El pozo y la mujer ciempiés

Una mujer ciempiés visita con frecuencia a Irene. Esteban insiste en que son sólo pesadillas. Irene nunca se había acercado al pozo que estaba en el jardín, pero un día Esteban decidió limpiarlo. Y el jardinero sólo le dijo a Irene: “cuídese”.

Texto de 30/09/21

Una mujer ciempiés visita con frecuencia a Irene. Esteban insiste en que son sólo pesadillas. Irene nunca se había acercado al pozo que estaba en el jardín, pero un día Esteban decidió limpiarlo. Y el jardinero sólo le dijo a Irene: “cuídese”.

La primera noche que la mujer ciempiés te visitó llevabas varias horas con el sueño inquieto. Por más que te removías bajo las sábanas no lograbas encontrar una posición cómoda para tus brazos, tu cuello, tus piernas. Afuera, en el jardín, se humedecía la tierra y las flores dormían. Cansada de forcejear con el sueño, estabas por levantarte para ir por algo de beber cuando la viste: ella se deslizaba por el piso con el movimiento silencioso de sus patas, delgadas ramas de pesadilla que parecían encerrar una convulsión en cada paso.

¿No la viste? le preguntaste incrédula a Esteban luego de despertarlo con tus gritos. Él te miró confundido, como era de esperarse. Vuelve a dormir, dijo. Te aseguró que algo de tu pesadilla se había arrastrado hasta la vigilia, que no tenías nada de qué preocuparte. Tú asentiste y te tapaste de nuevo con las sábanas. 

El día siguiente lo pasaste casi por completo en el jardín. Cuando caminabas entre los crisantemos, las caléndulas, las dalias, encontrabas una paz inaccesible para ti en cualquier otro momento. Te sentías tranquila bajo la sombra de tus árboles torcidos, a quienes dabas un amor que no le dabas a nada más en el mundo, ni a tu marido, ni a tu trabajo. 

El único lugar del jardín al que no me acercaba era al pozo de piedra. Era antiguo y eso me inquietaba. No me gustaba su inmovilidad, su dureza, sentía que desentonaba entre tanta cosa viva que yo tenía en el jardín. Además, lo sabía lleno de telarañas pegajosas, de gusanos y sus huevecillos brillantes y gelatinosos. Sabía bien que las mismas cosas se escondían entre las flores, pero sus texturas y aromas eran suficientes para que me olvidara de eso. 

Después de esa primera noche pasaron varias semanas sin que la mujer ciempiés volviera a aparecerse. Conforme transcurría el tiempo ibas aceptando la versión de Esteban: que todo había sido un sueño, algo que sólo existía en tu cabeza. Llevabas algunos meses intranquila, con la mente nublada y el sueño inquieto, era entendible que tuvieras pesadillas, eso te decía Esteban mientras pasaba los dedos entre tu cabello: pero no debes olvidar que sólo son eso, Irene, sueños. 

Sólo sueños. 

Fue también por aquellas fechas que ocurrió el incidente de la fiesta con los amigos de Esteban. ¿Por qué le reclamaste no haberte invitado, cuando fuiste tú quien dijo desde un principio que no podías ir porque estabas muy ocupada? Claro que le dijiste eso, Irene, unos días antes del evento. ¿Acaso es posible que lo hayas borrado de tu memoria? Probablemente no le pusiste atención a Esteban cuando te habló, como acostumbrabas hacer. 

Desde que nos mudamos aquí ya circulaban historias sobre el pozo. Recuerdo que el hombre encargado de mostrarnos la casa nos habló de él con entusiasmo, nos dijo que era un detalle que volvía único a este lugar. Mi marido lo escuchaba con atención, parecía darle importancia al valor histórico de aquellas piedras. Yo, en cambio, me sentía indiferente. Lo que a mí me entusiasmaba era el jardín, pensaba que ahí podría jugar el perro que siempre quise tener. Mi marido expresó su agrado por el detalle del pozo. Sólo tendremos que tener cuidado cuando lleguen los niños, dijo. Yo lo miré desconcertada. Es broma, me dijo irritado, ya sabes que lo digo de broma. 

