Las palabras también nos rescatan. Entrevista con Laura García Arroyo

En nuestro país se suelen señalar diversos déficits producto del sistema educativo, entre los cuales uno de los más recurrentes es el escaso vocabulario con el que nos expresamos: la mayor parte de la gente apenas utiliza alrededor de trescientas palabras de un arsenal léxico casi inagotable. Debido a ello se han emprendido diversos esfuerzos […]

Texto de 30/04/19

En nuestro país se suelen señalar diversos déficits producto del sistema educativo, entre los cuales uno de los más recurrentes es el escaso vocabulario con el que nos expresamos: la mayor parte de la gente apenas utiliza alrededor de trescientas palabras de un arsenal léxico casi inagotable. Debido a ello se han emprendido diversos esfuerzos […]

En nuestro país se suelen señalar diversos déficits producto del sistema educativo, entre los cuales uno de los más recurrentes es el escaso vocabulario con el que nos expresamos: la mayor parte de la gente apenas utiliza alrededor de trescientas palabras de un arsenal léxico casi inagotable.

Debido a ello se han emprendido diversos esfuerzos para robustecer el conocimiento y uso de las palabras, con lo cual podemos mejorar e incluso engalanar nuestra forma de comunicación verbal.

Como un empeño no sólo para no desaprovechar, sino acrecentar el gran universo léxico de nuestra lengua, Laura García Arroyo (editora, traductora, lexicógrafa, promotora de la lectura y coconductora del programa La dichosa palabra, de Canal 22) publicó su libro Funderelele y más hallazgos de la lengua (Destino, 2018), en el que relata sus felices encuentros con setenta y un palabras poco usuales, “para que las leas como quieras, cuando quieras y te adueñes de ellas. Son palabras para compartir y divertirse”. En conversación para Este País, la autora nos habló de su obra.

Ariel Ruiz Mondragón: ¿Por qué hoy un libro como el tuyo, en donde relatas las formas en que algunas palabras han llegado a ti en lo que llamas “un feliz encuentro”?

Laura García Arroyo: Siento que todos los libros tienen algo que contar y una idea que hizo que alguien se pusiera a escribir. No siento que ninguno sea imprescindible, pero en el variopinto mundo de las letras puedes encontrar algo que te guste, con lo que coincidas y te identifiques.

Este libro nació de una colección de palabras; yo, que me dedico a analizarlas, acompañarlas y estudiarlas, me di cuenta de que, además de las historias que conocemos de ellas y que son comunes (su etimología, cómo nacen, cómo crecen y evolucionan con el tiempo), todos tenemos una experiencia propia que nos acerca a algunas de ellas: no a todos nos suceden las mismas cosas con las palabras.

Yo escogí estas setenta y un palabras porque tenía una historia que contar con ellas y una reflexión que hacer al respecto. Me parecía, además, que tenían algo en común: son poco conocidas y se refieren a cosas muy cotidianas que nos rodean.

Lo que yo quería era ampliar el camino que llevo al querer contagiar la pasión por las letras y las palabras, y hacer una invitación a las personas para que pudieran establecer una historia con alguna de ellas. Les di éstas como muestra, pero que cada quien elija las suyas para emprender sus andanzas.

Me alegra que la gente sienta que, aparte de palabras y juegos, hay, sobre todo, historias.

Vinculas las palabras con tus recuerdos. Por ejemplo, presentas varios vocablos relacionados con el sismo del 19 de septiembre de 2017, cuando tu casa se derrumbó. Recupero una declaración: “Estas palabras terminaron rescatándome”. ¿Cómo encontraste esas palabras? ¿Qué alivio te dieron? ¿Cómo te rescataron?

La escritura de este libro está muy ligada, desafortunadamente, al evento que tuvimos en el país el 19 de septiembre de 2017 y que nos golpeó a todos. El proyecto nació en la Feria del Libro de Guadalajara de 2016, cuando me senté a platicar con el editor Federico Ponce de León, con quien fui viendo que existía una idea que había que ir pensando para definirla.

Tardé mucho en empezar a escribir porque se me cruzaron un viaje, una mudanza, etcétera, asuntos que te desvían un poco de la concentración. El temblor ocurrió cuando ya estaba metida totalmente en la escritura del libro, en la casa que después tuvo que ser demolida.

Hay un antes y un después. Antes, las palabras escritas (llevaba treinta y tres hasta ese momento) tenían un estilo y un tono, que eran en los que yo estaba en aquel entonces.

Perdí todo lo que había dentro del departamento, pero un día decidí subir porque necesitaba rescatar el libro. Mi casa se perdió, pero no quería perder mi libro: no quería perder todo. Tenía un sentimiento de “necesito recuperar algo”, y para mí eso eran, aparte de las escrituras de la casa, mis documentos y ropa básica para seguir adelante. Necesitaba tener algo que me ligara con lo que era mi vida anterior, y sentí que el libro podía ser una de esas cosas.

