La de Carmen Boullosa, una Eva hacedora de su propio destino

Irma Gallo entrevista a Carmen Boullosa, escritora mexicana con una trayectoria asombrosa, sobre su libro más reciente: El libro de Eva.

Texto de 27/11/20

Irma Gallo entrevista a Carmen Boullosa, escritora mexicana con una trayectoria asombrosa, sobre su libro más reciente: El libro de Eva.

Su voz viaja por la fibra óptica desde Brooklyn y llega, levemente distorsionada, hasta mi teléfono fijo en la Ciudad de México.

Me maldigo (bueno, sólo un poquito) por no haber hecho esta entrevista unas semanas antes, cuando ella todavía estaba en su casa de Coyoacán y las líneas telefónicas no me estarían jugando esta mala pasada.

La pandemia y el encierro ya duraron más de lo que cualquiera pudo haber imaginado, aun en las fantasías más distópicas, y ella tuvo que regresar a su otra casa, en Nueva York, lugar de nacimiento de su esposo, el historiador Mike Wallace.

Pronto la estática disminuye en la línea telefónica y la escucho mejor.

Sólo quien no conoce la vocación de Carmen Boullosa (Ciudad de México, 1954) por revisitar la historia y darle una buena revolcada en el barro luminoso de su ficción, se sorprendió cuando vio su más reciente novela, El libro de Eva (Alfaguara, 2020).

La poeta, narradora, académica, guionista y conductora de televisión (co-conduce un programa de televisión en CUNYTV que se llama Nueva York, y que ha ganado 5 Emmys, https://tv.cuny.edu/show/nuevayork), ha narrado en sus novelas las historias de los piratas (Son vacas, somos puercos: filibusteros del mar Caribe, Era, 1991), de Moctezuma (Llanto, novelas imposibles, Era, 1992), de una gitana espadachina (La otra mano de Lepanto, Fondo de Cultura Económica, 2005) y de una casa donde pasa un cura revolucionario durante la gesta independista, un general de Porfirio Díaz en la Revolución y un nuevo rico de la época actual (Las paredes hablan, Siruela, 2010).

Con dificultades en un principio (confiesa, en entrevista para Este País, que “no encontraba el tono ni qué hacer” con la investigación que ya había emprendido), en El libro de Eva, Boullosa reescribe la historia del polémico personaje del Génesis al que, asegura, sólo dejó hablar: “escuché la voz y ocurrió eso que es muy reconfortante para un novelista, que es: nace la novela aunque tú no la estuvieras buscando; parece que ella te está buscando a ti, y toda la fase de escritura y de construcción, incluso en sus pasajes más áridos, más dolorosos, de violencia doméstica, de la pérdida del hijo, la pérdida de su propia voz, todo eso no fue para mí sino ese extraño placer de escuchar la voz de los personajes y de verlos obtener su propia inercia y su propia espesura”.

Esta voz de Eva a la que Carmen Boullosa escuchó, dio forma y pulió con toda la talacha del escritor (borrar, tachar, corregir, reescribir), es la de la mujer que se aventura, por decisión propia (no porque la hayan expulsado), fuera del Edén. Es la mujer que detona la acción, lo que luego se volcará en su contra. Es la que dice cosas como:

“Su miedo de nosotras, su miedo porque dábamos la vida, porque nosotras nos hacíamos cargo de los guisos y los cadáveres; su miedo de nuestros labios rojos y nuestra belleza, su miedo ante el atractivo que sentían por nosotras y nuestro inmenso, inmenso placer”.

Pero cuando le pregunto a su autora si El libro de Eva es una novela feminista, hace una larga, larga pausa —y mientras yo sudo creyendo que ya se cortó la comunicación desde Brooklyn, por culpa del teléfono fijo de mi casa, que ya nunca uso y por ello es una especie de reliquia— pero luego, para mi alivio, la escucho responder:

“El feminismo es un movimiento histórico, y en ese sentido yo no le pondría a Eva ‘feminista’. La dejaría a ella contar su propia historia. Es posible que la autora sea una feminista —esa soy yo—, porque es la que le dio la oportunidad a Eva de hablar. Pude habérselo impedido”.

Fiel a su vocación académica, Carmen Boullosa de pronto introduce una referencia que desconozco por completo.

“Una novela provoca más preguntas que una respuesta. Decir que la novela es feminista es como si yo diera una respuesta. El feminismo no es ya lo que pensó Flora Tristán, que por cierto, Flora Tristán, y los sansimonianos, decían que si había dios tenía que haber sido mujer”.

(Corro a averiguar quién era Flora Tristán y me encuentro con una joya de personaje: una intelectual que vivió a principios del siglo XIX y que luchó por los derechos de las mujeres de las clases trabajadoras y propuso empatar esta lucha con la de los obreros; pero esta historia será, quizá, tema para otro texto).

“En El libro de Eva hay cuestionamientos, hay muchísimas dudas”, continúa la escritora “y no es tampoco un recetario, sino que siempre es una indagación. Yo creo que esta novela es una indagación; es una novela”. (Cuando dice la última palabra, pronuncia las sílabas por separado: no-ve-la). “Y la autora es mujer y le dio la voz y la razón a Eva; por lo tanto, ella inclina la balanza”.

