Los inquilinos de Pedro de Alvarado

Como sucede a menudo en este país —el más surrealista del mundo, según la descripción de André Bretón—, en la historia de Coyoacán es difícil distinguir la realidad de la ficción. Uno de los mitos de mayor arraigo entre los habitantes de su Centro Histórico está vinculado a uno de sus inmuebles más famosos: la […]

Texto de 18/09/20

Como sucede a menudo en este país —el más surrealista del mundo, según la descripción de André Bretón—, en la historia de Coyoacán es difícil distinguir la realidad de la ficción. Uno de los mitos de mayor arraigo entre los habitantes de su Centro Histórico está vinculado a uno de sus inmuebles más famosos: la […]

Como sucede a menudo en este país —el más surrealista del mundo, según la descripción de André Bretón—, en la historia de Coyoacán es difícil distinguir la realidad de la ficción. Uno de los mitos de mayor arraigo entre los habitantes de su Centro Histórico está vinculado a uno de sus inmuebles más famosos: la Casa de Alvarado. La hoy sede de la Fonoteca Nacional presume este nombre sobre su fachada como homenaje a la supuesta presencia de aquel temible conquistador entre sus pasillos y jardines. Si bien es difícil saber con certeza que así haya sido, con el paso del tiempo la casa recibió a otros distinguidos inquilinos cuyo paso por esta casona de la calle Francisco Sosa sí podemos confirmar. 

El nombre de Octavio Paz está también inscrito sobre sus muros, pues a un lado de la puerta hay una placa que nos recuerda que aquí habitó nuestro Nobel literario en su último año de vida. Desde luego su memoria en las calles de Coyoacán es digna de evocar, pero no deja de ser una pena que por recordar al poeta olvidemos a la fascinante mujer que le precedió y a quien le debemos, precisamente, el que la leyenda de Pedro de Alvarado haya pervivido en este rincón de Barrio Santa Catarina. En 1902 una norteamericana de nombre Zelia Nuttall compró la casa y la habitaría desde 1905 hasta 1933, año de su muerte. Fue ella quien colocó el nombre de “Casa de Alvarado” sobre el portón principal que aún nos recibe al visitar la Fonoteca. A Nuttall no pareció importarle que la casona que vemos actualmente fuera construida en el siglo XVIII y no en el XVI, tampoco que no hubiera ningún documento histórico que confirme que Pedro de Alvarado haya sido el propietario de este solar; no, para ella era mucho más importante dejar un testimonio de esta leyenda para la posteridad.

Cortesía de la Fonoteca Nacional

No es que Nuttall no conociera a profundidad la historia de la Conquista cuando tomó esta decisión; fue una destacada arqueóloga y antropóloga en una época en la que no sólo nacían estas disciplinas, sino que las mujeres no eran realmente bienvenidas a sumarse a su quehacer. Nacida en San Francisco, fue su madre quien le inculcó el interés por la historia del país vecino al regalarle el libro Antigüedades de México de Lord Kinsborough, pues ella misma era de origen mexicano. A partir de ese momento, Zelia quedó prendada de las culturas mesoamericanas y decidió dedicar su vida a estudiarlas. Se formó en Europa, pasando por el Bedford College de Londres, y finalmente vendría a México en 1884 para sumarse a los especialistas del Museo Nacional, antecedente de nuestro actual Museo Nacional de Antropología. Nuttall también participaría en excavaciones y haría sus propios descubrimientos, entre ellos el hallazgo de cabezas de terracota en Teotihuacán y de un códice mixteco en una biblioteca particular que desde entonces lleva su nombre. Su reputación como una brillante estudiosa del mundo prehispánico no sólo se afianzaría en México sino en el extranjero, logrando el reconocimiento de figuras como Franz Boas, considerado el padre de la antropología, y colaborando con el Museo Peabody de la Universidad de Harvard.

“Como sucede a menudo en este país —el más surrealista del mundo, según la descripción de André Bretón—, en la historia de Coyoacán es difícil distinguir la realidad de la ficción. Uno de los mitos de mayo.”

Finalmente, Nuttall decidió establecerse permanentemente en nuestro país y eligió Coyoacán como su nuevo hogar. Cuando adquirió la casa que hoy nos ocupa, ésta llevaba el nombre de Quinta Rosalía, pero era frecuente escuchar historias sobre su pasado conquistador y fue así que, como buena antropóloga, Nuttall registró la tradición oral de sus vecinos. Pero a esta brillante mujer le debemos más que la recuperación de la leyenda de Alvarado, también fue gracias a ella que la casa se conservara para nuestro disfrute actual, ya que durante el porfiriato no tenían ningún empacho en demoler viejas construcciones novohispanas (no sería hasta la década de los 30 que la arquitectura civil del virreinato comenzaría a estar protegida como monumento histórico); conscientemente o no, al habitarla, Nuttall aseguró que siguiera en pie esta casona que se ha convertido en una de las más emblemáticas de la zona. A su vez, hizo modificaciones que han sumado a su atractivo como parada obligada en una visita a Coyoacán, entre ellas el jardín. Volcada a comprender el pasado indígena de México, Nuttall se interesó también por las prácticas de herbolaria que han perdurado a través de los siglos y comenzó a plantar especies medicinales utilizadas en nuestro país desde tiempos ancestrales. El espíritu del jardín botánico de Zelia continúa respirándose hoy en la sede de la Fonoteca Nacional.

Cortesía de la Fonoteca Nacional

El legado de esta ilustre vecina de Coyoacán sobrepasa la casa que vivió, incluso va más allá de cualquier expresión tangible de su trabajo antropológico y arqueológico, pues además de sus investigaciones, libros, y excavaciones, Nuttall impulsó un cambio de pensamiento en torno al pasado mesoamericano cuyo impacto es difícil de medir. Para ella la noción de que la cultura mexica era ante todo sanguinaria era simplemente inadmisible y, con una postura absolutamente revolucionaria para su época, cuestionaba la aseveración de que se tratara de un pueblo poco civilizado asegurando que esta idea partía de las preconcepciones de quienes se habían dedicado a escribir su historia y a las formas en las que se exhibían los hallazgos arqueológicos. Al hacerlo, de cierta manera se anticipaba a las corrientes de pensamiento que años después sentarían las bases para la historiografía y los estudios poscoloniales. 

La vida de Nuttall no sólo fue excepcional en el ámbito académico, sus luchas personales nos muestran también a un personaje que impulsó cambios para las mujeres. A los 31 años se divorció del también antropólogo Alphonse Louis Pinart, un hecho en sí mismo escandaloso para la sociedad de su época, pero además logró que la hija concebida en su matrimonio usara su apellido de soltera. 
No sorprende que este fascinante personaje inspirara a otro distinguido inquilino de la Casa de Alvarado. Entre 1923 y 1925 el escritor británico D. H. Lawrence pasó algunas temporadas en México y en una de sus tres visitas a nuestro país fue hospedado, aunque brevemente, por Zelia Nuttall. Maravillado por las culturas mesoamericanas, su experiencia mexicana dio como resultado La serpiente emplumada, un libro que como estudio histórico deja mucho que desear, pero es de gran valor para comprender la visión de un viajero que se encuentra por primera vez con las monumentales piedras del México antiguo. En sus páginas también se aprecia la fascinación que le causó una anciana que llevaba toda su vida estudiándolas y a quien inmortalizó con el nombre de la señora Norris. Descrita como una elegante estadounidense con aire de conquistadora, el texto de Lawrence es quizá el mejor testimonio que nos queda de la mujer que creó el mito de la Casa de Alvarado. EP

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