Lengua daga: Un baile rebelde visto a través de la cámara

En este breve ensayo, el periodista Heriberto Paredes se aproxima al baile como una forma más de resistencia. Bailar es rebelarse.

Texto de Heriberto Paredes  27/01/20

En este breve ensayo, el periodista Heriberto Paredes se aproxima al baile como una forma más de resistencia. Bailar es rebelarse.

Todo volvió a empezar el 1 de enero de 2020. Una marabunta de destellos verdes y rojos sacudía la tierra y le daba ritmo al conmemorarse el 26 aniversario del levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), o como también lo llama la organización, el inicio de la guerra contra el olvido. Junto con mi compañera asistimos a esa fiesta rebelde, detonante de estas reflexiones, que hace recordar lo pertinente de este movimiento político en la historia de las ideas políticas de México. La celebración zapatista confirma que lo que para muchos es el resquebrajamiento del sueño obradorista, no es sino la consecuencia de un sistema, de una tormenta y de una política excluyente que va más allá de un régimen.

En medio del baile, emergen reflexiones sobre la importancia de la fiesta que es trabajo y organización de las mujeres. Luego del Segundo Encuentro de Mujeres que Luchan, milicianas e insurgentas zapatistas permanecieron en el Caracol IV de Morelia para construir velozmente un templete en donde se harían pronunciamientos y se darían gritos de “viva”. Las mujeres, en las fiestas, son las que cocinan, construyen y aseguran la infraestructura, hacen la fiesta posible; no por magas, sino por trabajadoras. Los hombres aún tenemos que aprender una eternidad.

Las fiestas de pueblo empiezan antes de lo que se dice y terminan mucho después de lo que se cree. No hay fiesta popular que dure lo que dice porque siempre duran mucho más, se prolongan por días, a veces por muchos años. Podemos intuir la complejidad de la fiesta para quienes habitamos este —maltrecho— país y eso es lo que importa, saber por qué importan.

Nuestras sociedades, además del caos temporal de la fiesta, requieren con urgencia una recomposición social urgente. Yásnaya Aguilar ha mencionado que la fiesta también es una forma de resistencia, porque genera y regenera lazos sociales que son debilitados o impedidos por el capitalismo salvaje. Lo de salvaje lo agregué yo. Y también añadiría que las fiestas dan fuerza a quienes se rinden ante ellas, porque lo colectivo de festejar es lo que da fuerza para luchar: es el círculo infinito de la expresión del alimento espiritual. La música, la comida y la danza en la fiesta se vuelven pilares para sostenernos en medio de la violencia, la muerte y el despojo.

Reveses

Pasamos una fiesta en territorio zapatista, bailando entre milicianas e insurgentas, bases de apoyo y sociedad civil. Alrededor de la explanada, donde miles de personas bailaban, había puestos donde se vendía comida, café, galletas, pan de dulce y palomitas, así que una pausa sirvió para pensar en otros momentos donde una guerrilla ha experimentado grandes y efusivos bailes.

Primero: la guerrilla salvadoreña, que durante la década de los años 80 encontraba espacios para desfogarse y para bailar en pequeños rincones de poblados enmontañados al norte y al oriente del país (de ese, no de este). Existen pocos registros fotográficos de estas fiestas, pero el Museo de la Palabra y la Imagen, dirigido por Carlos Henríquez Consalvi, “Santiago”, ha recopilado algunas de estas imágenes. A la par de las historias contadas por un amigo, ex guerrillero en El Salvador, estas fotos me hacen pensar en la gran alegría y confianza en la victoria que tenía las organizaciones guerrilleras en esos momentos.

La fiesta en zonas de guerra también habita en las fotografías de Jean Marie Simon, fotógrafa estadounidense que vivió experiencias sobrecogedoras en la Guatemala de los 80. Estas fotos son, sin duda, de una precisión y filo que quitan el habla. Una de estas tomas muestra a una joven mujer de piel morena y rasgos indígenas bailando con un soldado del ejército guatemalteco que porta su rifle Galil. Ella se muestra tensa, con la mirada fija al piso. No hay goce, lo que subraya la tensión de las fiestas organizadas por el ejército guatemalteco que, luego de realizar atroces masacres, tapaba la muerte con un baile tratando de convertir a sus enemigos en un conjunto de guerrillas de caras serias, sin esperanza.

Sin embargo, los pueblos indígenas y campesinos llevan cientos de años recreando el mundo a través de la fiesta y es su espíritu festivo el que le da vitalidad a la lucha por «un mundo donde quepan muchos mundos». Ni las matanzas más atroces ni las derrotas más recientes han doblegado el espíritu festivo y no creo que lo hagan en mucho tiempo.

