Becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas: Manual práctico de imagenología cultural

Texto de Fernanda Bada, becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas

Texto de 07/05/19

Texto de Fernanda Bada, becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas



El ensayo hispanoamericano nació ligado a la pregunta ¿quién soy? Durante los siglos XIX y XX, los autores de la nutrida tradición ensayística latinoamericana, a la par de la independencia política de sus países, se interrogaban sobre el papel de la cultura y de su ubicación en el continente. Escribir desde la orilla del mundo no parecía ser lo mismo que hacerlo allá, en París o en Berlín, donde todo ocurría. Con los pocos libros que les llegaban, consiguieron alimentar su imaginación y sus ideas. Emanciparon a sus naciones y a su cultura. La lista es larga y de sobra conocida: de Andrés Bello a Sarmiento, de Martí a Rodó, de Henríquez Ureña a Reyes, de Mariátegui a Vasconcelos.

Algunos dirán que, en el camino, el ensayo se despolitizó, que perdió algo valioso; yo creo que la ganancia fue enorme: liberado de las urgencias nacionales, el ensayo alcanzó, con su mayoría de edad, la posibilidad de explorar su potencial estético. Luego Jorge Luis Borges lo llevó hasta sus límites. El escritor de los textos breves, de las modestas recopilaciones de poemas, conferencias y artículos dictados a lo largo de los años, el autor que se rehusó a escribir novelas, el escritor de la ceguera, hizo con el género menor de la literatura sofisticados dispositivos de altísima factura. El crítico argentino Alberto Giordano ha visto en la poética ensayística de Borges la concepción de “la escritura como ejercicio retórico que señala y despliega los atractivos intelectuales o estéticos de un detalle marginal, de algo que aparece como anómalo en el contexto de una obra, una tradición o una disciplina […]”. Llama a esto ensayo conjetural, categoría ensayística que quizá responde a la pregunta: ¿Qué pasaría si reflexionamos sobre este pequeño detalle en el que nadie había reparado antes?

Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993) se inserta en esta vertiente del ensayo y es entusiasta practicante de la estética de lo mínimo. Desde Retóricas del presente (Instituto Municipal Aguascalentense para la Cultura, 2016), demostró ser una observadora sensible a la dimensión estética de lo cotidiano. Ante esto, el ensayo que ella escribe se puede entender como una filosofía mínima de lo marginal: las velas, los vecinos, las estatuas, los infomerciales se vuelven puntos de partida desde los cuales la ensayista examina un sector particular de la cultura contemporánea ligada al objeto o fenómeno, y extrae de allí ideas: sus propias ideas para comprender y conocer su entorno.

“Las cosas diminutas no necesariamente son pequeñeces”, sentencia el “Minifacio” que sirve de umbral a Tomografía de lo ínfimo (Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal, 2018), en el cual, esta misma lógica compositiva, procedimental y poética sostiene los textos que lo conforman. En “Meditación sobre las uñas”, a partir de una visita al podólogo, exacerbada por el recuerdo y la ironía, Rivero aborda la importancia sanitaria, estética, ornamental de las uñas, y concluye con una reflexión sobre el dolor, la tortura, las vicisitudes del cuerpo enfermo y su relación con la contemporaneidad. Una estrategia similar se implementa en “Pornografía del doble tocino”, donde se señalan las asociaciones entre comida, goce, erotismo, exceso, y cómo hemos vuelto de una necesidad fisiológica (comer), un acto con un excedente simbólico hiperexplotado por la publicidad, los medios y el capital, los cuales han modificado nuestra relación social con la comida.

En “El séptimo mandamiento: ensayo de un crimen”, unos lentes de bronce robados de una estatua sirven para indagar en la naturaleza psicológica de la mente del ladrón; el texto conjetura las razones que llevan a alguien a hurtar desde lo inútil hasta lo cotidiano, y se divierte con la reflexión personal sobre lo que esconde el veloz y subversivo acto de robar. “Imprecación contra los baños públicos” es un texto que guarda relación con “Literatura escatológica” (incluido en Retóricas del presente, sobre la falta de presencia de las excreciones en la literatura) y con “La nutria tiene cosquillas” (publicado en la Revista de la Universidad de México en junio de 2018, sobre el tabú de nombrar el acto de ir al baño). En él, se analizan las contradicciones de esa construcción simbólica que es el baño público, habitante ubicuo de nuestras ciudades, que acrisola en sí lo público y lo privado, en una relación contradictoria que no hemos podido resolver debido a los pudorosos protocolos sociales que lo rodean.

