores de otros países para utilizar aplicaciones y redes sociales prohibidas en China. Aunque el uso del VPN es ilegal en ese país, lo utiliza la gran mayoría de los extranjeros que viven allí. Aun así, Sofía me comentó que realizar las entrevistas mediante el uso de una conexión VPN no era ninguna garantía debido a que no siempre ofrece buena recepción.

Lo primero que intenté fue descargar WeChat para unirme al grupo de “mexicanos en China”. La aplicación solicitó que me invitara un usuario activo para completar el registro. Intenté ingresar por medio de la invitación de Sofía sin éxito. Algo paranoico, ante la inteligencia de la potencia tecnológica más poderosa del mundo, le dije a Sofía que probablemente la aplicación sabía que ella no era china. Finalmente, el 1 de febrero Sofía compartió en el grupo mis preguntas y grabó los testimonios.

La información falsa se propaga más rápido que el virus y muchos familiares y amigos de nuestras connacionales están alarmados por el aparente escenario apocalíptico que se refleja en redes sociales. Sofía, Laura, Azul, Alejandra, Ale M. y Verónica esperan que sus testimonios sirvan para disipar nuestros miedos infundados y que nos preocupemos por lo realmente importante: presionar al gobierno mexicano para que les brinden la ayuda que tanto necesitan.

Laura

Laura, al igual que Sofía, vive en la ciudad de Hefei. Tiene 30 años y viajó a China para estudiar una maestría en genética animal. Es una de las cincuenta y cinco estudiantes internacionales que, durante la crisis, se ha alojado en los dormitorios de su universidad. Están organizados para prevenir cualquier posibilidad de contagio. Un compañero fue asignado para conseguir las provisiones del supermercado que necesitan todos los demás estudiantes. Al volver desinfecta sus manos y las compras. A pesar de las precauciones, Laura nunca había sentido tan cerca el virus como hasta ahora.

Días antes de la cuarentena una de sus compañeras recibió en el dormitorio a una amiga de Wuhan, el epicentro de la epidemia, para que se alojara con ella durante las vacaciones del año chino. Al enterarse las autoridades de la presencia de la adolescente de Wuhan acudieron a darles la orden de apartarlas del grupo y ponerlas, a ella y su anfitriona, en cuarentena durante catorce días en una de las habitaciones del dormitorio para prevenir posibles contagios.

A partir de entonces las restricciones de salida y medidas de seguridad se han intensificado en la universidad. Ninguna persona sin credencial de estudiante puede entrar al campus. Cualquier estudiante que se encuentre vacacionando en otra provincia y quiera regresar a los dormitorios tendrá que ser puesto en cuarentena. Laura sabe que ella y sus demás compañeros probablemente estuvieron expuestos al virus y podrían presentar síntomas en cualquier momento, por lo que utiliza alcohol para desinfectarse las manos y cubrebocas cada vez que entra en contacto con un compañero. Su nivel de chino mandarín es intermedio, le preocupa no poder describirles con precisión sus síntomas a los médicos en caso de que contrajera la enfermedad.

Laura cree que sus reservas de cubrebocas no durarán mucho. La vida media de estos artículos es de 2 a 4 horas, después de ese tiempo la protección es mínima. Recuerda que cuando a finales de enero la Secretaría de Relaciones Exteriores de México (SRE) le envió un correo, alertándola acerca de las medidas de seguridad que debía implementar para evitar contagiarse, tuvo la oportunidad de ir a la farmacia a conseguir cubrebocas y se encontró con una fila enorme de gente cargando paquetes enteros.

Para Laura el escenario es bastante esperanzador, tiene la certeza de que ningún conocido suyo se ha enfermado. En cuanto alguien se contagia, las autoridades se ponen en contacto con todas las personas con las que el enfermo pudiera haber tenido contacto. Entre sus conocidos, un amigo se puso en cuarentena voluntaria debido a que el gobierno chino le informó que días atrás había viajado en el mismo vagón que un enfermo de coronavirus. Laura siente que, a pesar de las medidas tomadas por el gobierno, todo sigue normal. La situación le recuerda a la crisis de H1N1 que vivió en el 2009 en la ciudad de México. Para ella es prácticamente los mismo.

Azul

Azul llegó a vivir junto con su esposo a China a finales del año pasado. Tiene 51 años y es diseñadora gráfica pero, como cuenta con “visa de esposa” se dedica al hogar y aprender de la cultura. Su esposo tiene la ciudadanía estadunidense y trabaja como profesor en la universidad normal de Shenyang, que se encuentra aproximadamente a 18 horas en automóvil de Wuhan. Hasta el momento todos los comercios y restaurantes están cerrados pero, a diferencia de otras ciudades, ningún medio de transporte ha sido suspendido.

Ambos se encuentran bien, aunque con incertidumbre de lo que les depare el siguiente semestre. Debido a que la mayoría de los estudiantes vienen del sur, dónde se han reportado la mayoría de los contagios, se rumora que se podría suspender el siguiente semestre o que los profesores graben sus clases para darlas en línea y, con ello, evitar más contagios.

Azul no habla chino mandarín, pero logra darse a entender utilizando el traductor de voz de Google aunque, debido al uso de cubrebocas, la aplicación no logra registrar las palabras la mayoría de las veces. Se informa sintonizando la versión en español del China Global Television Network (CGTN) y los correos que le envía la embajada estadounidense a su esposo.

En cuanto se desataron los primeros brotes, el esposo de Azul fue contactado por la embajada de su país. Hasta el momento nadie del gobierno mexicano se ha comunicado con ella, a pesar de que ha intentado contactar a la SRE y darse de alta en el Sistema de Registro para Mexicanos en el Exterior (SIRME).