¡Vaya que inclinó la balanza hacia Eva! El personaje al que Carmen Boullosa ha dado voz no fue creada de la costilla de Adán; sabe gozar de la vida (crea su clítoris con una semilla de la manzana y luego, cual debe de ser, se engolosina con él); es independiente, valiente, fuerte, y por si fuera poco, es la que transforma la materia (averigua que los alimentos saben mejor una vez que el fuego ha actuado sobre ellos y a partir de entonces los cocina); es la que pare y la que acciona.

No debería extrañar a nadie, entonces, que Adán esté siempre enfurruñado, hasta que de plano se convierte en un hombre violento:

“Hay que ser honestos con Adán”, dice la autora, “la batuta, incluso cuando no habla, la lleva Eva. Supongamos que ellos son dos frutos del Edén: ella alcanza a madurar y cae, madura, en la experiencia de probar la manzana. No sabe qué es, pero es quien vive en su propia historia. Mientras que Adán es casi su sombra. No es dueño de su propia historia”.

En esto, advierte Boullosa, sí respetó la versión de la Biblia, ya que en ella Adán no decide comer la manzana ni mucho menos irse del Edén.

“Digamos que en la versión bíblica Adán es una víctima, no un hacedor de su propia historia, mientras que Eva, incluso en esa versión —en la que evidentemente no creo—, Eva sí es la hacedora de su propio destino porque toma la manzana mal aconsejada por la serpiente, que de alguna manera es casi el cuerpo de ella. ¿Por qué la serpiente viene a ella? De alguna manera hay una analogía de la maldad femenina”.

Adán, por su parte, recibirá una historia “que le es ajena”, continúa la autora de Cielos de la tierra (Alfaguara, 1997), “y creo que sería una manera de entender que esa construcción de la masculinidad que refuerza y a la que invita a consolidar el texto autorizado del Génesis lleva implícita una masculinidad débil, que sólo se puede afianzar por medio de la creencia de que Eva intrínsecamente no es el bien, es la que le ha traído el fastidio de una vida que él no escogió”.

Es entonces que, en la novela, Adán “procura la violencia y procura el rencor, y es su sustancia”, dice.

Pero Adán no es el único varón que se comporta de forma cruel en la historia que Carmen Boullosa ha decidido contar. Baste leer estas líneas para darse una idea de cómo son los hombres (la mayoría, por lo menos) en El libro de Eva:

“Y de vez en vez mataban a alguna mujer, repitiendo la carnicería brutal que practicaban ya como norma entre animales. Mataban a cualquiera, las de faldas rígidas, las que no podían andar a solas; las iban a sacar de casa”.

Abel, quien según la Biblia —que todo lo pinta en blanco y negro— es la víctima inocente de su sanguinario hermano Caín, en la interpretación de Boullosa es quien ejerce crueldad, quien viola a su propia hermana, Ara. Por su parte, Caín es el hijo que procura los cuidados, el que protege.

“Caín es el amigo de lo que la tierra nos da; el agricultor. Abel es el que tiene un rebaño; el que cuida animales. Y no es que los cuida, es que los domina y los usa. Caín está en diálogo con la tierra. En un diálogo que sí es productivo porque obtiene las plantas y el cultivo pero no las obtiene con la esclavitud de la tierra o con el lazo, el bozal, el látigo y el cerco del corral”.

La autora advierte que esto no justifica el asesinato; sin embargo, dice que Caín “la tiene muy difícil porque tiene ese padre —que está muy difícil ser hijo de ese Adán— y tiene una dificultad con ese hermano, que es hijo del rencor del padre; no es hijo de la generación de la vida, sino de lo que genera el rencor”.

Boullosa está consciente de que la suya es una lectura distinta del mito original. “No perdono a Caín, aunque Caín es peculiar porque es un personaje de un enorme material literario. Pienso en las referencias continuas que hay en la literatura porque sí es un personaje muy inquietante: el agricultor que mata”.

Carmen Boullosa volvió a acudir a la Historia. En este caso, a la de un mito al que se le había atribuido el papel de la pecadora que provocó el desastre en el que, desde entonces, está sumida la humanidad. Y no ha escrito una novela lineal ni complaciente. La anécdota se cuenta en los diez libros de Eva, pero también hay un grupo de testimonios, escritos en pedazos sueltos de papel, en los que sus hijas e hijos, y hasta el propio Adán, contribuyen al relato, cuestionándola y en ocasiones hasta contradiciéndola.

Desde ese norte muy norte en el que pasa la mitad de la vida me llega su voz, que reitera:

“Quiero creer que esta novela es una novela, no un panfleto. Le podríamos poner todas las etiquetas que queramos, pero yo, en mi posición de autora, prefiero verla encuerada, sin etiquetas. Es una novela encuerada, como Adán y Eva en un principio, antes de tener que cargar con esas pieles de seres muertos con las que los viste el trueno, el saber supremo que dejan atrás”. EP

Carmen Boullosa. El libro de Eva. Alfaguara, 2020. 338 páginas.

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