Hay ensayos que tienen formas menos convencionales y adquieren cierta facultad performática; por ejemplo, “Circunferencia de las canicas”, que explora la naturaleza del juego a partir de la simplicidad redonda de un juguete tan antiguo como la civilización, y el texto mismo está estructurado a partir de los episodios de una sesión de juego; mientras que en “Bolsas que guardan bolsas”, el ensayo parte del desorden doméstico (simula ser una mirada entrometida), y acaba en una suerte de paseo por el supermercado para criticar la condición desechable de la cultura del consumo, y está construido a partir de capas, como un texto que guarda otro dentro de sí. Algo similar ocurre en “Análisis estructural de tus besos”, en el que se propone un juego referencial o lexicográfico (por las entradas de palabras que lo conforman), y también paródico: el ensayo está hecho como si fuera el marco conceptual de un trabajo académico; y en “Manifiesto sobre el uso de pantuflas en la oficina”, que además de proponer de forma creativa la irrupción del placer y del ocio en el siempre tortuoso ámbito laboral, se adueña de los códigos del texto panfletario para formular una celebración del placer y la comodidad íntima como un acto mínimo de desobediencia social.

“¿Quién falta de la propina? o de las comidas en grupo”, “Llego en cinco minutos” y “Finitud del antropónimo” parten de la queja retórica para criticar los hábitos sociales instaurados en nuestras prácticas cotidianas. El primero desmonta de forma episódica los absurdos habituales a la hora de salir a comer con los amigos de la escuela o del trabajo y cómo es que algo que debería ser muy sencillo se complica por la interacción social. El segundo expone la consabida impuntualidad y la espera innecesaria (que en este país hemos sabido cultivar y elevar hacia esferas kafkianas), y cómo nuestras relaciones con el tiempo y con el aburrimiento se materializan por medio del lenguaje. Por último, “Finitud del antropónimo” se aproxima a la cuestión del nombre (la palabra que nombra es asunto filosófico, si lo hay) y en qué medida éste determina la identidad personal, además de cómo ser portador de un nombre y no de otro parece tener más implicaciones vitales de las que imaginamos.

Se conoce como “imagenología” a la subdisciplina médica que se encarga de estudiar las imágenes producidas por los rayos X, el ultrasonido, la mastografía o la resonancia magnética. En concreto, la tomografía es la técnica exploratoria que utiliza la radiografía con propósitos clínicos. El símil que Laura Sofía Rivero propone con el título de su libro establece una metáfora novedosa para entender el “coloide de los géneros”, como lo llama ella. En este caso, estamos ante un manual práctico de imagenología cultural. Tomografía de lo ínfimo funciona como una serie de radiografías artísticas de objetos y situaciones casuales y cotidianas. La mirada traslúcida de la operadora del aparato, experta en leer imágenes producidas por ese tomógrafo literario que es el ensayo, permite el reconocimiento, la descripción y el diagnóstico de todo aquello que permanece oculto o invisible a la mirada convencional. Resulta interesante la concepción del ensayo como una tecnología literaria que permite encontrar huesos rotos, coágulos de sangre, cánceres o hemorragias internas en nuestros sistemas simbólicos; y de la figura del ensayista como un técnico que, aunque necesario, permanece ciertamente secreto, y sólo él o ella tiene la capacidad de manipular la herramienta que se le ha enseñado a usar, de obrar con el rigor del especialista, de desarrollar una mirada curiosa y experta, y de reconstruir la cultura a partir de las proyecciones de imágenes obtenidas por la tenacidad, el escrutinio y la maestría en el manejo de la máquina de Montaigne.

Curiosamente, como efecto de la exposición de las imágenes, el ensayista ejerce sobre sí mismo la proyección de su propio dispositivo, por eso no es infrecuente que los ensayos hablen de los objetos pero también del autor. En el ensayo no hay pared de plomo y por lo regular con las imágenes obtenidas se puede reconstruir fragmentos de un enorme mosaico, pero también la visión particular del ensayista que nos la expone. Y con una sana revaloración de los objetos y de la cultura material, con una perspectiva crítica de las costumbres sociales sedimentadas en nuestra realidad cotidiana, con un admirable trabajo que consigue armonía entre lenguaje y desarrollo conceptual, Tomografía de lo ínfimo nos enseña cómo observar de otro modo aquello que nos rodea.

Ensayo libre, ensayo literario, ensayo conjetural, ensayo sobre lo ínfimo; puede llamársele de muchas maneras, lo cierto es que se trata de un género con visión de rayos X, el cual, para operarlo, nos dice Laura Sofía Rivero, no hace falta ningún traje especial. EP



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