Tú te dedicabas cada vez con más ahínco a tu jardín, a cortarles las ramas secas a los arbustos, a recoger la hojarasca que se acumulaba a los pies de los árboles. Perseguías al sol para encontrar el lugar más adecuado a los caprichos de tus flores, las protegías de los insectos. Esteban te observaba desde la casa, con una resignación empapada en celos de cómo tocabas a tus plantas, de cómo les hablabas. Te observaba recorrer con los dedos las vetas de sus hojas, los nudos de sus tallos, acercar el rostro a sus flores para olerlas, con la boca sólo a unos cuantos centímetros de sus pétalos.

Adentro de la casa te movías con los nervios destrozados, de malas, y Esteban tenía que andar de puntillas a tu alrededor para no alterarte, de puntillas con las palabras y los gestos porque de un tiempo para acá veías provocaciones en todas sus actitudes contigo. Tan sólo en las últimas semanas habías acumulado conflicto tras conflicto y los habías lanzado sobre él como si fueran piedras: que si no era atento, que si no te involucraba en su vida lo suficiente, que si no era amoroso contigo. Demasiadas cosas, Irene, como si no supieras que Esteban se desvivía por ti.

¿Qué es lo que buscabas cuando interrumpías la paz de la casa con tus ganas de discutir? Como aquella noche que estaban tan a gusto: habían pedido algo de cenar, se sirvieron una copa y se tiraron en el sillón a ver una película. Era una noche tan agradable. ¿Por qué, entonces, tu comentario? Si todavía estabas enojada por lo de la fiesta podías haber elegido otro momento para sacarlo a tema. Además, Esteban pensaba que ya todo había quedado claro: te explicó que no te dijo nada sobre la fiesta porque sabía que muchos de sus amigos no te agradaban, creyó que no estarías cómoda. Estaba pensando en tu comodidad, en nada más que eso. Parecía que con tu reclamo sólo desearas herirlo, y lo conseguiste. Esteban también tenía sus límites, era entendible que se molestara, que ya no quisiera ver la película, que se alejara de ti. 

Él acabó de cenar en la cocina y tú en la sala. Luego se fueron a dormir en silencio, enojados, sin haber terminado la película. Esteban se quedó dormido a los pocos minutos de meterse bajo las cobijas, pero tú no pudiste hacer lo mismo. Te resignaste a permanecer tumbada con los ojos abiertos, mirando las sombras de tu cuarto, escuchando a los grillos del jardín, hasta que el agotamiento te arrastrara con violencia a un falso descanso, del cual despertarías quizá todavía más exhausta que la noche anterior. 

En algún momento se te cerraron los ojos y dormitaste, hasta que un viento ligero en el rostro, acompañado del sonido de algo que se deslizaba por el suelo, te despertó. Abriste los ojos, pero no había nada en el cuarto más que las siluetas oscuras de los muebles y los ronquidos de Esteban a tu lado. Volviste a cerrarlo

s, tratando de mantener un ritmo de respiración pausado que te condujera con delicadeza a través de las aguas oscuras del sueño. Te sentías casi llegando a la otra orilla cuando el golpe de un instinto primitivo te obligó a abrir los ojos otra vez, de tajo, y ahí estaba ella. Apareció primero su torso desnudo, su parte humana (o humana hasta donde puede llamársele así, con sus dos pares de brazos) que desplazaba poniendo una mano después de otra sobre el piso. Después del torso humano seguía el insecto: varios metros de un cuerpo segmentado que apenas parecía rozar las superficies. Salió de abajo de la cama, escalando la base por un costado, y se puso a los pies del colchón, su cabello largo, negro y lacio rozando la superficie de las sábanas. El resto de su cuerpo —casi la mayor parte del insecto— se quedó en el piso, y tú te imaginaste la longitud de aquel esqueleto imposible, enrollado debajo de tu cama en una espiral oscura y vertiginosa. 

Se repitió la escena de su primera aparición: tus gritos, Esteban despertando con alarma, tú incrédula ante su incapacidad de ver a la mujer, sus manos acariciándote el cabello, su voz pausada intentando arrullarte. Sólo fue un sueño, Irene.

