Un recorrido por la arquitectura moderna de Coyoacán (segunda parte)

Veka Duncan continúa con su exploración del Centro de Coyoacán, mientras observa los momentos más lúcidos de la arquitectura moderna de Carlos Mijares.

Texto de 30/07/20

Veka Duncan continúa con su exploración del Centro de Coyoacán, mientras observa los momentos más lúcidos de la arquitectura moderna de Carlos Mijares.



En las adoquinadas calles del Centro Histórico de Coyoacán, entre antiguas casonas de aire virreinal e iglesias construidas por los primeros frailes evangelizadores, se ha escrito también la historia de la modernidad mexicana. Ese otro Coyoacán es casi una dimensión paralela a la que pervive en nuestro imaginario, la de los callejones empedrados y domingos de paseo con churros y nieves. Si bien es cierto que esta antigua villa novohispana ha conservado mucho de su ambiente de pueblo, también cuenta con interesantes inmuebles surgidos de la imaginación de los arquitectos mexicanos más destacados de los últimos cien años, quienes dedicaron su vida a construir la Ciudad de México del siglo XX y, con ello, transformaron la forma en que habitamos tanto la capital como nuestras propias casas. Ahora que poco a poco comenzamos a cobrar fuerzas para salir de nuevo a la calle, les ofrezco aquí la segunda parte de un recorrido por la arquitectura moderna de Coyoacán que se puede hacer a pie o acompañados de Susana Distancia. 

La mayoría de nosotros ignora que, al atravesar los arcos atriales del Jardín Centenario hacia una de las avenidas más antiguas de la Ciudad de México, hoy en día llamada Francisco Sosa, llegamos a una cuadra que tiene inscritos dos nombres fundamentales para la historia constructiva del país. En una de las casas que se encuentra entre el café Moheli y Los Talleres dos espacios icónicos de Coyoacán nació en 1905 Juan O’Gorman, primer mexicano en incursionar en el funcionalismo y quien dejaría un importante legado arquitectónico en Coyoacán; aquí construiría una de sus primeras escuelas primarias momento fundacional de su carrera, remodelaría la ahora famosísima casa de Frida Kahlo, desarrollaría con Diego Rivera el revolucionario concepto del Museo Anahuacalli y edificaría la imponente Biblioteca Central. En un increíble vuelco del destino, décadas después otra renombrada firma de la arquitectura mexicana haría de esta misma cuadra su hogar. 

En 1958, Carlos Mijares construyó su propia casa en la esquina de Francisco Sosa con Reforma, a unos pasos de la que vio nacer a Juan O’Gorman y en la misma calle donde también habitaría Jorge Ibargüengoitia a quien pronto habría que dedicarle su propia historia coyoacanense. La casa de Mijares pasa fácilmente inadvertida en el entorno virreinal un poco heredado de los conquistadores, otro tanto inventadodel Centro Histórico de Coyoacán; sin embargo, es de un programa plenamente moderno. El primer cuerpo de la casa, precisamente en la esquina donde se encuentran las dos calles, está recubierto de ladrillo rojo, una declaración muy audaz para una zona de tezontle y cantera, pero que a la vez dialoga perfectamente con las casonas que han logrado sobrevivir el paso de los siglos. 

De esta manera, la Casa Mijares no sólo respeta la historia arquitectónica de Coyoacán, sino que a la vez anticipa lo que después se convertiría en uno de los sellos de este prolífico arquitecto, siendo quizá el primer espacio en el que experimentó con el material al que recurriría a lo largo de su carrera: la forma en que usa el ladrillo aquí, en la que se encuentran innovación y tradición, recuerda a proyectos como el de la iglesia anglicana Christ Church, en Lomas de Chapultepec, pues en ambos proyectos el ladrillo aparece como una reinterpretación de momentos fundamentales para la historia de la arquitectura: en su propia casa el material constructivo queda expuesto, tal y como sucede con las construcciones novohispanas, mientras que en el caso de Christ Church hace un guiño al ladrillo que comenzó a poblar las grandes urbes británicas a partir del siglo XIX y, a su vez, a su propia adaptación al lenguaje neogótico tan característico de la arquitectura religiosa del Reino Unido a partir de entonces.  

“La casa de Mijares pasa fácilmente inadvertida en el entorno virreinal un poco heredado de los conquistadores, otro tanto inventado— del Centro Histórico de Coyoacán; sin embargo, es de un programa plenamente moderno.” 

El mismo año en que Carlos Mijares construía su casa, otra dupla de arquitectos inauguraba una obra imperdible en un recorrido de arquitectura moderna coyoacanense: la Capilla de San José El Altillo. Ubicada al otro extremo de Francisco Sosa, en las inmediaciones del Río Magdalena, se puede aprovechar el camino para detenerse a disfrutar del arbolado atrio de Santa Catarina o desviarse hacia la fortaleza del Indio Fernández, obra de Manuel Parra y, por lo tanto, otro ejemplo interesante de arquitectura del siglo XX. Al llegar al puente de Panzacola, es necesario desviarse por Avenida Universidad hacia la glorieta de los Coyotes; no desesperen si no aparece de inmediato ninguna iglesia, el Altillo está escondido detrás de un largo muro de piedra volcánica y debemos entrar a través de una puerta de madera enmarcada por un dintel de cantera que anuncia nuestra llegada a la capilla. 

A pesar de su modernidad, como en la Casa Mijares, vemos aquí un profundo respeto por el contexto histórico y geográfico al incorporar el tezontle tan característico de la zona en el exterior. Una vez adentro, la firma de Candela es plenamente reconocible, pues, así como el Mercado de Coyoacán que ya visitamos en nuestro recorrido pasado, el programa arquitectónico de San José del Altillo está desarrollado a partir de una de sus famosas Cubiertas Ala, pero ahora en forma de paraboloide hiperbólica, el sello del arquitecto madrileño. Candela creó estos novedosos techos como una solución económica y versátil para todo tipo de inmuebles, desde mercados hasta estacionamientos. Su uso fue también muy frecuente en iglesias pues al prescindir de columnas permite que uno pueda tener una vista completa del altar desde cualquier punto del templo y, al mismo tiempo, genera una curva que propicia una buena acústica. La estructura se vuelve así un elemento estético que, en conjunto con el vitral que sustituye al retablo central, genera un espacio envolvente que integra forma, color y luz en un todo. En este breve recuento de los momentos más lúcidos de la arquitectura moderna en Coyoacán queda más que claro que este Centro Histórico es mucho más que sólo un espacio virreinal; su historia se ha continuado escribiendo hasta nuestros días, demostrando que tradición y contemporaneidad pueden convivir respetuosamente y enriquecer el patrimonio de nuestra ciudad. EP



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