Libros: Memorias de España 1937

En Libros les traemos fragmentos de publicaciones elegidas por los editores de Este País. En 1937, España luchaba su guerra civil (1936-1939). Eran tiempos peligrosos para visitar tierras ibéricas. Sin embargo, entre el 4 y el 17 de julio, se llevó a cabo el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en Valencia, Madrid y Barcelona. Y Elena Garro escribió sobre sus vivencias.

Texto de 26/07/19

En Libros les traemos fragmentos de publicaciones elegidas por los editores de Este País. En 1937, España luchaba su guerra civil (1936-1939). Eran tiempos peligrosos para visitar tierras ibéricas. Sin embargo, entre el 4 y el 17 de julio, se llevó a cabo el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en Valencia, Madrid y Barcelona. Y Elena Garro escribió sobre sus vivencias.

Fragmento de Memorias de España 1937, de Elena Garro, ©2019, cortesía otorgada bajo el permiso de Editorial Paralelo 21.

Entramos a Madrid por la Alameda de Osuna, en un atardecer dorado y polvoriento. El paisaje era plano y el cielo alto; unos árboles melancólicos daban la entrada a la ciudad palaciega construida en piedra gris. Los choferes, Paco y Antonio, nos depositaron en la puerta del hotel Victoria, en la Plaza del Ángel. Cruzamos el enorme portón de madera que llevaba a un elegante vestíbulo de piedra en el que desembocaba una escalera que conducía a un enorme salón con ventanas a la Plaza Santa Ana. El salón hacía de comedor y lugar de reunión. Junto a un muro había un piano…

Nos tocó una habitación en el tercer piso, con mirador a la Plaza Santa Ana. Todos teníamos miedo. “No temas, en Madrid solo caen obuses”, me aseguró Manolo Altolaguirre. El hotel tenía cortinas negras y estaba prohibido encender la luz antes de correrlas. “Son un blanco para los rebeldes que están ahí. Además, está la Quinta Columna…”. Eso de “Quinta Columna” me sonó a cuento fantástico. Luego supe que fue el general Mola quien inventó el término. Algún periodista le dijo: “No tiene usted sino cuatro columnas, general…”. Y él contestó: “Tengo la ‘Quinta Columna’ en Madrid”… Y la “Quinta Columna” alcanzó fama internacional, aunque nadie la vio nunca, ya que solo de noche disparaba…

El Congreso se abrió en Madrid en el auditorio de la residencia estudiantil. Había muchas cámaras de cine, y Gerda y Capa tomaban fotos a gran velocidad. La mañana era radiante y en el bar instalado en el patio del local se agolpaban durante los descansos los escritores, los fotógrafos y algunos ministros. Por ahí andaba Jesús Hernández, que no tenía cara de ministro de Educación, o al menos así me pareció. Vicente Huidobro estaba preocupado porque Pablo Neruda había prohibido dirigirle la palabra y, solo de escuchar su nombre, Pablo vomitaba fuego. Huidobro era amable, de maneras fáciles y conversación brillante, pero era chileno y las rivalidades son terribles. Lo encontré varias veces paseando solo por Madrid. Conversaba mucho con Carlos Pellicer, que lo llamaba “el Gran Huidobro”…

Al atardecer, José Mancisidor y Juan Marinello estaban tristes, se sentían discriminados porque no los habían nombrado presidentes de algo. Nicolás Guillén, en cambio, se paseaba risueño muy cerca de Alberti. Nicolás, de pantalón blanco, camisa blanca y sonrisa perenne, se sentía como pez en el agua. Nunca le sorprendí ningún gesto de mal humor. Pellicer continuaba elocuente, independiente y proclamándose católico a los cuatro vientos.

En la noche, los intelectuales se reunieron en los sótanos del hotel a discutir. Yo cabeceaba de sueño junto a una columna y escuché decir a Malraux, que estaba rodeado de un grupo pequeño: “Si el imbécil de Mancisidor lleva esa acusación contra Gide, me retiro del Congreso”. Jef Last, el joven secretario de André Gide, que combatía en España, aprobó sus palabras. José Bergamín dijo algo en voz baja y yo no dije a nadie lo que había oído. Recordé que Gide había escrito un famoso librito, Retour de l’URSS, en el que criticaba al sistema soviético y entendí el porqué Mancisidor quería hacer una declaración en contra de él. Fue casi lo único que entendí en el Congreso. Miré a Jef Last, muy rubio y muy delgado, en la penumbra del sótano, y recordé que alguien había cantado en la mañana:

Y los molinos de Holanda

giran, giran sin cesar,

preguntando con el viento

dónde se encuentra Jef Last…

Una señora vestida de negro, con el cabello cortado a “la garçon” y fumando en una boquilla larga, se me acercó. Su amabilidad me dejó aplastada. Era María Zambrano, la mejor discípula de Ortega y Gasset, después o antes que Julián Marías. Supe que había enojo con Ortega y que Bergamín le escribió una carta terrible a Victoria Ocampo, en cuya casa de Buenos Aires se alojaba el filósofo español. Ortega se había marchado de España y, hablando de la Guerra Civil, había dicho: “No es eso, no es eso…”. Esperaba una guerra diferente.

A María Zambrano la vi muchas veces en España, en México y en París, en donde en alguna ocasión se alojó en mi casa. Recuerdo que cuando desayunaba en la cama decía: “Elenita, hoy amanecí muy cartesiana…”. Ahora nadie la recuerda o solo hablan de sus gatos… María me pareció siempre una pitonisa. En el café de Pont Royal, en París, cuando le presenté a Adolfo Bioy Casares, me enfadé con ella porque no le gustó “ese señorito literato”. En una ocasión me contó que unos días antes de la guerra española vio las calles de Madrid con grandes charcos de sangre. Le creí, pues posee el don de la adivinación. La encontré la última vez en París, en mi casa: estaba triste, pero guardaba su inteligencia y su voz elegante…   EP

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