Teníamos un jardinero, un hombre viejo y lacónico que era un mago de las plantas. A mí me gustaba ayudarle a cuidar del jardín y solía hacerle preguntas a las que respondía de forma escueta, pero con tono amable. Una tarde, mientras podábamos unos arbustos, le pregunté por qué desatendía tanto el área que rodeaba al pozo. Había notado que la maleza crecía descontrolada a su alrededor, ascendiendo por la piedra, abrazándola, penetrando por cada una de sus grietas. A mi marido no le gustaba eso. A este paso va a terminar pareciendo un arbusto gigante, decía. El jardinero era un hombre pulcro con su trabajo y me extrañaba que permitiera esa situación. Él tardó en responderme cuando le pregunté el porqué de su negligencia. Las plantas adormilan al pozo, dijo al fin, y así nos deja tranquilos a los vecinos.  

¿Te acuerdas, Irene, cómo no te podías desprender de ciertas ideas? Te acompañaban como una piel vieja que te rehusabas a mudar. Y era como estar cargando tu propio cadáver todo el tiempo, lo arrastrabas a la cocina, al trabajo, a la cama con Esteban. No podías dejar atrás tu coraza como veías que hacían los saltamontes, las libélulas, las cigarras. No era poco frecuente que te encontraras sus cáscaras vacías regadas por el piso, sus pieles abandonadas, transparentes y resecas. Te gustaba tomarlas entre los dedos para pulverizarlas, frotando el índice contra el pulgar.

¿Por qué siempre tenías un problema, Irene? Ahora salías con que Esteban no te había avisado que vendrían temprano los trabajadores para hacer las remodelaciones en la casa. Te avisó, claro que te avisó que iban a venir en la mañana, no era su culpa que estuvieras en pijama cuando llegaron, ¿por qué le reclamabas eso? Estabas siempre predispuesta a ver lo malo, esa es la verdad. No bastaban las palabras de Esteban, aunque hablara horas contigo, aunque se estuvieran horas discutiendo cuando tenían un problema, no era suficiente. Pobre Esteban, soportando cómo le dabas vueltas a las cosas, cómo te enrollabas en las palabras y te hacías una espiral de incertidumbre e inseguridad. 

En las mañanas ibas a trabajar sin entusiasmo. Te sentabas frente a tu escritorio y el resto sucedía por inercia. En las tardes, ya en casa, despertabas un poco del letargo y te dedicabas al jardín: no sólo a cuidar de las flores, también luchabas con las plagas que venían una vez cada tanto. En las noches la mujer ciempiés comenzó a hacerte visitas más frecuentes. Primero una vez a la semana, luego cada tercer día, después casi diario. Y te hablaba. O al menos creías que intentaba hacerlo. Veías como abría y cerraba la boca, con la mirada clavada en tu rostro, pero no conseguías encontrarle sentido al movimiento de sus labios. 

Para celebrar que cumplían años de casados, Esteban y tú decidieron irse de viaje. Tú elegiste el lugar: una ciudad pequeña y colorida, famosa por sus jardines de cactáceas. Hiciste tus maletas con gusto. Te emocionaba ver a esas criaturas que sabían sobrevivir entre lo más extremo y lo más árido, que incluso en muchos casos tenían la osadía de coronarse con una flor aunque su aspecto fuera el de tumores o de verrugas cubiertas de pelo. Además, había algo en ellas que te hacía gracia. Quizá por su variedad de formas: redondas, alargadas, chaparras, muy altas, aplanadas; su existencia te parecía una suerte de broma. Disfrutabas al caminar sobre la grava de los pasillos del jardín y después en la recepción del hotel, repleta de macetas llenas de esas criaturas ridículas y altaneras. 

El cuarto que les asignaron era amplio, limpio y fresco. Lo mejor para que te sintieras feliz siempre, Esteban se desvivía por ti. Pero a pesar de eso terminaron discutiendo la primera noche de aquel viaje. Bajaron a cenar al restaurante del hotel y de pronto su conversación se tornó hostil. Sabías que Esteban no era dado a las demostraciones públicas de afecto, Irene, siempre lo supiste y no te importaba. Él te amaba porque sabías comprender sus distanciamientos, sabías dejarlo tranquilo. ¿En qué momento cambió eso? No era justo que pretendieras que él cambiara ahora, no de forma tan radical. Además, ya no eran una pareja de veinteañeros desbordando miel y deseo, era de esperarse que las cosas fueran un poco más sobrias ahora. ¿Es que acaso no podían cenar tranquilos?

