Una crisis de la voz silvestre

Un diálogo conmovedor en el que Jorge Comensal habla de la crisis ambiental, de las preguntas que aún no encuentran respuesta. Y a manera de consuelo ante una despedida, también nos acompaña.

Texto de 01/12/21

Un diálogo conmovedor en el que Jorge Comensal habla de la crisis ambiental, de las preguntas que aún no encuentran respuesta. Y a manera de consuelo ante una despedida, también nos acompaña.

En septiembre de 2012 publiqué por primera vez en esta revista. El texto era una Elegía dedicada a la última tortuga gigante de la isla Pinta, Chelonoidis abingdonii, que murió el 24 de junio de aquel año. La difunta se llamaba Solitario Jorge, puesto que era el único sobreviviente conocido de su especie. Yo me identifiqué con él simplemente porque era mi tocayo y porque yo estaba pasando por una mala racha de celibato. Gracias a esa Elegía descubrí una vocación naturalista a la que he sido infiel últimamente. Por eso, ahora sospecho, estoy en crisis. Por eso, siento que perdí la voz.

Hace tiempo quiero volver a escribir sobre el Solitario Jorge. Ha pasado mucho desde entonces. Poco después de su muerte, un grupo de científicos halló diecisiete tortugas con ascendencia de la isla Pinta en otra de las islas de las Galápagos, en las faldas del volcán Wolf de la isla Isabela. ¿Cómo llegaron ahí? Parece que fue gracias a los piratas y balleneros que atracaban cerca del volcán y transportaban tortugas vivas para alimentarse —el apetito de los marineros occidentales y la introducción de especies exóticas fue devastador para estos longevos reptiles—. Si hubieran encontrado esta población algunos años antes, el Solitario Jorge ya no habría estado tan solo en el mundo. 

“‘Estamos’ para siempre disecados en esa página. En ese verbo todavía me siento joven, capaz de hacer algo valioso con las palabras.”

En 2013, el fin del susodicho celibato me llevó a Nueva York, donde conocí a Isabel Zapata, amiga y compañera en el Consejo Ambiental de Este País y en la pasión por escribir sobre animales. Isabel me contó que el cadáver del Solitario Jorge estaba en el Museo de Historia Natural. Fuimos a verlo. Me dio tristeza ver lo bien que el taxidermista había hecho su trabajo, lo bien que había logrado perpetuar la soledad de Jorge. Isabel escribió un “Diccionario para George, el solitario”, en cuya letra N “Estamos de visita en el museo”. “Estamos” para siempre disecados en esa página. En ese verbo todavía me siento joven, capaz de hacer algo valioso con las palabras. En ese verbo escribo a mano y estoy becado por el gobierno para crear ensayos sobre especies mexicanas en peligro de extinción. Lobos mexicanos, helechos arborescentes, buitres paleolíticos, anguilas ciegas, orquídeas oaxaqueñas, vaquitas marinas, pájaros carpinteros, tapires malolientes y ranas de ojos azules. Ensayos: la herramienta más ridícula de la conservación silvestre. Ensayos: si en vez de esas prosas sofisticadas hubiera escrito una novela negra bajo el pseudónimo de Concha Rico tal vez me habría ganado un millón de euros como lo hizo Carmen Mola, y con él habría podido comprar unas cuantas hectáreas de bosque nublado para salvar el nido de unos quetzales, para salvar al menos una familia de quetzales y no tener que escribirles jamás una elegía. Tal vez habrá que hacerlo en algunos años. Con el calentamiento global, las nubes subirán de altura y dejarán resecas las montañas donde viven los quetzales. Los árboles cargados de bromelias serán magníficas antorchas. 

“¿Cómo le voy a hacer para rendir homenaje a todas las víctimas de la sexta extinción masiva?”

No me voy a dar abasto con tantas elegías. Para darse una idea de lo que viene, se puede recurrir al Informe Planeta Vivo de 2020, que registra la pérdida global de un 70% de las poblaciones representativas de más de cuatro mil especies de vertebrados desde 1970. En Latinoamérica la situación es mucho peor: las poblaciones estudiadas han disminuido en un 94%. Están a punto de desaparecer y no puedo hacer nada porque no soy la adinerada Concha Rico, sino el Comensal muerto de hambre que padece una crisis prematura de la mediana edad. 

