Cien años de la Escuela de Pintura al Aire Libre en Coyoacán

Hace cien años se inauguró la Escuela de Pintura al Aire Libre de Coyoacán. Su origen encierra historias que conectan con episodios muy coloridos de la historia de nuestra Ciudad de México, y Coyoacán como lienzo en que se ha abocetado la identidad plástica mexicana.

Texto de 16/07/21

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Hace cien años se inauguró la Escuela de Pintura al Aire Libre de Coyoacán. Su origen encierra historias que conectan con episodios muy coloridos de la historia de nuestra Ciudad de México, y Coyoacán como lienzo en que se ha abocetado la identidad plástica mexicana.

“La ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles”, nos dice Italo Calvino en su icónico libro Las ciudades invisibles. La colonia Del Carmen, a unos pasos del centro histórico de Coyoacán, no es la excepción. Entre las capitales europeas que dominan su nomenclatura (Londres, París, Viena, Berlín…), se encuentra un nombre que salta a la vista al transitarla: San Pedro. Es una de esas huellas que han quedado en las esquinas de nuestras calles para ayudarnos a descifrar su pasado. Esta historia inicia, de acuerdo con la tradición oral, hace 500 años.

En la esquina que hoy está conformada por Avenida México y la pequeñísima Calle 3, se encuentra una barda de aire colonial con un enorme portón de madera que nos transporta a otro tiempo. Su lugar tan irregular y accidentado dentro de la traza cuadriculada de la colonia Del Carmen también nos indica que ahí debe haber algo cuya antigüedad le mereció el respeto de los urbanistas porfirianos que en 1890 fraccionaron sus terrenos. Se trata del casco de la ex Hacienda de San Pedro Mártir la cual, se dice, fue fundada por uno de los hombres de Cortés cuando, tras la caída de Tenochtitlán, el cacique de Coyoacán, Juan Guzmán Ixtolinque, cedió sus tierras al capitán extremeño, quien a su vez las repartió entre sus más cercanos. Difícilmente sabremos qué tanto ha contribuido la imaginación a esta historia, pero lo cierto es que ya existía como hacienda en el siglo XIX, cuando un comerciante alemán de nombre Segismundo Wolff la compró para crear la colonia que hoy la rodea.

La primera Escuela de Pintura al Aire Libre fue fundada por Alfredo Ramos Martínez en 1913

Entre las leyendas que se resguardan entre sus muros está también la que nos cuenta que sirvió de cuartel, en este caso de las fuerzas zapatistas, durante la Revolución —aunque lo mismo se dice de casi todos los inmuebles de origen colonial de nuestra ciudad—. Pero para mí, el momento más interesante en la historia de la ex Hacienda de San Pedro Mártir comenzó hace exactamente un siglo, con la creación de la Escuela de Pintura al Aire Libre de Coyoacán en sus terrenos.

La primera Escuela de Pintura al Aire Libre fue fundada por Alfredo Ramos Martínez en 1913 en el pueblo de Santa Anita, en Iztapalapa, pero para entender sus orígenes primero debemos remontarnos al convulso año de 1910. Aun antes del levantamiento en armas, los alumnos de la Academia de San Carlos se encontraban inconformes con la educación artística que recibían; los métodos de enseñanza les parecían anquilosados y la visión de los profesores completamente cerrada a las transformaciones estéticas y teóricas que estaban surgiendo con el cambio de siglo. Aunado a esto, percibían una clara preferencia de su director, el arquitecto Antonio Rivas Mercado, por los alumnos de arquitectura. Esta preferencia, a su vez, remarcaba las diferencias de clase que existían entre ellos y sus pares en las áreas de pintura, escultura y grabado; podríamos decir que los arquitectos eran fifís, mientras que los artistas se consideraban pueblo. Incluso el apoyo o repudio a la causa revolucionaria dentro de la Academia también dependía de la carrera, con los alumnos de arquitectura apoyando a Díaz y los de artes plásticas defendiendo los ideales de la Revolución. Así, el 29 de julio de 1911 estalló una huelga dentro de la Academia incitada por los alumnos de arte y con el impulso de Gerardo Murillo, quien pasaría a la historia como el Dr. Atl.

De cierta forma, el movimiento estudiantil fue una muestra más del malestar que existía contra el régimen porfirista y su pensamiento, todavía anclado en el siglo XIX. A su vez, fue gracias a la destitución de Porfirio Díaz que los alumnos de pintura decidieron que las condiciones eran al fin propicias para llevar a cabo la tan anhelada transformación de la Academia. Para noviembre de 1911, lograron que el ministro de Instrucción Pública dividiera la escuela en dos, creando una Nueva Academia enfocada sólo en pintura, escultura y grabado. Alfredo Ramos Martínez tomó las riendas de esta institución y, tras una serie de vicisitudes, entre ellas la renuncia de Rivas Mercado, finalmente fue designado como director de la Academia de San Carlos. Ramos Martínez comenzó entonces un proceso de renovación con modificación radical en los planes de estudio y los métodos de enseñanza. Llegó la copia de modelos en vivo y se retomó la pintura al aire libre.

Ramos Martínez sacó a sus alumnos de los talleres de la Academia y logró liberarlos de todas las ataduras de la enseñanza tradicional.

