Bad Pitch

Para ser guionista de televisión a cierto nivel debía estar dispuesta a jugar una serie de roles que se antojaban incómodos. Debía ser popular, sociable y carismática; caerle bien a las personas correctas y tener un buen número de seguidores en mis redes sociales. Debía ser productora, no sólo en el sentido de producir la guía técnica para un producto audiovisual, sino también porque debía ser parte integral de las grandes decisiones estratégicas y la etapa más crucial de cualquier proyecto: la venta.

Texto de 03/11/20

Para ser guionista de televisión a cierto nivel debía estar dispuesta a jugar una serie de roles que se antojaban incómodos. Debía ser popular, sociable y carismática; caerle bien a las personas correctas y tener un buen número de seguidores en mis redes sociales. Debía ser productora, no sólo en el sentido de producir la guía técnica para un producto audiovisual, sino también porque debía ser parte integral de las grandes decisiones estratégicas y la etapa más crucial de cualquier proyecto: la venta.

Les voy a describir una escena: es el año 2015 y son las 12:58 p. m. Camino de manera apresurada a la orilla de un río seco, bajo el sol ardiente del desierto. Llevo puesta una playera de Zara, de esas que “no respiran”, unos jeans que me cortan la circulación en la cadera y unos viejos tenis de piel que, a cada paso, rozan contra el tornillo que tengo clavado en el tobillo (recuerdo de una noche de mezcales). La camisa de mezclilla que me puse esa mañana, mi única pieza de ropa “elegante”, está atada a mi cintura. Hecha chicharrón, como diría mi esposa. 

Un carrito de golf me pasa a un lado a toda prisa (aquí cabe aclarar que no soy una exploradora perdida en el Sahara, sino una guionista que va tarde a una junta con productores en una oficina en los estudios de CBS en Burbank, California). El conductor, un gringo grandote, en shorts cargo y con cinturón de cintas gaffer, va hablando por la radio. Ni de reojo me mira. 

Me detengo. Estoy desesperada, al borde de las lágrimas. El sudor me escurre por las mejillas. Miro la pantalla de mi celular e intento descifrar, a través de mis lentes empañados, qué es lo que dice Google Maps. Dice que apenas voy a la mitad del camino. Hora estimada de llegada: trece minutos, a la 1:13 p. m. Es la 1 en punto y acaba de empezar mi primera reunión “de Hollywood”, después de cinco años de carrera profesional como guionista en México. Una junta “importantísima” y yo estoy a un kilómetro de distancia, insolada y empapada en sudor.

“Supe que para ser competitiva —se trata de un espacio muy competido— debía hacer mucho trabajo personal con las tendencias naturales de mi personalidad, que hacían que aquellos roles me hicieran sentir incómoda (y que me hacían más difícil un trabajo ya de por sí muy exigente).”

Hoy, cinco años después de cuando decidí hacer la transición a Hollywood (un proceso que muchos de mis colegas sabrán que parece nunca completarse, que nunca te dejarán de tratar “como mexicana”) descubro que, para ser guionista de televisión a cierto nivel, debía estar dispuesta a jugar una serie de roles que se antojaban incómodos. Debía ser popular, sociable y carismática; caerle bien a las personas correctas y tener un buen número de seguidores en mis redes sociales. Debía ser productora, no sólo en el sentido de producir la guía técnica para un producto audiovisual, sino también porque debía ser parte integral de las grandes decisiones estratégicas y la etapa más crucial de cualquier proyecto: la venta. Lo que significaba que, además de productora y mujer de negocios, debía ser actriz. Para vender una serie, los guionistas hacemos un pitch ante los potenciales clientes, un performance que dura de 10 a 20 minutos y en el que, con confianza, entusiasmo y naturalidad (a pesar de haberlo ensayado hasta el cansancio) describimos la serie. Debía ser “jefa”: una serie de televisión es el producto del trabajo colaborativo de cientos de personas, entre ellas, un showrunner (llamado así porque maneja toda la producción) que supervisa todos los departamentos; y un jefe de escritores, que supervisa únicamente el cuarto de escritores. Los dos deben tener la capacidad de “exprimir el jugo” a un grupo de humanos de naturaleza más bien emocional e intempestiva. Debía ser todas esas cosas, necesarias para convertirme en una guionista de televisión de cierto nivel, y no podría llegar a serlas porque, tan importante como todo los roles anteriores, debía ser eficiente y puntual. Como dijo Ben Franklin: “Recuerden que el tiempo es dinero”.