¿Cómo le voy a hacer para rendir homenaje a todas las víctimas de la sexta extinción masiva? Antes le podía escribir poemas rimados al borní (carmesí, frenesí, baladí), a la cerceta (meta, cometa, poeta) o al tapir (faquir, nadir, morir). Pero ya no oigo esas palabras. Ya no sé cómo escribir sobre este tema, el que más me importa. He tratado de ser menos sentimental y más propositivo. Cantidades, porcentajes, principios dietéticos, eliminación de subsidios al expolio. El dinero habla con más elocuencia.

“Se pueden invocar decenas de razones muy sensatas para proteger la biosfera, para no talar los bosques ni contaminar los ríos.”

El ambientalismo suele apelar al interés social. Piensen en nuestros hijos, en los servicios ambientales que le ofrece la biosfera a las poblaciones humanas: la polinización de los cultivos que nos alimentan, la regulación del clima y la captura de carbono, la retención del suelo, la síntesis de químicos útiles, la cría de pescados y mariscos, las divisas obtenidas por el ecoturismo, etcétera. Se pueden invocar decenas de razones muy sensatas para proteger la biosfera, para no talar los bosques ni contaminar los ríos. Pero la competencia desenfrenada entre distintos intereses étnicos, políticos, económicos, gremiales, familiares y personales ofrece otras razones poderosas para seguir deforestando selvas, quemando combustibles fósiles y pescando con redes de enmalle.   

¿Qué utilidad pueden tener para nosotros las tortugas gigantes de las islas Galápagos, las vaquitas marinas o los osos polares? Claro: cada animal desempeña un papel más o menos importante en la regulación de su ecosistema. Pero eso no conmueve a nadie. No podemos proteger a esas especies porque nos conviene sino porque lo deseamos. Tiene que haber un deseo positivo además de un interés utilitario. Un deseo de superación, no de una superación personal individualista, sino de una superación moral colectiva. ¿Queremos divertirnos con la tortura de otras especies, con su captura y exhibición, con su maltrato, desplazamiento y extinción? ¿Queremos ser los amos de un páramo en llamas? ¿No resulta más justo y hermoso, además de necesario, vivir en un planeta biodiverso? 

Me gustaría cultivar ese deseo. Mucha gente lo comparte, pero hace falta que seamos más. ¿Cómo puede difundirse, contagiarse? ¿Cómo puede convertirse en una fuerza con el poder suficiente para oponerse a los intereses particulares que fomentan el ecocidio?

No lo sé y eso me desanima. Lo que hago me parece insuficiente. Un ejercicio estéril, por endogámico, de decoración lingüística, de producción de accesorios literarios para maquillar la devastación del mundo. Aquí me pega la desesperanza. Aquí me dan ganas de colgar el hábito y ponerme a escribir series de televisión pornofantástica. 

No sé qué hacer. No sé cómo volver a vincular la voz con mi deseo, el deseo de cantar las maravillas de un mundo biodiverso. 

—¿Por qué no simplemente lo haces? —el Solitario Jorge me aconseja con madurez (vivió más de cien años) y sangre fría— los quelonios son poiquilotermos.   

—Pero no es suficiente —le respondo—. No me gusta lo que está pasando. No quiero que mi vida llegue a su fin en el apogeo de la sexta extinción masiva de la vida en la Tierra. Es una tragedia cósmica. No quiero ser una célula mansa en el cuerpo del ángel exterminador. Ya no soporto esta impotencia, el miedo, la inquietud, la sensación de culpa. 

—¿Entonces por qué no creas un partido verde ecologista?

—Ya hay uno, tocayo, y lo fundó otro Jorge mucho peor que tú y yo. No sirve de nada. Y no sé si yo sirvo para la política. Me gusta pasarme el día estudiando libros o explorando el bosque. Ni siquiera soy un buen redactor de propaganda ambientalista, porque me distraigo con figuras retóricas y ejercicios banales como este diálogo imaginario. No tengo Instagram ni TikTok. Nunca tuiteo. Soy un fracaso.  

—Ya —me dice el fantasma de las Galápagos—, bájale a tu drama. Tú sigue escribiendo. En tus elegías acuérdate de los defensores ambientales asesinados: de Homero Gómez y las mariposas monarca; de Nora López y las guacamayas rojas; de José Luis Álvarez y los monos aulladores. Tal vez alguien te lea en Este País y se le ocurra hacer algo más útil. 

—Pero se me perdió la voz.

—Te aseguro que no la vas a encontrar en el autoflagelo narcisista. Sal a buscarla. 

—¿Dónde? 

—No lo sé. Pero si alguien te acompañó hasta aquí, leyendo esto, tal vez anda buscando también una y la puedan compartir. EP

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