Ya en el cuarto, tú seguías molesta y Esteban se sintió tan abrumado que tuvo que salirse a fumar al patio del hotel. Estaba herido porque parecía que nada de lo que tenía para darte era suficiente. Tú, cuando te viste sola en la habitación, te asomaste abajo de la cama, preguntándote si la mujer ciempiés habría conseguido seguirte hasta allá, pero no encontraste nada.

Yo no me sentía bien desde la mudanza. Había algo en la casa que me inquietaba, y pasaba la mayor parte del tiempo sola a causa de los horarios de trabajo de mi marido. Tenía pesadillas. Yo le decía a él lo que veía en las noches. Mientras le contaba, él se alistaba para irse a trabajar. Yo le hablaba y veía su espalda, la parte de atrás de su cuello.  No es nada, de verdad, me decía él, por favor, trata de estar tranquila. Y daba el tema por concluido.

La mujer ciempiés tenía los ojos tristes, te diste cuenta con el tiempo. Una tristeza ancestral y de raíz profunda que te hacía pensar en los árboles más viejos de tu jardín, o en las plantas que crecen a la sombra. Reparaste en que ella nunca te había hecho daño. Se limitaba a abrir la boca y soltar sus gritos muertos. Las últimas noches incluso se echaba a tus pies sobre el colchón y ahí se quedaba como un perro grande y dócil, hasta que Esteban se movía en la mañana, a punto de despertar. Entonces ella se espabilaba también, desenrollaba su esqueleto con parsimonia y regresaba a su lugar bajo el colchón. A Esteban ya ni lo despertabas por las noches cuando ella aparecía, lo dejabas dormir ajeno a tu terror y a tu curiosidad porque sentías que si una vez más te decía que frente a ti no había nada, si una vez más era incapaz de ver a la mujer ciempiés, te ibas a quebrar para siempre. 

¿Por qué seguías insistiendo con los mismos temas, Irene? Esteban ya te había explicado lo de los trabajadores. No le avisaron a él que cambiaron la hora y llegaron antes de lo previsto. Él también se sorprendió de verlos en la puerta tan temprano.

Pensé que una mascota podría ayudarme a sentirme menos sola. Le recordé a mi marido que siempre había querido tener un perro y sugerí que ahora era el momento idóneo, hasta teníamos el jardín para que jugara.

La situación entre ustedes empezaba a ser demasiado grave y Esteban se afligía porque tú volvías siempre con lo mismo: ¿no te acuerdas que te preguntó si no te importaba que vinieran los trabajadores temprano y tú siguieras en pijama? Si hasta se le hizo extraño que dijeras que no, pero él no quiso hacerte enojar cuestionándote eso, no era su culpa que hubieras cambiado de opinión. Era preocupante, Irene. Si las cosas seguían así no tardaría en llegar el punto en que Esteban ya no supiera qué decirte, cómo tratarte. ¿Eso era lo que querías? ¿Alejarlo de ti? 

Cuando le dije del perro, él se quedó callado unos segundos y después me respondió con ira: no quieres tener hijos conmigo, ¿pero de un animal sí tienes tiempo de hacerte cargo? 

Una noche por fin te animaste a responder a la petición muda de la mujer ciempiés, apenas una palabra que pronunciaste muy quedo para no despertar a Esteban. Aun así, ella te escuchó, bajó de la cama su cuerpo largo y salió por la puerta de tu habitación. Tú la seguiste, atravesaste el umbral y te precipitaste escaleras abajo, con prisa, pues sus movimientos de insecto eran demasiado veloces para tus piernas y te preocupaba que pudiera dejarte atrás. Pero ella te estaba esperando al pie de la escalera. Su cabello es hermoso, pensaste. La luz lunar le arrancaba destellos plateados, lo mismo que a sus ojos igual de negros. 