A partir de ese descubrimiento supe que para ser competitiva —se trata de un espacio muy competido— debía hacer mucho trabajo personal con las tendencias naturales de mi personalidad, que hacían que aquellos roles me hicieran sentir incómoda (y que me hacían más difícil un trabajo ya de por sí muy exigente). Tenía que ir a terapia, tenía que inventarme  hacks que me permitieran ser quien ellos —Hollywood— necesitan sin perderme a mí misma, y tenía que trabajar —sobre todas las cosas— ese aspecto de mi personalidad que me hace tan difícil ejercer con tranquilidad el rol que a mí, y a la mayoría de los guionistas, nos parece más importante; el rol del que proviene —probablemente por alguna carencia de otra índole— gran parte de nuestra valía como personas. Tenía que trabajar mi ansiedad para ejercer el rol de escritora.

What are you feeling? El año es 2020. Mi terapeuta, Noah, que más que terapeuta es un “gurú de Youtube”, y yo hablamos por Skype. Él está en Bali, donde es de mañana, y puedo escuchar el cantar de los pájaros tropicales en su ventana. Yo estoy en la sala de mi casa, cerca del centro de la CDMX, después de un largo día de trabajo preparando pitches, sentada en el sillón de terciopelo azul que de lunes a viernes, de 9:30 a. m. a 6:30 p. m. (más o menos) hace de mi oficina, en “uniforme de guionista”: unos pants y una sudadera hoodie. Afuera de mi ventana se escucha un vendedor de tamales y las llantas de los coches que pasan y salpican el agua que dejó una tormenta. Estamos a mitad de un ejercicio de visualización (debo decir que la terapia no hablada, como la que hago con Noah, es para alguien como yo —que se dedica a contar historias— un agradecido cambio), trabajando con la primera vez que recuerdo que escribir me produjo ansiedad.  

El año es 1994. Tengo 11 años y estudio en la escuela primaria de gobierno Noble Elementary School en San Jose, al norte de California. Son las 3:45 p. m. Estoy en casa de mi abuela, sentada en el comedor. Del otro lado del frutero de cerámica lleno de limones amarillos (uno que otro podrido), nueces de castaña y ligas, que todavía sirve de centro de mesa, está mi hermana menor, Eréndira. En la sala, la televisión setentera de mi abuela (de esas que a la vez sirven como mueble y que hasta la fecha conserva esa función) está encendida. El Talk show de Cristina Saralegui, Cristina, suena en el fondo. Eren y yo estamos haciendo una tarea especial, voluntaria: cada quien escribe un libro para un concurso regional de escritura. Ella escribe felizmente y yo, que he puesto todos mis sueños, esperanzas e ilusiones en la escritura, que he declarado que publicaré mi primera novela a los 13 años, la miro con recelo, desde el otro lado del frutero.  

Mi proyecto es quizás demasiado ambicioso. La historia —inspirada en parte por La historia sin fin, los libros de R.L. Stein y Star Trek— empieza con un típico adolescente gringo enajenado que primero mata a sus papás aventándolos por un acantilado (describo a detalle cómo se rompen sus huesos, “como cáscaras de huevo”), luego a todos sus compañeros de escuela en un tiroteo y finalmente se suicida por suicide by cop para luego, una vez muerto, ascender en una nave espacial a un nuevo planeta, “Exisis” (título del cuento), donde lo espera una princesa (el amor), una guerra intergaláctica y una misión heroica (un propósito). 

Las primeras páginas simplemente fluyeron, pero, para el momento de mi recuerdo, lo único que se movía era el segundero del escandaloso y viejo reloj de latón que aún hoy cuelga en esa pared (encima de otro reloj más moderno pero sin batería y debajo de un crucifijo). Cuando llegó el momento de describir a Exisis, de hacerlo de forma que el lector pudiera ver lo que yo estaba imaginando, empecé a dudar de mi capacidad. De pronto hacerlo se antojaba inabarcable, imposible, demasiado difícil para alguien como yo, que realmente no era lo suficientemente buena. Que era un fraude. Que fracasaría.

