Becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas: La resurrección de una abeja

“Recuerdo ahora cómo me encantaba tomar refresco de naranja. En mi escuela servían refrescos en vasos de plástico que dejaban en filas sobre la barra de la tiendita. Ahí, con los empujones de los niños, los líquidos de diferentes colores generaban charcos, y encima de ellos se formaban nubes de abejas.”

Texto de 11/06/20

“Recuerdo ahora cómo me encantaba tomar refresco de naranja. En mi escuela servían refrescos en vasos de plástico que dejaban en filas sobre la barra de la tiendita. Ahí, con los empujones de los niños, los líquidos de diferentes colores generaban charcos, y encima de ellos se formaban nubes de abejas.”

El tiempo estaba para sentarse afuera, en mesas de madera, sacar los cigarros, pedir cervezas. El vaivén, el estruendo y el tumulto. Cinco personas como mejor pudieron acomodarse en una mesa cuadrada, al lado de una jardinera. De ésta se asomó una abeja, como decepcionada de la dulzura natural de las flores, que decidió aventurarse fuera de su hábitat para venir al nuestro, como si oliera algo más atrayente aún, producto de la mezcla entre lo natural y lo fabricado.

 Su instinto la guió hacia mi bebida, almibarada con pulpa de guayaba madura, y revoloteó alrededor. Yo seguía su camino con los ojos entre la plática. Notaba cómo se acercaba al borde recubierto de azúcar adherida con limón y a las fresas que yacían como guarnición encima de los hielos. 

“Desde los campos llegaba tal vigor que era difícil mantener los ojos sobre el libro”1.

El vigor de la placita y de las personas tomando sus cervezas, quizá después de una jornada que no les había traído mayor alegría que beber algo, por más pequeña que fuera la expectativa. Y ahí estaba yo también, parte del barullo del final del día, buscando el aligeramiento que brindan los amigos y el aire libre. Pero la conversación pasó a segundo plano para mí; los movimientos de la abeja habían atrapado mi atención y parecía poseída por algo que volaba en la periferia de la mesa.

¿Qué sentí yo por la abeja? ¿Había algo de compasión? ¿Molestia? ¿Celos? ¿Simple curiosidad? ¿Expectativa? Probablemente algo como: esperar que se comportara de una forma y ver cómo mis predicciones sí se cumplían a medida que la abeja se acercaba más. 

Ya no podía llevarme maquinalmente el vaso a los labios, el retumbe del animalito alado me había paralizado de alguna manera. Pero no era miedo, al menos no uno reciente. Yo sabía que, si no hacía ningún movimiento brusco, la abeja no tendría por qué picarme. El zumbido cerca de la mano no decía nada por sí mismo, la parálisis no había surgido de él, sino de mí. Como un flashazo, tuve de vuelta una imagen de la primaria. 

Recuerdo ahora cómo me encantaba tomar refresco de naranja. En mi escuela servían refrescos en vasos de plástico que dejaban en filas sobre la barra de la tiendita. Ahí, con los empujones de los niños, los líquidos de diferentes colores generaban charcos, y encima de ellos se formaban nubes de abejas. En una ocasión atravesé el patio con mi vasito de Fanta y, después de haber eludido balones y cuerpos, me encontré esquivando a una abeja que parecía tener especial fascinación por la bebida fosforescente. Olvidé todos los conocimientos sobre cómo pasar inadvertida y empecé a zangolotear la mano que cargaba el refresco, generando mis propios charquitos. La abeja debió sentirse amenazada y me picó en el monte de Venus de mi mano derecha, justo donde más se siente el hueso. 

Desconozco si todos los niños saben esto, pero al menos en mi escuela era conocimiento común: si te pica una abeja, hay que sacarse el aguijón y colocar algo frío en el piquete. Salí corriendo a buscar a mi hermana, apenas un año y medio mayor. Ella me sacó el aguijón y me puso lodito en donde antes se encontraba ese vestigio último de la intención de la abeja, antes de que el resto de su cuerpo muriera en otra parte. Esta abeja no revivió. Hasta donde yo sé, al menos, su aguijón es una especie de órgano sin el que la vida ya no es posible. Las abejas mueren porque sólo mediante la defensa de la colonia pueden lograr que sus genes se transmitan. Así que necesitan repeler al atacante, aunque eso signifique su muerte. 

“Esa mañana, las posibilidades para el placer parecían tan vastas y tan variadas que el formar parte de la vida sólo como una polilla, y no sólo eso, sino una polilla diurna, me pareció un destino difícil; su afán por disfrutar sus insuficientes oportunidades, patético”. 

¿Tienen los insectos afán de gozar? ¿Se les irá rápido el tiempo para percatarse siquiera de su corta permanencia en el mundo? Más bien, nos cuesta tanto salirnos de la experiencia humana que no podemos concebir el papel de otros seres vivos, porque su experiencia parece pequeña en comparación. 

“Eso era todo lo que podía hacer, a pesar del tamaño de los campos, la amplitud del cielo, los humos provenientes de las casas lejanas y la voz romántica de un barco de vapor en el mar”. 

No estoy tan segura del alcance de los insectos alados. Tal vez ellos son capaces de entrar a lugares a los cuales nosotros jamás seríamos invitados, como el rosal de un palacio o la cocina del vecino. Quizá nosotros estamos más limitados en el sentido de que hemos hecho de nuestros pies el modo de trasladarnos menos usado, y nuestros brazos se mueven hacia delante y hacia atrás, pero no nos propulsan hacia ningún lado. 

“Al verla, se me figuraba como si una fibra, muy delgada, pero a la vez pura, de la enorme energía del mundo había sido propulsada a su frágil y diminuto cuerpecito. A medida que cruzaba la ventana, yo imaginaba que un hilo de energía vital se hacía visible. Ella era poco más que, o sólo, vida”. 