Después de investigar en diversos grupos de WeChat de mexicanos en China, descubrió que casi nadie había logrado registrarse en la plataforma. Azul se sentiría más tranquila si tan sólo el gobierno mexicano se comunicara con ella y tuviera la certeza que tienen sus datos por si la situación empeorara.

Alejandra

Alejandra estaba planeando visitar a un amigo en Beijing desde hace dos años. Tiene 34 años y trabaja en México como community manager. Hace más de dos semanas que llegó con mucha ilusión de conocer el país pero, debido a la contingencia, no ha podido salir de casa. Planeaba quedarse seis meses, aunque por el momento no sabe si regresará antes a México. 

Se enteró acerca del virus gracias a sus familiares y compañeros de trabajo en México, ya que le es imposible entender los noticieros chinos. Constantemente se ve asediada por los mensajes de sus amigos que, alarmados por noticias falsa, le preguntan si es verdad que hay millones de muertos, o si la gente se cae en medio de la calle como se observa en algunos de los videos difundidos en redes sociales, videos sacados totalmente de contexto. Alejandra no puede ingresar a los buscadores de Internet porque se encuentran prohibidos. Le pone paranoica no saber si lo que le escriben sus amigos es verdadero o falso, por lo que decidió dejar de leerlos. 

 Lamenta no disfrutar la ciudad, pero es optimista y aprovecha el tiempo de encierro para ponerse al tanto con su amigo que no veía hace años. La provincia en la que se encuentra es de las menos afectadas y considera que el gobierno chino tiene muy bien manejada la situación.

Como no habla chino mandarín, salir de compras se le complica y no puede darse a entender con señas porque el cubrebocas esconde su cara y los chinos no alcanzan a diferenciar que es extranjera. En repetidas ocasiones ha tenido que retirarse el cubrebocas para intentar comunicarse.

 Está admirada por la disciplina de los ciudadanos, ya que evitan salir y utilizan el cubrebocas como lo indicaron las autoridades. Alejandra quiere trasmitir a los mexicanos que la situación en Beijing está controlada y que ella se siente tranquila, a pesar de que el tono de su voz no lo refleja.

Ale M.

Ale M Tiene 29 años y actualmente es encargada del marketing de una empresa china con presencia en Europa y Estados Unidos. Llegó a finales del 2016 a Shenzhen para trabajar en una empresa de comercio electrónico. Shenzhen es una de las ciudades más afectadas a pesar de que se encuentra lejos del epicentro de la epidemia. Esta ciudad es fronteriza y, en cuanto se desató la epidemia, muchos habitantes de Wuhan llegaron para intentar cruzar a Hong Kong, que cerró sus fronteras el 28 de enero para intentar detener la propagación del virus. Muchos habitantes provenientes de Wuhan no lograron cruzar y, entonces, esparcieron el virus en Shenzhen.

Como la mayoría de las entrevistadas, Ale M intentó registrarse en el SIRME durante horas. Le pareció absurdo que la página de la SRE le solicitara utilizar un navegador que no se encuentra disponible en China para hacer su registro. Finalmente tuvo que pedirles a unos amigos que desde México hicieran el proceso por ella.

Hace unos días Ale M. leyó en una noticia compartida en el grupo de WeChat de mexicanos en China: Marcelo Ebrad dio a entender que no había recursos para traer desde China a los mexicanos que se encontraban en la zona más afectada. Le pareció lamentable la manera en que el canciller abordó el tema.  

Debido a que se encuentra en medio del proceso del trámite de residencia, Ale M. tuvo que dejar su pasaporte con las autoridades chinas por lo que no puede viajar. Sabe que hay muchos otros mexicanos que, por casos extraordinarios como el suyo, no pueden salir de China. Aun así, cree que el gobierno mexicano puede apoyarlos enviando cubrebocas y gel antibacterial que, por el momento, se encuentran agotados.

Verónica

Después de estudiar Comercio Internacional en la ciudad de México, Verónica viajo a Taiwán para aprender chino mandarín y hacer una maestría en negocios. Tiempo después logró abrir su empresa de consultoría internacional de importaciones y exportaciones en la ciudad de Yiwu, ubicada en el centro de la provincia de Zhejiang, a ocho horas en automóvil de Wuhan, por lo que viaja constantemente alrededor de China para atender a sus clientes. También pertenece a un área del Ministerio de Justicia de la República Popular China, donde ejerce como mediadora internacional para países de América Latina o hispanohablantes.

Gracias a su puesto en el gobierno, Verónica está informada acerca de algunas de las medidas de protección implementadas por el Estado. Aun así, debido a que en China la información está muy restringida, no confía del todo en las cifras y estadísticas difundidas a nivel gubernamental. Ella cree que la crisis puede ser mucho más grave de lo que las autoridades aparentan.

Desde hace unos días Verónica creó un grupo de WeChat en donde se está organizando, junto con otros cuarenta y tres mexicanos, para pedir ayuda en redes sociales y buscar donativos de gel antibacterial, cubrebocas y sprays desinfectantes, productos que, además de estar escasos, se han encarecido.

Piensa que regresar a México podría exponerla al virus durante el trayecto. por lo que considera que está más segura quedándose en casa. Ella también se encuentra inscrita en el SIRME pero, hasta el momento, tampoco la han contactado.

Recientemente se enteró de que la Cruz Roja está pidiendo donaciones para mandar apoyo durante la contingencia, pero temé que podrían no tener acceso a esos recursos; por lo que envía una invitación para que otras instancias privadas o gubernamentales los apoyen con los donativos en especie de lo que requieren antes de que se terminen sus últimas reservas. EP

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