Pasé más tiempo yéndome por un espiral de pensamientos que escribiendo y, al final, entregué a las prisas y tarde, sin haberle dedicado la atención necesaria para hacer algo de lo que me pudiera sentir orgullosa. De esa forma establecí, desde entonces, un patrón de ansiedad, miedo y evasión del que apenas en los últimos meses de mi carrera (un inesperado regalo de la pandemia) me estoy curando. De igual forma, como suele ocurrir, porque soy una persona muy afortunada, corrí con suerte. En otras épocas, haber escrito un cuento así habría hecho que ganara la expulsión del colegio y una visita al psiquiátrico y a la policía, quizás incluso habría cambiado el rumbo de mi vida, pero en 1994, cinco años antes de la masacre de Columbine, lo único que gané gracias a él fue una mediocre mención honorífica: un premio de consolación, la confirmación de mis peores miedos. 

Quizá es porque soy producto de un periodo de la historia de Estados Unidos en el que estaba en auge el Excepcionalismo estadounidense: la noción de que aquel país es una nación única y excepcional que tantos hemos interiorizado. Quizá es porque además crecí como migrante y a los migrantes se nos exige, como para justificar nuestra estancia, una historia de éxito. Quizá es simplemente un aspecto de mi personalidad, de mi ego desbordado, de mi desorden de ansiedad y del perfeccionismo que le va tan de la mano. Pero, desde que tengo uso de razón, y hasta hace muy poco, siempre creí que si no podía hacer algo de forma excepcional, tan excepcional que ni siquiera me requiriera un esfuerzo, era mejor no hacerlo. 

Por eso es que en 1994, a los 11 años, después de aquella “debacle”, decidí renunciar a la escritura. Igual que un año antes, a los 10, cuando saqué mi primer 9, había decidido desistir en mi carrera académica, y como 14 años después, a los 24, no supe qué hacer con una carrera en artes visuales decidiendo renunciar a toda aspiración artística.

“Quizá es porque además crecí como migrante y a los migrantes se nos exige, como para justificar nuestra estancia, una historia de éxito.”

Is there anything else you’d like to say to yourself? Estamos de vuelta en 2020. En el sillón azul, en la terapia por Skype con Noah y sus pajaritos. En el ejercicio de visualización, en donde la Natasha de 37 años tiene abrazada a la Natasha de 11 en su regazo. “No eres lo que haces, ni cómo lo haces, ni mucho menos cómo te perciben los demás”, me digo. Eres suficiente sólo porque existes. 

“¿Y qué más?”, Noah me sonríe. “No sé”, le respondo. ¿Por qué no le cuentas cómo al final todo salió bien? Cuéntale cómo renunciaste a una carrera académica, pero al final trabajas con la mente; cuéntale cómo renunciaste a las artes visuales, para al final dedicarte a crear imágenes; cómo renunciaste a la escritura, para vivir de lo que escribes desde hace diez años. 

En Hollywood se acostumbra un tipo de junta que se llama “general” y en donde, a grandes rasgos, la coreografía siempre es la misma: sortear el tráfico de Los Ángeles, descifrar las complicadas instrucciones de estacionamiento, pasar el filtro de seguridad, registrarse en recepción, y que un asistente salga a ofrecerte algo de beber antes de que entres a una junta con ejecutivos, a los que les vas a contar quién eres (qué haces, cuál es tu marca) y qué les puedes ofrecer (cómo tu marca se acomoda con la suya).  

El año es 2015. Es las 1:15 p. m. cuando por fin logro llegar a las oficinas donde hace 15 minutos empezó mi primera junta “general” en Hollywood y estoy sentada en el lobby, cayendo por una espiral de pensamientos negativos. Me recrimino todo: por qué no salí más temprano, que si no se habían dado cuenta hasta ahora de que soy un fraude, una enchufada, producto del nepotismo y la buena suerte, ahora ya lo vieron. 

“¡Natasha!”. Me pongo de pie al escuchar mi nombre. Frente a mí, con los brazos abiertos, está Eva Longoria, la cabeza de la compañía que estoy visitando. Le intento advertir que estoy sudada pero me abraza de todas formas. Exclama que le da mucho gusto conocerme y yo, a pesar de que estoy empapada, de que llegué tarde, de que estoy ansiosa y muerta de miedo y que acabo de caminar dos kilómetros bajo el ardiente sol del desierto, le sonrío y, con naturalidad, confianza y entusiasmo, les digo, a ella y a su socio, que les va a encantar la historia de por qué llegue tarde. EP 

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