Cuando en otra casa prendí la computadora rayada que todavía tengo, apareció rescatado el documento que yo estaba escribiendo, y ahí la palabra “arrebujar”. Primero me dio una alegría inmensa saber que no todo estaba perdido, y luego también una tristeza terrible ver que yo estaba haciendo eso justo cuando todo se desmoronó a mi alrededor.

Después siguieron muchas semanas de intentar volver a escribir y retomar ese proyecto; si tanta ilusión me hacía, ¿por qué no empezarlo?

Pasé dos o tres meses con un shock postraumático, en un estado de emergencia y con una nueva prioridad: solucionar el lío en el que me había metido por perderlo todo, por tener un edificio que atender y por estar ahora involucrada con vecinos con los que tenía que resolver un problema. No podía dedicar tiempo a escribir porque no podía alejarme mentalmente de eso otro. Estuve en varias casas de amigos y lo intenté; llevé a todos lados mi computadora tratando de escribir.

Terminé por irme a España con mis papás para lograr un poco de calma, de serenidad, y para llorar. No me había dado a la tarea de llorar; no me lo había permitido en todo ese tiempo por la urgencia que tenía de resolver cosas. Cuando llegué a casa de mis papás, justo ese “arrebujar”, esa reflexión que llevaba sobre el hogar, me permitió cierta paz.

Me puse una rutina de escritura y me encerré, porque, además, no quería ver a nadie. Fue entonces cuando logré terminar este libro que, evidentemente, cobró otro tono.

Surgió así una manera mucho más personal de hablar del pasado, de mi relación con las palabras. Estaba mucho más sensible. “Tremofobia”, que era una de las palabras que yo había incluido, ya estaba escrita antes del 19 de septiembre, pero tuve que reescribirla porque tenía un tono demasiado burlón…

Es el texto más largo del libro…

Sí. Le pedí permiso al editor para alargarme un poco más, y por eso faltan cuatro páginas, que tendrían que haberse ido de portadilla, colofón y demás. Pero preferimos ocuparlas con ese texto.

También se incluyó “playo” porque las palabras no dejan de aparecer en la vida, y sentí que era una que había acompañado también a la elaboración de este libro.

Entonces, sí hay un rescate de palabras, que es la intención primera. Hubo un rescate físico, que fue cuando yo subí a ese departamento a recuperar el proyecto para poder culminarlo. Me hace muy feliz verlo ahora en físico porque significa que estoy aquí, que sobreviví a ese temblor y que la vida sigue. Creo que este libro es una parte de esa demostración.

¿Cómo me rescataron las palabras? Yo me quedé sin palabras durante bastantes días; después del temblor no podía describir lo que me pasaba. Luego identifiqué que con ellas uno puede definir también cómo está: triste, con miedo, con mucho vértigo, con angustia. Esas palabras me ayudaban un poco a comunicarme con las personas que estaban alrededor, y para poderles decir: “No puedo escribir” o “Necesito escribir esto”.

Las palabras también ayudan mucho a comunicar y a hacer sentir a la gente dónde está. ¿Por qué yo no estaba tan presente con la familia y con los amigos? Porque yo estaba muy mal. Entonces las palabras ayudan a poder, otra vez, abrir el mundo.

En concreto, este libro y su redacción, las palabras que faltaban, me ayudaron a volverme a concentrar en lo que yo soy, en lo que a mí me gusta, en lo que me iba a hacer aterrizar otra vez y volver a un camino con un horizonte nuevo, aunque con todo ese dolor a cuestas.

Pero volver a escribir también me hizo recordar que no sólo soy una serie de cosas físicas y materiales, sino que soy también lo que pienso y las palabras con las que lo pueda expresar.

Entonces sí fue un rescate real, porque me di cuenta de que este libro me volvió a ubicar, y una vez que lo entregué fui capaz de regresar a México y decir: “Aquí está mi libro. ¿Qué sigue?”. Pues imprimirlo, por supuesto, pasarlo al público, pero también volver a definir un montón de proyectos que en ese momento tenía en blanco, con un horizonte engorroso. Esta obra me permitió establecer otra vez los colores, las piezas, las letras para seguir caminando.

Así pues, le debo mucho a este libro, a las palabras y a lo que me hizo sentir al escribirlo.

Voy sobre otro aspecto del libro: su tono gozoso, de mucho humor. También mencionas ser un poco malhablada. ¿Cómo te sirvió para expresar estas palabras ampliamente desconocidas?

