BECARIOS DE LA FUNDACIÓN PARA LAS LETRAS MEXICANAS: Santa Teresa

Cuento

Texto de 18/07/19

Cuento

Cierro los ojos y la veo. Ella, Emilia, sentada en el salón de clases. Cabello recogido en trenza, aretes pequeños, uniforme verde y rojo. La maestra pasea entre las bancas, regaña, grita. Hace que su voz retumbe en las ventanas. La recuerdo sentada y moviendo las piernas. Apretando las nalgas para no mearse. A los cinco años ya no es bien visto mojar los calzones. Todos los manuales de señoritas bien portadas lo dicen.

La maestra se contonea; cadera aquí, cadera allá. Uno-dos, uno-dos. De pronto, saca su lengua bífida y se pone a balbucear su asqueroso lenguaje de la verdad es.

Emilia, sentada, aprieta más fuerte las piernas. La maestra periquea: Niñas, repitan: “La verdad es tener una buena letra; la verdad es mantener las piernas cerradas cuando se usa falda; la verdad es contar del uno al diez sin equivocarse; la verdad es decir por favor y gracias; la verdad es decir siempre SÍ; la verdad es no olvidar ponerle el sombrerito a la i; la verdad es rezar tres padres nuestros; evitar el sexo con desconocidos; no cuestionar el nombre de Dios; no señalar con el dedo grande; la verdad es ser limpia y cariñosa; la verdad es amar a los otros antes que a una misma; la verdad es dibujar elefantes con patas de elefante; nunca usar la palabra no; siempre tener poco que decir; no estudiar filosofía ni arte…

Mientras la maestra parlotea y parlotea, Emilia se retuerce, gime, la barriga se le infla, quiere correr, llegar al baño y sacar la pis de todo el día. Está a punto de alzar su bracito, interrumpir la lección, pedir permiso, pero la caderona da un manotazo inesperado sobre el pupitre de Emilia y sentencia: La verdad es aguantarse la pis hasta que el cuerpo se olvide de que tiene ganas. Todas se sobresaltan y Emilia deja que el susto le salga. El líquido escurre entre sus piernas, moja sus zapatos, un charquito oloroso se expande sobre el suelo. Todas las niñas la miran. El monstruo de las nalgas pesadas sonríe satisfecho. Emilia enrojece, mira el charquito. La nena no apretó lo necesario, grita la maestra. Otro líquido moja sus mejillas. Sal del salón. No regreses hasta que quedes seca, limpia y oliendo a rosas. Entonces vuelve y ofrece disculpas por tus modales de animalito.

Emilia, recuerdo, se levanta con mucho trabajo del pupitre. Sus piernas regordetas le tiemblan. Busca los ojos de Ana, su mejor amiga, pero Anita tiene miedo, desvía la mirada. Anita murió joven, por culpa de un novio, recuerdo.

Emilia está sola. Da pasos lentos y mojados. El camino hacia la puerta se vuelve infinito. Las niñas son crueles, con sus moños bonitos y sus cabellos lacados susurran cada que Emilia pasa junto a ellas: Uy, fuchi. Emilia, si antes era la gordita y de padres divorciados, ahora es la mojada, la meona, la cochina, la pis-pis, la expulsada, la olorosa, la suelta, la sucia y pecadora.

Sale por la enorme puerta de madera. Afuera, en la inmensidad del patio, busca un lugar para secarse. Un rinconcito para que nadie vea al ratón. Se sienta en lo caliente del concreto, quiere castigarse por ser tan cochina, que sus piernas le ardan. Se da una cachetada y luego otra y luego llora. Después de tanto llanto, recuerdo, mira el gran patio de la Escuela para señoritas de Santa Teresa. Los pájaros cruzan el cielo y Emilia se pregunta ¿por qué es tan malo hacer pipí? Si Dios no quisiera que hiciéramos pipí, no nos hubiera puesto un hoyito, y Dios no se equivoca. De pronto, la piel ya no arde tanto y una felicidad la invade. Qué bonito es vivir fuera del paraíso para niñas bien portadas, piensa. Pero sabe que no puede estar mucho tiempo afuera, que su madre se va a enterar y fruncirá la boca cuando sepa lo cochina que es su hija. Pero no quiere disculparse, no está segura ni siquiera de las verdades que tanto pregona la maestra.

Emilia se levanta y camina. La meona ya no tiembla. Ya no piensa en la boca fruncida de su madre, ni en los fuchi-fuchi de todas las niñas asustadas que están sentadas aguantando la pis, apretando y apretando, escuchando y moviendo la cabeza… Sí, sí, sí, sí. Piensa en Ana y siente un poco de pena por ella.

Recuerdo el regreso… Emilia camina y confía en las palabras que le aprendió a su abuela cuando la persiguieron en su primera tierra. Aquellas palabras que necesita hacer suyas. Camina, recuerdo, hacia la puerta cerrada. Ella, recuerdo, toca con la fuerza de sus cinco años. Adentro, todas escuchan el golpeteo. La maestra sonríe: Les dije, todo pecador que se sabe arrepentido, regresa. El paquidermo y su torpe vaivén van hacia la puerta. Abre. Emilia y la maestra se miran. Es la primera vez que Emilia se atreve a mirarla a los ojos. Espero que vengas arrepentida. Emilia aprieta los labios, pero las palabras de la abuela no alcanzan a tocar su boca, su garganta. Se le quedan revoloteando en el ombligo. Espero que vengas a pedir ser perdonada. Las palabras la atraviesan. ¿Perdón?, piensa Emilia. Todas las niñas se levantan para mirar la escena. Emilia no está arrepentida, cierra los ojos, respira y susurra… No.

No te escuché. ¿Aceptas que eres una cochina? Emilia repite No.

¿Qué dices? No, NO, NO, NO. Emilia, recuerdo, grita fuerte, abre los ojos y mira a la maestra. Todas las niñas enmudecen. Emilia tiene miedo, pero el NO retumba en el salón. Sus cinco años se vuelven inmensos, poderosos.

Anita, de pronto, se hace pis de la impresión. La maestra voltea a verla. Emilia repite una vez más No. La maestra retrocede, uno-dos, uno-dos. Camina al pizarrón, toma el gis para intentar continuar con la lección. Sin mirar a la puerta y con un tono tímido, recuerdo, la maestra dice: Pasa.

Emilia sonríe.

Recuerdo…

Sonrío y entro al salón. Las niñas me miran, se sientan. Abrazo a Ana. Ya no soy otra que mueve la cabeza, ya no soy la cochina, la regordeta, la de fea letra, la de padres divorciados. Estoy yo aquí, no otra, sólo yo. Aquel día aprendí el lenguaje del exilio y del regreso. EP

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