El capitalismo y los mandonesasí llamó a los patrones el subcomandante Moisés en el mensaje que dio el EZLN la tarde del 31 de diciembre de 2019, detestan que sus explotados se llenen de vida a través de la fiesta. En medio del intento de despojarnos del goce, nosotros buscaremos el espacio de libertad que seguiremos reclamando como nuestro. Haremos fiesta a pesar de la imposición de la muerte y el olvido. Bailaremos a pesar del ritmo de destrucción al que nos quieren encaminar los mandones

A veces, a la fiesta la invaden aquellos que apuestan por la muerte como moneda de cambio, y logran desdibujar la vida de quienes son parte de la lucha. En una ocasión, el 19 de julio de 2015, en el apogeo de un operativo conjunto entre el ejército y la marina mexicana en costas michoacanas, donde participaron también miembros identificados de Los Caballeros Templarios —vestidos con uniformes militares y montados en vehículos castrenses— gritaron en los altavoces: «¡Pinches indios ya les acabó su fiesta!

Ese día murió asesinado el niño Hidelberto Reyes García de 10 años y hubo 11 heridos más de bala. Tanto el menor de edad como el resto de personas afectadas, física y psicológicamente, son habitantes de la comunidad indígena de Santa María Ostula, una comunidad nahua que habita la costa michoacana y que ha luchado siempre por defender su territorio. No fue un enfrentamiento, sino un ataque contra civiles, y la fiesta acabó momentáneamente.

Goce y respaldo social

Las conglomeraciones masivas, donde grupos de personas se reúnen para reaccionar ante la misma música, acercan misteriosamente a los evangelistas de los templos de Tapachula con los conciertos de Rubén Blades o de Joe Strummer. Me señala Marina Azahua que le parece impresionante cómo la música atraviesa los cuerpos y nos hace reaccionar en simultaneidad, de manera instintiva. Sólo la religión, los actos espirituales de distintas culturas (y los conciertos) logran esa sincronía emotiva y sensorial.

Cuando el cuerpo se mueve se requiere de vitalidad, de una salud a veces otorgada por la juventud, como es el caso del zapatismo actual, sostenido en una base social enorme y joven. Un ente social con la fuerza para moverse y mover a miles de personas a distintos ritmos, a velocidades dispares, «al paso del más lento o lenta» dicen allá. Son los rituales colectivos los que dan cuenta de la situación actual en la que se encuentra la organización indígena.

Compuesta en buena medida por jóvenes que no habían nacido en 1994, es una organización político-militar que no ha acabado ni ha querido acabar con el goce ni con la festividad indígena. Por el contrario, se encargan de generar las condiciones para que esa festividad se desarrolle con libertad y se multiplique en una cantidad de expresiones que no podemos imaginar siquiera, con lo que aseguran un distanciamiento sustancial respecto a los movimientos políticos armados que precedieron al zapatismo. Abrevan de su historia, pero han creado su propia identidad.

Las y los zapatistas distan mucho de encarnar la imagen del guerrillero o luchadora social que vive en el sacrificio permanente. La imagen construida por los testimonios guerrilleros —como La montaña es algo más que una inmensa estepa verde de Omar Cabezas— presentan un orden de sufrimiento en aras de un futuro mejor en donde ya no exista la explotación. El hombre nuevo al que apelaba el Che.

Los y las zapatistas aman el baile. En general, amamos el baile, la chabacanería, la broma que se revela cuando muchos grititos la anuncian. La organización zapatista no ha esperado a la llegada de un futuro redentor. Construye la victoria cada día, con esfuerzo y no con sacrificio. Nos incita a que también nos organicemos y luchemos, no sólo con las lágrimas del dolor surcando nuestros rostros, sino con la sonrisa en alto, con el cuerpo agitándose, con la música como una más de nuestras voces.

Un recuerdo personal: a mediados de 2005 estaba en una comunidad zapatista por razones que ahora no importa mencionar, era de noche y hacía un frío húmedo que no nos dejaba estar en paz. Me levanté de pronto y prendí una bocinita (por supuesto, sin Bluetooth) que conecté a un discman lector de mp3. Sonaron las músicas de Chico Ché y la Crisis, una remembranza de mi infancia y de un mundo que existe en el recuerdo. Las compañeras zapatistas empezaron a reírse y los compañeros se pararon junto a la bocina y empezaron a moverse. No hizo falta más café, pasamos un buen rato bailando y así me di cuenta de que —definitivamente— esta sí es mi lucha, la que no me prohíbe ni me obliga, sino la que me provoca y me confronta en los privilegios, aquella en la que me siento bien porque aprendo que, como escribiría Yásnaya muchos años después: la fiesta es una forma de resistencia.

Cierro con un recordatorio: las formas más innovadoras y pegajosas que han logrado hacer visible una protesta recientemente han sido las traducciones al baile de investigaciones y realidades complejas. El colectivo chileno Las Tesis ha hecho viral a nivel mundial un baile colectivo, el cual fue reproducido en las capitales de muchos países y en los rincones más insospechados. La fiesta es uno de los campos de batalla en donde tenemos más fortalezas, donde no es imposible fingir complicidades y en el cual, el capitalismo ha intentado neutralizarnos, sin conseguirlo.

Un estallido social y una sublevación es también una fiesta, un baile y una ola que va en contra del orden —capitalista, desde hace algunos siglos— imperante. A veces parece que no, pero cuando ya estamos inmersos en la pachanga, comenzamos a atar cabos y entonces la fiesta se vuelve la posibilidad de otro orden y otro pacto, tal vez más respetuoso. EP

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