El paraíso de la memoria

Texto híbrido con fotografías intervenidas acerca de la memoria, la familia y el tiempo

Texto de y 12/07/19

Texto híbrido con fotografías intervenidas acerca de la memoria, la familia y el tiempo

Hay veces en que detenerse a oler una flor no tiene nada que ver con detenerse ni con oler, ni con la flor.

Las líneas del epígrafe viven en mi memoria; las atesoro. Creo que las entiendo y luego no, quizá por eso no las olvido. Me las dijo un compañero de la universidad, o eso creo, pero bien lo puedo estar inventando ahora mismo. Ya busqué en Google y no fue Tagore, ni Whitman, ni Gabriela Mistral. No encuentro la cita. Quizá las escribió mi compañero, que no sabemos si existió o si olvidé su nombre. Ahora que las leo, pienso que debí enamorarme de él en su momento, en el supuesto de haber existido. Un romance universitario, dotado de poesía, para hacer más tolerable el estudio del Derecho. En qué habré estado pensando que no me di cuenta de que aquel muchacho entendía mucho. Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde, escribió Marguerite Duras en El amante.

Ese híbrido entre cosa y concepto que es la memoria —cosa cuando imagen u objeto, y concepto en los versos y acuerdos o pleitos sobre qué pasó— empieza siempre con nociones incompletas de otro momento; que, por contraste con Ireneo Funes, el memorioso de Borges que todo recuerda, para el común de nosotros resulta imposible de recrear y se trata más bien de nociones que se completan a modo, que se expanden y contraen conforme conviene, resulta necesario o duele menos.

En la foto, mi hermana Lorenza me saca una cabeza (esa foto hará que mi hermana me saque una cabeza para toda la eternidad, aunque ahora midamos exactamente lo mismo). Yo visto calcetas azules del colegio, pero en mi colegio no se usaban. ¿Qué habrá pasado ahí?

Lorenza, María y Luisa, Jilotepec, 1985
Luisa y Lorenza Reyes Retana, Jilotepec, 1985.

Mi prima María y yo somos del mismo tamaño. Siempre hemos sido, de alguna manera, del mismo tamaño. Cuando veo esa foto, somos las mismas y seguimos nadando en los charcos (tal vez nadamos una sola vez y solamente en un charco, pero en el recuerdo, ese charco se multiplica).

Julia Reyes Retana, Jilotepec, 1989.

En esa otra foto aparecemos todos juntos, tres generaciones. Entonces éramos unos catorce nietos. Mi madre y mi padre, que fueron novios desde los catorce y diecisiete, respectivamente, visten con todo el glamour de los años setenta. Mi abuelo, en el otro extremo, sale muy bien, a decir verdad, con esa sonrisa que comunicaba tanto, porque decía, a la vez: Te adoro, mi nietecita santa, hay castañas para asar y miren qué bonito es mi jardín.

Mercedes Rivero con hijos y nueras y yernos, Jilotepec, 1976.

Cuando murió, los nietos publicamos una esquela que escribió María, la más consentida del abuelo (pasados doce años de su muerte, es posible reconocerlo). Desde entonces, ella es, para casi todos, la coordinadora general de asuntos poéticos. La esquela decía algo así: Al abuelo, que ahora vive en el paraíso de nuestra memoria (en la memoria familiar, siempre habrá muerto muy temprano, sin importar su edad).

Qué trabajo más arduo fue ir a dar al paraíso de la memoria, aunque lo hacía ver como placer. Se dedicaba a crear recuerdos a base de conductas repetidas y a la vez asombrosas. No había medianía. Tenía una sonrisa para cada nieto, quizá para cada cariño y todas incluían sus dientes de mazorca pozolera. La risa franca, la piel suave de sus manos limpias, su corbata rigurosamente negra —luto que guardó desde 1975 por la muerte prematura de su hermano Jaime, un hábito luctuoso que mi padre heredó, tras la muerte prematura de su propio hermano Eduardo, en 1980, que fue también el año en que nacieron mis primas Julia y Eugenia—, su generosidad, que no conocía gobierno, un chocolate Hershey’s que repartía con ceremonia, como si se tratara de un legado, aquel cajón de su cuarto que hospedaba una mar de monedas de diez pesos, sus consejos respetuosos, ese pelazo plateado de viejo guapo; todos quedaron tendidos en aquel paraíso.