La primera Escuela de Pintura al Aire Libre se instaló en el pueblo de Santa Anita, en Iztapalapa, y nació con el nombre de Escuela de Barbizon, en honor a los artistas franceses que a mediados del siglo XIX se instalaron en el pueblo de Barbizon para pintar sus paisajes y a la gente de carne y hueso que los habitaba. Hoy nos parecería una curiosa ironía que un esfuerzo por crear un arte nacionalista tomara un modelo extranjero, pero no hay que olvidar que Ramos Martínez se formó en París y que fue ahí donde surgieron los movimientos que sentaron las bases de las vanguardias artísticas. El experimento de Barbizon incitó, de cierta forma, el surgimiento de los impresionistas, corriente que dominaba el panorama de la pintura cuando el mexicano hizo sus estudios parisinos. Emulando sus métodos, Ramos Martínez sacó a sus alumnos de los talleres de la Academia y logró liberarlos de todas las ataduras de la enseñanza tradicional. Esto les permitió experimentar de una manera inédita hasta entonces y a la vez fomentaba que entraran en contacto con la realidad social de su país.

A pesar de que la iniciativa fue bien recibida por los alumnos de la Academia, la escuela de Iztapalapa no duró mucho. Las obras creadas en el ambiente barbizoniano de Ramos Martínez fueron despreciadas por la crítica y cuestionadas por el público. Sin embargo, ahí se formaron algunas de los personajes que encabezaron la vanguardia mexicana: Ramón Alva de la Canal, que se convertiría en figura central del estridentismo, Fernando Leal, autor de una de las primeras obras del movimiento muralista y Lola Cueto, creadora del teatro guiñol. Pero no sería hasta la instauración del gobierno de Álvaro Obregón que el proyecto de Ramos Martínez realmente despegó. Para entonces, la estética de las vanguardias ya comenzaba a asimilarse en México y los principios de un arte renovador, comprometido socialmente y cercano al pueblo coincidían plenamente con el proyecto nacionalista del obregonismo, sobre todo a través de su secretario de Educación Pública, José Vasconcelos.

Con las misiones culturales, el muralismo y la reivindicación del arte popular, ejes del vasconcelismo, llegó a Chimalistac la primera Escuela de Pintura al Aire Libre de esta segunda etapa. Era 1920 y el sur de la capital parecía el paraje ideal para alejarse de la urbanización y entrar en contacto con el México auténtico. El puente y la iglesia de Panzacola fueron nuevamente retratados por los alumnos de Ramos Martínez, como antaño los habían pintado los paisajistas decimonónicos, y los rasgos indígenas de los habitantes de aquellos antiguos pueblos cobraron un interés inusitado entre los pintores en ciernes. Ahora la crítica se volcaba en elogiar estos esfuerzos, en los que reconocían un auténtico arte nacional. Tras el éxito de la escuela de Chimalistac, en 1921 Ramos Martínez y sus alumnos mudaron sus caballetes a Coyoacán. Fue así como la ex Hacienda de San Pedro Mártir pasó a convertirse en “La Casa del Artista”.

Desde entonces, Coyoacán ha ejercido un magnetismo muy particular en los pintores del llamado “Renacimiento mexicano”.

Pensar que ese portón por el que he pasado toda mi vida fue atravesado por artistas como Manuel Rodríguez Lozano o Federico Cantú nunca ha dejado de maravillarme. Me imagino que a ellos también debió impresionarles que ahí, a unos cuantos kilómetros de la ciudad de México, pudieran pintar paisajes con huertos, nopaleras, magueyes, ríos y cerros que aún no habían sido alcanzados por la mancha urbana de la capital. Este ambiente bucólico fue más que propicio para el arte que Ramos Martínez buscaba impulsar y muy pronto comenzaron a brotar más Escuelas al Aire Libre en Coyoacán. En 1924, el claustro del Convento de Churubusco se convirtió en la segunda escuela coyoacanense. El cambio de sede implicó también un cambio en el perfil del alumnado, pues la de Churubusco ha sido descrita como una escuela para señoritas. Entre ellas se encontraba Cordelia Urueta, oriunda de Coyoacán y quien, a partir de esa formación, lograría reconocimiento internacional. La siguiente escuela sería la de Xochimilco y muy pronto los alumnos de Ramos Martínez también se instalaron en Tlalpan, pero jamás abandonaron Coyoacán. A lo largo de los años veinte surgieron nuevas Escuelas al Aire Libre en sus viejos pueblos y barrios, con la fundación de la sede de La Conchita en 1928, también dirigida por Ramos Martínez, y la de Los Reyes en 1929, encabezada por Rosario Cabrera, una de las primeras mujeres en haber ingresado a la Academia.

Desde entonces, Coyoacán ha ejercido un magnetismo muy particular en los pintores del llamado “Renacimiento mexicano”. No sólo llegaron a formarse en sus calles, sino que también instalaron ahí sus estudios y casas, convirtiendo a esta ahora alcaldía en semillero de algunos de los pinceles más destacados del siglo XX, como José Clemente Orozco, Aurora Reyes, Rina Lazo y Arturo García Bustos, Olga Costa y José Chávez Morado, entre muchos otros más.EP

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