Caminaron hasta la cocina, en donde la viste salir por la puerta de cristal que daba al jardín. Ella te hizo un gesto con la mano, una invitación a que la siguieras, y tú le hiciste caso. En el exterior hacía frío, el contacto de tus pies descalzos con la tierra húmeda te puso alerta y te sacó del trance en que estabas. En ese momento notaste con claridad las formas monstruosas de la mujer: los huesos de la clavícula que parecían a punto de reventarle la piel, las encías manchadas y heridas, los dientes grises. Retrocediste con intención de volver a entrar en la casa. Y entonces ella se abalanzó sobre ti. 

 Forcejearon y varias veces estuvieron a punto de chocar con los cristales de la puerta. Ella te jalaba de las muñecas, sus uñas sucias de tierra se enterraban en tus brazos y en tu cuero cabelludo. Tú echabas el cuerpo hacia atrás con toda la fuerza que tenías, abrumada por el olor a humedad que despedía su cuerpo. En algún momento, tus rodillas se estrellaron contra el piso duro de la cocina y gritaste. Con desesperación extendiste el brazo, buscando algo a qué asirte, algo con qué defenderte, y tus dedos se cerraron en torno a una pala mediana con la que echabas tierra a tus macetas. Con ella golpeaste a la mujer repetidas veces, logrando que te soltara y, aprovechando su desconcierto, cerraste la puerta de la cocina, dejándola afuera. A través del cristal viste cómo ella te lanzaba una mirada de desesperación antes de darse la vuelta y meterse entre los arbustos, que se sacudieron cuando se deslizó entre ellos. La perdiste de vista, pero hubieras podido jurar que se dirigía hacia el pozo. Te quedaste quieta un momento, esperando a que se desaceleraran los golpes de tu corazón. Tú cuerpo estaba alerta, despierto como hacía mucho tiempo no lo sentías, tan… vivo. 

Eventualmente mi marido se cansó de que el jardinero ignorara nuestras peticiones de limpiar el pozo. Un fin de semana tomó las herramientas de jardín y se puso a hacerlo él mismo. Yo lo miraba de lejos, sin ofrecerme a ayudar. No puedo creer que te dejes llevar por las supersticiones de un viejo, me dijo cuando expresé mis reservas. El pozo quedó impecable después de eso: las piedras de un color gris claro reflejaban inclementes la luz del sol, lastimaban la mirada. Mi marido no corrió al jardinero porque le insistí que no lo hiciera. Pero déjale en claro que su descuido no se volverá a permitir, me dijo antes de meterse en la casa.

Te viste en el espejo al día siguiente del ataque. Un camino de moretones te subía por los brazos, ahí donde los dedos de la mujer se habían aferrado a ti. También te dolía el cuero cabelludo y tus rodillas estaban raspadas. 

El jardinero no dijo nada cuando vio lo que mi marido había hecho con el pozo, pero ese día estuvo más callado que de costumbre. Cuando ya se iba me acerqué para comentarle lo que me dijo mi marido. No sé preocupe, me dijo él, y puso en mis manos los guantes de jardín. Ya no volveré acá. Yo le exigí una explicación: Hombre, no me diga que le ha molestado tanto lo del pozo. Él no me miraba a los ojos. Cuídese, y trate de no escucharlo, fue la única respuesta que obtuve de sus labios. 

Aquella mañana no fuiste a trabajar. Después de tomar un baño para quitarte la tierra del cabello y limpiarte los raspones de las rodillas, te pusiste un camisón largo que cubría tus moretones y te volviste a meter en la cama. Al rato bajaste a la cocina por un vaso de leche, que te tomaste ahí mismo, y volviste a encerrarte en tu cuarto. Cuando Esteban regresó de trabajar se dio cuenta de inmediato de que algo grave te ocurría.

—No se dio cuenta.

Esteban se dio cuenta, se preocupó por ti. ¿Acaso te habías hecho daño tú sola? Fue a verte al cuarto, preocupado porque llevabas horas sin salir. 

—No fue a verme al cuarto.

Te dejó llorar tranquila, te dio tu espacio. ¿Si querías que te abrazara, por qué no lo pediste, Irene? Lo hubiera hecho, claro que lo hubiera hecho, si siempre le gustó abrazarte. Pensó que no lo querías cerca. Habías estado demasiado enojada con él los últimos días. Además, él tampoco se sentía bien. 