Me gustaba sentir que podía dar rienda suelta a la libertad de escribir cada una de las palabras con el suceso que había permitido que estuvieran en mi vida. Unas son más serias, otras más alegres, algunas más coloquiales y otras anecdóticas.

Algo que me define en la vida en general y en la escritura en particular es la ironía. Soy una persona muy irónica y con un humor que raya en lo negro, lo cual no me atreví tanto a poner aquí. Siento que una manera de disfrutar del conocimiento es divirtiéndose; a mí me ha servido mucho para acercarme a él, a los libros, a las letras, para poder memorizar y establecer una relación afectiva con los datos que llegan a mí.

Muchas de las anécdotas que cuento tienen ápices divertidos y algunas hasta surrealistas; me parecía que eso se tenía que transmitir en la escritura y con las palabras que usara.

Me río mucho de mí, por supuesto, porque es algo que hago ante accidentes y vivencias que me pasan con la gente que me ha rodeado, que me ha aportado cosas buenas y malas, y que ha hecho de mí lo que soy.

Creo que al dar ejemplo de algunas cosas que me han pasado puedo también sentir la libertad de hacer un acto de memoria y poder establecer conexiones con las palabras. Se trataba de llamar la atención en el hecho de que las palabras tienen vida propia y nosotros les podemos dar matices para que nos acompañen en nuestra vida, y no son meros trazos y cosas que se pronuncian al azar, por lo que hay que ser más conscientes, más precisos, más cuidadosos a la hora de elegir y observar las palabras. A lo mejor no necesitamos utilizarlas, pero sí por lo menos darles un cariz, un momento, una situación, un reposo, porque me parece que el que hayan llegado hasta nuestros días es muy meritorio.

Entonces, ¿por qué no dedicarles un poquito de tiempo?

En Funderelele y más hallazgos de la lengua también hablas de la glosofobia y cómo encontraron el nombre para La dichosa palabra. También te refieres a tu experiencia como editora y a tu trabajo con diccionarios. ¿Cómo te sirvieron esas experiencias para este libro?

Soy muy exigente. Me gusta que haya un initio que provoque que sigas leyendo, un desarrollo en el texto que te permita añadir algo a tu vida y a tu conocimiento, es decir, datos, pero no uno tras otro como en una lista, sino enlazándolos de tal manera que llegues al ¡ahhhh!… Quiero provocar ahes en el lector, y luego un cierre que lo deje con una sonrisa, pero sobre todo que le provoque hacer algo después que implique investigar, pensar, reflexionar y dárselo a contar a alguien. Me gusta esa manera de terminar: con un guiño, con una provocación o con una invitación a seguir hablando de palabras.

En algunos casos he sido un dolor de muelas para los editores de Destino, porque al ser yo editora quería editar un poco mis textos; pero es muy difícil hacerlo con uno mismo, pese a que hay que aceptar la visión de otro aun cuando tienes tan claro lo que quieres comunicar. Al final, sobre todo cuando me dieron las pruebas, pasamos un día entero en mi casa el ilustrador, el editor y yo negociando qué cosas tenían que ir. El editor tenía que hacer como de policía malo y decir: “Éstos son el espacio y el tiempo que tenemos, esto es lo que queremos, ésta es nuestra experiencia y sabemos lo que funciona”. Así, ahora agradezco muchísimo que ellos hayan cambiado el título, porque yo tenía unos muy ñoños, como Palabras que no sabías que sabíasPalabras que necesitas saberPalabras invisibles, y Avistamiento de palabras. Creo que Funderelele es un gran acierto. Me daba mucho miedo que la gente no pudiera recordar esa palabra para pedir el libro a la hora de comprarlo, pero al final se ha convertido en la abanderada de todas esas palabras y la justificación de por qué quiero que lo leas.

Entonces me pareció que mi experiencia me servía para bien y para mal; es una deformación profesional que a uno le hace ser más exigente y, a la vez, más cuidadoso. Creo que se hizo un gran equipo con Emmanuel Peña, con quien ya había trabajado mi primer libro, Enredados, y habíamos hecho una muy buena mancuerna. Me encantó todo lo que él aportó, ya que yo no había podido dar con ciertas palabras, y completó el trabajo estupendamente con ilustraciones, y pienso que aquí en Funderelele lo volvió a hacer. Además de ser un editor maravilloso, es muy cuidadoso, muy atento, muy apapachador. Ha sido mi editor en los dos libros y me parece muy curioso el triángulo que establecimos y que hizo que nos queramos más.

Al inicio del libro das cuenta de un fenómeno muy extendido: sólo usamos alrededor de trescientas palabras para nuestra comunicación diaria, mientras que un 99.99% del vocabulario se queda en el diccionario. ¿Cómo explicas esto?