Óscar Reyes Retana Rivero, Jilotepec, 1985

Nunca fuimos pocos; una tribu de números e idiosincrasia difíciles, obsesionada con la memoria. Mucho de lo nuestro, hasta entonces, había sido recordar. Los nietos nos sabemos anécdotas y canciones de los campamentos infantiles de nuestros padres en Necaxa, como si hubiéramos estado ahí. Yo casi casi recuerdo aquella vez en que mi papá, junto con un compañero de su clase, vandalizó con una leperada el muro exterior del colegio Patria y el padre Arellano los persiguió con dificultad por varias cuadras. En mi modo particular de asimilar los recuerdos, somos mi padre y yo los que huimos de Arellano.

Susana Esponda y Lorenzo Reyes Retana, Ciudad de México, 1973.

Ahora sí como Funes, el memorioso de Borges; habíamos acordado tácitamente un idioma (o una forma de recordar) que después hubo que desechar por resultar demasiado general y demasiado ambiguo. La memoria se había agrietado con la muerte del abuelo y terminó de romperse con la de la abuela. Cambió su código de lectura y la textura emotiva se hizo áspera y menos feliz. Una historia común en las familias grandes.

La memoria resultó ser un tibor —valiosísimo, antiquísimo, etcétera— que se resbala y cae y se hace añicos. (Esa imagen la tomé de la pieza del artista chino Ai Weiwei, Dejando caer una urna de la Dinastía Han, 1995. La interpretación más común de ésta supone que el artista está cuestionando los valores culturales y la historia social de China, y que escoge dejar caer la urna como un acto artístico para hacer un comentario sobre su valor.)

Ai Weiwei, Dejando caer una urna de la Dinastía Han, 1995.

En el caso del tibor que son los valores culturales y la historia social de mi familia (más que una urna china, es un tibor de talavera poblana), el tibor cayó, como caen los tibores regularmente, y los valores y la historia volaron por los aires. Se necesitaron restauradores, expertos en distintas disciplinas de las emociones, emisiones oficiales de disculpas históricas, barrer una buena parte de las piezas bajo el tapete de Temoaya, inversiones importantes de capital y tiempo, una diplomacia poco natural para nosotros y un pegamento quizá demasiado tóxico; siempre sobre la base de un solo acuerdo inamovible: se debía reparar, aunque la labor pareciera inconmensurable.

El tibor pulverizado y el pacto incuestionable de repararlo son la inestabilidad, me parece, natural de la memoria.

El pegamento tardó diez años en fijar, nos dejó nuevas astillas y el tibor quedó con forma de florero. Ya no aguanta las cenizas de los cuerpos incinerados de la Dinastía Han, pero aún se pueden poner flores en él, para llevarlas al cementerio.

La memoria parece acomodar cosas, eventos y acuerdos como si fuera el acto volitivo de una entidad autónoma, para derivar de ahí identidad y explicaciones para entender el presente. Las eras, la guerra y la paz, el ecocidio que reconocimos demasiado tarde, una victoria tan manipulada que parece códice mesoamericano, un título oportuno, como Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, que pinte la gran memoria de los colores que el tiempo se come con menor severidad y que guarde cierta lógica con alguna versión de la realidad. Quizás esa entidad autónoma es la colectividad, ésa que venció y que por eso ejerce el privilegio de acomodar cosas, eventos y acuerdos de la forma en que después se comercializan.

En La casa del dolor ajeno, Julián Herbert narra la historia de una masacre de chinos que tuvo lugar en Torreón a principios del siglo pasado. “La Laguna posee un fulgor virtuoso e intoxicante pero también tiene defectos, y uno de ellos es el negacionismo”. Los laguneros niegan, según Herbert, ocultan o simplemente prefieren no hablar de aquel suceso negro. Supongo que es, en parte, porque no quieren derivar identidad de la atrocidad, ni explicarse su situación presente a través de ese acto irreparable de euforia colectiva. La negación, la distancia con hechos propios, el olvido oportuno, son mecanismos tipo de la memoria. Así se comporta la voluntad al transformarse en memoria; la que alguna vez fue precursora del dolor ajeno deja de ser eso para convertirse en otra cosa, en una negadora de eventos pasados; en editora, maquila de recuerdos a modo. Así es como somos felices.

“Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando”. EP

Las fotografías son cortesía de Luisa Reyes Retana, y fueron intervenidas por Julia Reyes Retana C.

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