Tengo miedo, le dije a mi marido. Él suspiró frustrado, sentado en una orilla de la cama, y se miró las palmas de las manos. La línea de su perfil era rígida: ya te dije que no tienes de qué preocuparte, me dijo, has estado algo alterada últimamente. ¿Por qué no confías en mí cuando te digo que no te angusties, que todo está bien?

La mujer ciempiés no volvió la noche después del ataque, y tú dormiste de corrido hasta el amanecer. Tampoco regresó la noche subsecuente, ni la otra, y por unos días sentiste alivio de que esa pesadilla hubiera llegado a su fin. Pero con el tiempo tu alivio se fue tornando en incertidumbre. 

Él me decía que ya no sabía qué hacer para que me sintiera mejor. Que lo hacía sentir insuficiente que yo fuera tan infeliz. Es que yo me he desvivido por ti, me decía, ¿para qué estás conmigo si eres tan desdichada? 

Encontrabas formas de dolerte en las cosas más pequeñas, Irene, y Esteban estaba cansado de eso. ¿De cuándo acá te habías vuelto el tipo de mujer que necesitaba tantos mimos? A él le gustaste siempre por tu independencia. ¿Cómo iba él a adivinar que querías cariños, si andabas todo el día con el rostro impertérrito y le hablabas con la voz muerta? 

—Ni siquiera lo intentó.

Irene, no puedes decir ahora que Esteban no quiso animarte. Si te llevó flores. Si te invitó a cenar para que te distrajeras un poco. Cuando saliste del cuarto con tu falda larga, ¿no te dijo lo hermosa que te veías?, ¿no te llevó al restaurante italiano que sabía que tanto te gustaba?

Cuando escuché la voz por primera vez, me encontraba en el jardín pensando en la situación de mi matrimonio. Se trataba de una voz antigua, que parecía llevar siglos habitando esta tierra. Llegó hasta mí como un susurró, como si el viento que sacude las hojas de los árboles fuera quien me hablaba. Aunque mi primer impulso fue meterme corriendo en la casa, no lo hice. Había algo en esa voz que me atraía y me intrigaba. Hablaba con un tono pausado que parecía invitar a tirarse en el pasto y escucharla por horas. Me puse a deambular por el jardín, buscando no sé qué cosa, incluso me asomé al pozo porque me pareció que la voz provenía de ahí cerca. De pie ante esa cavidad húmeda y oscura volví a escucharla: ¿No será, acaso, que sólo estás dispuesta a ver las cosas malas?, ¿no será ese el verdadero problema? Busqué el origen de la voz por todos lados, pero no encontré nada. En el jardín no había nadie más que yo. 

En el restaurante tú estabas volcada por entero a las ideas que te consumían la cabeza. Cuando trajeron el menú pediste el primer plato con el que se cruzaron tus ojos. Luego el sabor del vino se encontró en tu lengua con una indiferencia absoluta, lo mismo que las palabras de Esteban que trataba de explicarte por qué aquella cosecha había dado uno de los vinos más dulces. Quien realmente tenía tu atención era la mujer ciempiés y la pregunta que te rondaba desde la noche del ataque: ¿y si ella no volvía más? Nunca te enterarías de lo que quería decirte con tanta desesperación. 

—Cuando la mujer ciempiés hablaba, lo hacía con una voz lamentable, como si tuviera los pulmones llenos de telarañas o de moscas.  

¿No te acuerdas cómo la curiosidad te comía la cabeza? Querías saber qué esperaba de ti ese monstruo. Esteban era la última de tus preocupaciones, ¿no recuerdas cómo lo ignorabas?

—Ella quería que la siguiera al pozo. 

Tuve que hacerlo.

Yo creo que sí te acuerdas, aunque ahora digas que no.

Ayúdame. 

¿Qué?

—Eso decía. Ayúdame.

Estabas mal, Irene. No hay otra explicación a por qué aquella noche te lanzaste sobre Esteban con toda la intención de hacerle daño, después de que te soltara un comentario inofensivo. A media cena te lanzaste, sin preocuparte por derribar platos y copas, ni la botella de vino dulce que se derramó entera en el mantel blanco. No te importó que estuvieran en un lugar público. ¿No te acuerdas cómo te lanzaste contra él con toda la fuerza de tus huesos, sin preocuparte si los que intentaban detenerte se quedaban con algo de tu ropa entre las manos o con algo de tu carne entre las uñas? 

