Un sauce de cristal, un chorro de agua (Octavio Paz en el baño)

Gina Rodríguez nos comparte cómo y dónde fue su primer acercamiento a la poesía de Octavio Paz: leyó Piedra de sol en el baño.

Texto de 05/02/21

Gina Rodríguez nos comparte cómo y dónde fue su primer acercamiento a la poesía de Octavio Paz: leyó Piedra de sol en el baño.

Un sauce de cristal, un chopo de agua.

Comencé a recitar.

Un alto surtidor que el viento arqueeea.

Leí más fuerte.

UN ÁRBOL BIEN PLANTADO MAS DANZAAANTE.

Casi gritaba.

Y es que yo trataba de cultivarme en las condiciones más adversas.

Exagero: no eran las más adversas.

Quizá ni eran adversas en realidad.

Trataba de cultivarme, casi casi empaparme de cultura,cada vez que se podía.

Trataba de cultivarme, y al mismo tiempo seguía una de las costumbres más arraigadas de mi familia: leer en el baño.

Siempre lo hicimos.

Quizá porque vivir con 4 personas y un perro en un departamento de menos de 60m2 ofrece pocas posibilidades de encontrar un espacio verdaderamente privado.

Quizá sólo porque éramos medio adictos al entretenimiento y la distracción hasta en esos momentos de intimidad. El caso es que el pequeño baño del lugar donde crecí era a la vez revistero y rincón de lectura para chicos y grandes.

Teleguías, novelas y Mafaldas se apilaron desde que tengo memoria encima de la caja del váter.

Recuerdo alguna reunión cuando uno de los invitados de mis padres pasó a lavarse las manos y salió burlándose: Perdón, me tardé porque me quedé leyendo un capítulo del Caballo de Troya que estaba ahí adentro.

Y yo no leía solamente. Cuando sabía que nadie me iba a interrumpir, me tomaba mi tiempo para leer de la forma en que más me gustaba: en voz alta.

El cuarto más sonoro de toda casa es el baño y cualquiera que haya cantado en la regadera lo sabe.

Una y otra vez estiré los ratos mal sentada para leer con solemnidad chismes de actores o sinopsis de telenovelas.

Saboreaba el rebote del sonido en mis oídos.

Pronunciaba frases sueltas del libros que abría al azar.

Me esmeraba en hacerlo sin errores. En respetar los puntos y las comas. En dar con la entonación precisa.

Recuerdo que a mi padre le molestaba que nos tardáramos y supongo que, de los cuatro en la familia, es al que menos le parecía placentero ese hábito.

Pero sospecho que ni él podía resistirse a sus encantos: quién, si no, metía precisamente los Teleguías que tanto le gustaban.

Un día, cuando ya tenía como 14 años, nos mudamos. A una casa no tan grande, pero con —regalo del universo— ¡dos baños y medio!

Ahí la biblioteca se dividió.

Jamás volví a ver los bestsellers de mi madre cuando hacía caca: sólo Mujercitas y el Diario de Ana Frank, los favoritos de mi hermana.

Eso sí no cambió. Mi hermana y yo seguimos compartiendo anaquel de toallas y textos.

Y tan naturalmente.

Cualquiera de las dos abría la puerta sin tocar para apurar a la otra y exigirle que dejara de leer porque alguien más necesitaba entrar.

Una se echaba champú de un lado de la cortina, la otra hacía pis del otro lado, y todas como si nada.

Qué curioso, ahora que lo pienso: con nadie he tenido una dinámica de baño como la que tuve con mi hermana.

Tantas pláticas, tantas canciones, tantas peleas.

Y tantas lecturas.

Yo también trataba de aportar a la colección bañil concualquier obra que me pareciera digna de ojear.

Un día —estaba yo en la prepa— fui a una feria del libro para cumplir una tarea.

Eran precisamente los tiempos en que me entraron las ansias por cultivarme. Algo me dijo que aquello que había conocido hasta entonces no valía realmente como Cultura, y quise cruzar a ver qué había más allá del umbral de lo que sí cuenta.

Quería verlo todo, aprenderlo todo, sentirme como los que saben.

Les recomiendo ir a ver tal película de La Muestra, decía algún profesor, y yo lo anotaba presurosa en la última hoja de mi cuaderno.

Hay que ir a tal concierto de la Sinfónica. Anotado.

Hay que apreciar a los clásicos.

Acumulé una larga lista de pendientes para cultivarme.

Todo eso sonaba un poco exótico en una casa llena de Teleguías y bestsellers.

Pero hasta eso mis padres hablaban bien de la Cultura, así en abstracto. Y a mí me intrigaba.

En aquel recorrido por la feria del libro a la que fui de tarea, un gentilhombre puso en mis manos la edición económica de Piedra de sol.

Ese poema.

Qué orgullosa me sentí.

Era un acordeón cuadradito y así supe que no todos los libros son como los pintan.

Lo llevé a mi casa —la casa de dos baños y medio— y lo dejé en su lugar, para que fuera mi siguiente lectura.

En cuanto se dio la ocasión, comencé a declamar a mi modo, y ahí en el inicio, también intenté cultivara mi hermana.

¡UN SAUCE DE CRISTAL, UN CHOPO DE AGUA!, impuse mi voz al incesante sonido de la regadera mientras ella se bañaba.

UN ÁRBOL BIEN PLANTADO MAS DANZANTEEEE

¿Qué es esooooo?, se quejó la desagradecida.

Necia y disfrutando el momento, insistí.

¡UN CAMINAR DE RÍO QUE SE CURVA!

¡Mejor prende el radio!, clamó ella. Sí, sí: nuestra otra costumbre en el baño es escuchar música.

¡Espérateeeee!, intenté. ¡Esto es importantísimo!

DA UN RODEO Y LLEGA SIEMPRE…

Pero irremediablemente tuve que suspender la lectura.

Al final me eché el poema entero en otra ocasión, sola y en silencio.

Creo recordar que fue en Voy por tu cuerpo como por el mundo que dejé de recitar con fuerza. Me dio pudor, por si mi hermana abría la puerta de repente.

Habrán sido las condiciones adversas, pero se ve que fallé en mi misión: no entendí ni la mitad del mentado poema.

(¿Por qué la triste Eloísa rogaba ser la puta de alguien?)

Con todo, el acordeón cuadradito anduvo rondando durante semanas, meses, entre rollos de papel, jabones y montones de CD.

De cuando en cuando seguí repitiendo fragmentos desordenados, algunos se me quedaron grabados hasta ahora.

Claramente no estaba lista para las profundidades de la Cultura, pero seguí intentando. Incluso ahora, sólo que ya no me dejo arrastrar por la ansiedad.

Y cuando se da la oportunidad, todavía disfruto el eco que se logra entre esas paredes de azulejos. EP

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