Nos hemos vuelto flojos y distraídos —ahora hay muchas más distracciones a nuestro alrededor—, y no nos tomamos el tiempo para detenernos a pensar cómo se dicen las cosas. Twitter, por ejemplo, nos ha hecho ser muy sintéticos, lo cual está muy bien, pero sin olvidar otros ejercicios de redacción, de reflexión, de explayarnos con las palabras. Siento que ahora, en lugar de añadir esas herramientas que son muy útiles y poderosas, lo que hacemos es imponerlas, con lo que se están eliminando maneras de comunicarnos. Siento que algo que podría ayudarnos a sumar, lo que está haciendo es restar. Me da un poco de tristeza porque, si bien creo que nuestro vocabulario pasivo, es decir el que reconocemos pero no utilizamos en nuestra comunicación diaria, es más amplio que esas trescientas palabras, se queda ahí nada más. Corremos el riesgo de que desaparezca de nuestra mente. Yo soy de la idea de que las palabras que usas te ayudan a definir tu mundo; entonces, si reduces tu vocabulario, también lo haces con tu mundo.

Este libro también me parece importante para definir una serie de conceptos, porque en lugar de usar palabras porque no las conocemos, lo que hacemos es usar definiciones. Ahora que estamos tan obsesionados con economizar en el lenguaje, ¿por qué usar “cuchara” para nombrar aquello con lo que se sirven helados en lugar de “funderelele”? Son mucho menos letras y es algo mucho más preciso. Ahí me parece que hay una paradoja y una contradicción que quería señalar con este libro: si tanto te preocupa usar pocas palabras, ¿por qué no usas las que son? Y éstas no están siendo sustituidas por el inglés: no hay palabra inglesa que designe “funderelele”…

Dices que esa palabra no está en los diccionarios…

No está, y nos encontramos luchando para que esté. Creo que no está porque también hay un vacío: no sabemos de dónde surgió y no hay manera de registrar su origen. Pero hay un montón de palabras en el diccionario que están como de origen incierto. ¿Por qué no añadir ésta en este mundo donde nos cuesta tanto inventar palabras tan ricas en cuanto a sonoridad y vistosidad?

También dices que algunas palabras te llegaron por Twitter, “campo fértil de batalla, magnético y semántico”. En un texto señalas que el idioma se democratizó “porque la red es donde más se comparten ahora las palabras”. ¿Cuáles son las venturas y las desventuras del idioma en las redes sociales?

En mi libro Enredados aparece un ensayo sobre eso, y lo que digo ahí es que las redes sociales han permitido que la gente lea y escriba más. Se está escribiendo más que nunca; el problema es que estamos utilizando las mismas palabras para hacerlo, y nos quedamos con ellas. Se está jugando mucho con el lenguaje; a mí me llama la atención la manera que tenemos de comunicarnos con gente con la que de otro modo no podríamos hacerlo. Hemos pisado el acelerador y el idioma está extendiéndose y evolucionando mucho más deprisa que antes, y esto tiene consecuencias. Todavía no sabemos cuáles, pero las redes sociales son responsables de ello.

Lo que digo es que no todo en las redes es malo; pongamos más el foco en lo bueno y lleguemos a un equilibrio. Tampoco quiero ser la Madre Teresa de Calcuta diciendo que todo es bueno, pero logremos un equilibrio. Siento que las redes sociales tienen una manera muy buena de ayudarnos en eso.

En tu texto sobre la tija y las bicicletas dices: “Podríamos aprovechar esta ocasión para que los ciudadanos usen un vocabulario más rico y preciso. Tenemos un gran reto”. ¿Cómo enfrentarlo?

Bueno, Funderelele es mi idea para aportar ese granito de arena con el que creo que tenemos que contribuir cada uno. Yo puedo decir muchas cosas, pero si uno no quiere escuchar o no las quiere poner en práctica, de nada sirve.

Yo siempre he defendido que hay que ser mucho más responsables, prudentes y conscientes del lenguaje, de las palabras que utilizamos, porque son las que nos definen. Si quieres dar una imagen de ti, no sólo cuides cómo te vistes, cómo te peinas, cómo hueles, sino también cómo te expresas, porque eso es lo que la gente va a recibir de ti.

Con Funderelele busco demostrar a la gente que las palabras no solamente están en los libros y en las escuelas, sino que están continuamente en todas partes y nos rodean, por lo que nada más hay que estar más despiertos, más atentos y más observadores para descubrir y sorprendernos con una palabra. Yo simplemente doy ejemplos y muestro que constantemente están ahí.

Entonces, éste es mi granito de arena, aparte de toda la labor que evidentemente hago al hablar de los libros y las palabras que me gustan. Todo lo que hago trato de verterlo siempre hacia ese lado, y claramente Funderelele es una de esas propuestas. EP

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