¿Habrá, acaso, una cantidad determinada de energía en el mundo que compartimos todos sus habitantes? Nada se crea, nada se destruye, todo se transforma. Nunca me he puesto a pensar realmente en esta frase. Me imagino ahora extendiendo la mano hacia mis compañeros en otros cubículos, y pienso en el calor que emiten como energía que en algún momento pasó por mí y continuó su camino indetenible para hacer funcionar a alguien más. Tal vez parte de la energía con la que ayer subí las escaleras de cuatro pisos hoy se transformó en el diálogo de una obra de teatro. O quizá no funciona así. 

El destino de la abeja que se acercó a mi bebida no fue la muerte porque su intención no era la defensa, sino la exploración. Desde el borde azucarado asomó su cabecita hacia el jugo interior. Mi conocimiento de las abejas como seres sin las cuales todo nuestro ecosistema colapsaría me hizo tratarla con un respeto que casi rayaba en la reverencia. La dejé libre de olfatear y probar cuanto quisiera de ese coctel. Pero pienso —y digo pienso libremente, aunque no tenga idea de cómo funcionan los instintos de una abeja— que el olor la sobrepasó o exaltó, pues terminó cayendo en el licor. No reaccioné entonces, ni tuve el reflejo de querer salvarla; me limité a ver la escena final del ciclo de una vida que desconocía. No zangoloteé el vaso ni intenté hacer una especie de cuchara con mi mano. Al principio, sus movimientos eran defensivos, como si el líquido que la absorbía se tratara de una fuerza mayor (y quizá lo era) que buscaba jalarla hacia el fondo. Pronto su lucha cesó y se hundió, inmóvil. En el fondo del coctel amarillento, aplanada contra el vidrio del vaso, la abeja parecía haber sido vencida por el peso de la vida. La plática se volvió ruido de fondo y sólo atiné a ver a ese insecto sometido con sus patitas hacia arriba, así como dicen coloquialmente que quedan los muertos. 

“Era como si alguien hubiera tomado una perla de vida pura, la hubiera recubierto delicadamente con plumas y la hubiera hecho zigzaguear entre nosotros para mostrarnos la esencia pura de la vida”. 

Pienso ahora en todos los seres vivos como una cuenta de cristal en esencia, recubierta luego por vellos, plumas, carne, piel. ¿Qué sería la vida si hubiéramos nacido en cualquier otra forma? Si sentimos una especie de compasión por los insectos, ¿habrá alguien que sienta compasión por nosotros? 

“Pero a medida que estiré un lápiz para ayudarla a enderezarse, caí en la cuenta de que su fracaso y su torpeza eran sólo señales que auguraban la cercanía de la muerte. Bajé el lápiz de nuevo a su lugar”. 

El fracaso y la torpeza son sólo formas en las que nos enfrentamos a la muerte. Vi la definición de indefensión. La indefensión materializada en una abeja que no sabe nadar —lo que tampoco le habría servido de mucho— y que se ahoga, y su descenso es visible a través del vaso. El mundo más allá de la mesa, o tal vez sólo más allá de mí, parecía indiferente a esa perla que se hundía y cuya energía ya no residiría ahí. 

“Uno sólo podía ver los esfuerzos extraordinarios de aquellas diminutas piernas en contra de una fatalidad próxima que hubiera podido, si así lo deseara, sumergir a una ciudad entera. No sólo a una ciudad, sino a masas de seres humanos. Nada, supe entonces, tiene oportunidad en un duelo contra la muerte”. 

Como queriendo acercar un inútil lápiz, busqué lo más cercano a su forma. Tomé el popote de plástico, lo coloqué debajo del cuerpecito de la abeja y lo llevé a la superficie, con cuidado de no aplastarlo. Al llegar al borde de azúcar, como quien supera a un ejército, lo precipité hacia afuera y sobre una servilleta con el mayor cuidado que pude. Ahí postrada, en el centro de la mesa, estaba la abeja. Ahora todos la veíamos. Algunos me decían “no la toques”, aunque yo no tenía la intención de hacerlo. Después de un tiempo que ahora no recuerdo, empezamos a notar pequeños movimientos de sus patitas. La mesera vino a limpiar los recipientes vacíos y las servilletas sucias. Le dijimos “no te lleves esta servilleta, creemos que somos testigos de una resurrección”, o al menos de la salida de algo que parecía una muerte ante nosotros, inexpertos de la apicultura. Luego, los pequeños movimientos parecieron más bien convulsiones de cuerpo entero, hasta que la abeja pudo girar un poco hacia su equilibrio natural y, eventualmente, voló. 

“Así como la vida me había parecido tan extraña apenas hacía unos minutos, ahora la muerte era igualmente extraña. La polilla, después de haberse enderezado, ahora yacía compuesta, sin quejas, con decencia. Oh, sí, parecía decir, la muerte es más fuerte que yo”.

La abeja ya no volvió a aparecer por la jardinera. Quizá, después de todo, los insectos tienen alguna especie de impulsos similares a los conocimientos que nosotros adquirimos con la experiencia que se convierte en memoria, en un perpetuo errar y anotar, y la abeja se dijo a sí misma que ya no debía regresar a ese lugar. Quizá, como la polilla, había conocido la muerte o algo cercano a ella, pero pudo salir del líquido mortífero sabor guayaba y volar lejos de ahí, guardando su aguijón —y su muerte— para una ocasión alejada de la curiosidad y más cercana a la amenaza. EP

Todas las citas son de “La muerte de la polilla”, de Virginia Woolf. La traducción es mía.

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