Las preguntas que escuché en el jardín me las llevé a la cama esa noche y las que siguieron. ¿Y si era cierto que yo sólo sabía notar los defectos de mi marido? Como cuando caminábamos juntos por la calle. No era posible tanta congoja, tanto desgarre encerrado en unos cuantos pasos. ¿Por qué insistía yo en dolerme tanto por lo que no era más que el resultado natural de la diferencia de tamaño en nuestras zancadas? Pensaba: quizá es verdad que siempre encuentro la manera de convertir sus formas cotidianas de existir en un ataque. ¿No eres tú —me decía— quien nunca ha podido hablar del desamparo de caminar juntos? Porque no tiene sentido tanto desamparo en esa distancia insignificante, en esos detalles cotidianos. ¿No eres tú quien aprendió a caminar más rápido en lugar de pedirle que no te dejara atrás? 

No fue hasta que te quitaste la falda esa noche que te diste cuenta de que el vino la había alcanzado. Apenas tuviste energía para lamentarte por esa mancha que probablemente no saldría nunca del todo porque la tela ya la había absorbido hasta las entrañas. La dejaste caer al piso hecha bola, luego te pusiste la pijama y te envolviste con las cobijas. Esteban se había ido a pasar la noche en otro lado, algo que era de esperarse después de lo que le hiciste. 

Cuando te quedaste dormida, la mujer ciempiés apareció en tu sueño: la viste descender por el tronco de un árbol gigantesco, tan alto que no alcanzabas a ver su copa, por más que echaras la cabeza hacia atrás. En el sueño, ella llegaba hasta los pies del árbol, en donde la recibía una alfombra de hojas secas que crujía mientras se deslizaba hacia ti. 

Abriste entonces los ojos y no te sorprendiste de verla en tu habitación. Se repitió la escena de la última noche en que se vieron: salieron del cuarto, bajaron la escalera y cruzaron la puerta hacia el jardín, tú siempre unos metros más atrás. Notaste entonces que ella volteaba la cabeza nerviosamente para comprobar que aún venías siguiéndola. Por primera vez su cuerpo aterrador te pareció, más que una corriente poderosa, una cadena que ella estaba condenada a arrastrar a todos lados. Alrededor de ustedes el jardín estaba en silencio. 

—Pero no estaba en silencio.

El jardín estaba en silencio y la mujer ciempiés se dirigía al pozo. Tú apenas te sorprendiste cuando empezó a introducir en él, uno a uno, los eslabones de su esqueleto. La viste desaparecer por completo cuando te inclinaste hacia la oscuridad, con una rodilla apoyada en el filo del abismo de piedra y un pie que ya no alcanzaba a rozar la hierba húmeda. Después de ver cómo su imagen se desvanecía decidiste hacer un último reproche, Irene, el más grande de todos. Reproches para Esteban era todo lo que te quedaba. 

—Las cosas no fueron así. 

Te dejaste engullir con gusto. 

—Me caí.

Lo siento, Irene. 

Eso no es cierto, Irene. Te atraía el vacío, te seducía mi boca eternamente abierta a tus encantos. Lo mismo que a ella antes de ti, y a otra antes de ella. 

—No pasó así.  

Nadie va a escuchar a tus pobres huesos aquí abajo. 

—¿Y a ti quien te escucha? Tú eres sólo la voz de las piedras viejas.

Y tú sólo un manojo de huesos. Y me vas a escuchar decir tu historia como yo quiera, las veces que yo quiera, hasta que me traigas otra presa.

—No sé cómo hacer eso.

Tuve que hacerlo. Tuve que hacerlo porque ya no soporto más estar en este pozo, ya no soporto más la tierra, la humedad, las telarañas. Ya no soporto esta voz que no me da ningún momento de paz. 

Espera a que te crezcan el aguijón y las patas, Irene. 

—Al menos déjame tener alas. 

Aquí abajo no viven insectos con alas. 

Lo siento de verdad, Irene. Lo siento mucho. EP

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