BECARIOS DE LA FUNDACIÓN PARA LAS LETRAS MEXICANAS: Incisiones

Ensayo

Texto de 16/09/19

Ensayo

Dos lombrices

Cuando tenía siete u ocho años nos llevaron a la composta de la escuela. Un montón de peceras, cajas y cubetas llenas de tierra húmeda, más negra de lo normal. Sobre ellas, gajos de mandarina y naranja, tiras de zanahoria, lechuga arrugada. Con palabras que pudiéramos entender, nos explicaron que la composta era una forma de crear vida ahí donde sólo había muerte. Reciclar destinos, por así decirlo. Un tinte denso de yema agria escurría de las cáscaras de huevo. La maestra hablaba sin parar sobre aire tóxico y cauces grisáceos. Advirtió que el mundo entero desaparecería algún día si no hacíamos algo. Casi nadie prestaba atención.

Yo estaba al fondo del grupo. En el contenedor a mi lado una lombriz acababa de asomarse de la tierra y se contorsionaba sobre la superficie. Su piel era café y rosa y transparente, indecisa entre el tornasol y el tinte pardo del agua estancada. Se veía como un pedazo de piel animado por accidente, invertebrado, grotesco e indefenso, un chicle escupido, capaz de estirarse a lo largo sin romperse. No lograba distinguir cuál era su rostro y cuál su cola, dónde había empezado y dónde terminaría. Bien podría ser sólo un colgajo o algo inacabado. Las lombrices son criaturas sin cara ni carisma. Alimento de alimentos, su carne es carnada —no botín sino ofrenda—. No las tratamos como vida porque ya parecen menos que eso. A veces, cuando muchas se retuercen entre la tierra, evocan un montón de vísceras animadas: antes el interior de otro que un ser en sí. La lombriz serpenteaba entre raíces de betabel como si le costara trabajo existir. Sus anillos eran tan profundos que me invadió un escalofrío de sólo imaginar cómo se sentiría pasar la uña entre ellos. Jamás la habría tocado.

Un amigo dijo que su hermano mayor decía que había leído que, si cortabas una lombriz por la mitad, se hacían dos. “Son mermafroditas —declaró—, significa que si las partes, solitas se reproducen”. Sonaba a mito. Alguien más le respondió que la lombriz seguramente moriría. Ambos se retaron e intercambiaron insultos para decidir quién haría la incisión con la palita enterrada en la cubeta. Era la apuesta por antonomasia: ahí donde había una vida podría haber dos, o ninguna. La división que es adición, la adición que da nada. No lo habríamos deducido, pero hablábamos de un milagro, potestad divina para crear o deshacer.

Finalmente tomé la palita, inseguro de dónde hacer el corte, y partí con suavidad a la lombriz en dos. No era indiferencia ante la vida ajena, sino mera curiosidad, fruto de la ingenuidad más pura. Dos mitades de un cero se enroscaron frenéticamente. Mis compañeros gritaron. La maestra llegó corriendo y me agarró por la muñeca: “¡¿Qué hiciste, niño?! Los traemos aquí a que aprendan sobre la vida y no ponen atención, nunca escuchan, y para colmo se ponen a matar a los animales. No tienen vergüenza, se trataba justo de lo contrario”. (En ese entonces ni ella ni yo lo sabíamos, pero tenía razón: la palabra composta proviene del latín composĭtus, que alude al acto de unir; yo había tajado un ser por la mitad.) La maestra me jaloneó y gritó hasta que me solté a berrear frente a todo el salón. Agaché la mirada para que nadie me viera y avisté en el contenedor no una, sino dos lombrices bailando sobre la tierra.

Su piel anillada era tan babosa que reflejaba la luz y parecía brillar.

Elogio de la asimetría

No sabemos cuidar plantas, ni flores ni vida en general. Cada dos o tres meses, mis padres compran especies diferentes que decoran el jardín unos días y luego comienzan a marchitarse. Sin importar la estación, se lo achacamos al clima, aunque nunca las procuramos ni investigamos cada cuánto deberían regarse. Por semanas dejamos los tallos secos sobre las macetas de barro, sus pétalos reducidos a

celofán. Quien nos visita aprende que la naturaleza abunda, pero es sólo ornamental. No conocemos sus nombres siquiera: es color y no flora, luz y no vida. A veces mi madre compra tanta fruta que mi hermano le pregunta si planea comerla o pintar un bodegón —también se le llama naturaleza muerta—. Prueba de ello es el árbol sobrecrecido y despeinado en nuestra entrada, que no es naranjo, ni limonero, ni mandarino ni nada que pueda adivinarse o amarse. Deja caer frutos de piel desteñida, gruesa y rugosa, que nacen secos, pequeños abortos, con un interior amarillento y semillas quemadas, cuyo sabor no es ni amargo ni agrio sino lo peor de ambos. Ni siquiera se puede hacer agua con ellos.

Hay, sin embargo, una excepción. Sobre la mesa de vidrio en la sala se posa una orquídea, que pertenece a la familia Phalaenopsis, de flores blancas con centros amarillos como aquellas que decoran las recepciones de funerarias o consultorios, a la vez delicadas y espectaculares. Alguien se la regaló a mi madre hace dos años y, por magia o milagro, vive a la fecha. Se alza sobre una maceta traslúcida que deja ver sus raíces sepultadas bajo cortezas; sus hojas elípticas se extienden y curvan como olas. Las orquídeas domésticas son endebles y necesitan un soporte vital, como si sólo existieran en cuidado intensivo; por ello siempre se les ve amarradas a una vara paralela que sostiene su peso desde la raíz. Hasta hace unos meses, la vara era su eje de simetría: de cada lado brotaba una cascada blanca de flores empalmadas en escalera descendiente. Ramas gemelas sobre una maceta circular —una esconde lo que la otra deja ver—. Palíndromo encarnado, la orquídea era perfectamente simétrica. Con ello quiero decir que encontraba unidad en la duplicidad, armonía en la oposición. Que sus extremidades se reflejaban, en forma, tamaño y posición. Que ambos tallos eran equidistantes a la vara médica, dos partes análogas de un todo.

En los albores de la historia se declaró a la symmetría principio de la belleza, y a la proporción, su puesta en escena. Juzgábamos bello lo bien proporcionado: cuerpo, espacio y sonido acataban intervalos que hacían de la mesura, hermosura. La idolatría de la proporción áurea en la espiral de un caracol asociaba la perfección a la reproducción infinita. En su célebre tratado sobre arquitectura, Vitruvio prescribió que la composición de los templos debía imitar la justa armonía del cuerpo humano, donde cada extremidad tiene su reflejo: “La simetría nace de la proporción, que los griegos llaman analogía”. Nuestra orquídea era hermosa porque se correspondía: dos tallos, cada uno con cuatro nudos y seis flores que dibujaban arcos ligeros, sus pétalos idénticos, un ojo amarillo en todos ellos. Ostentaba, como un templo o un cuerpo humano, armonía y balance. Era una y otro.

Fue perfecta.

Como de costumbre, nadie se percató cuando uno de los tallos comenzó a anaranjar, a desteñirse y secarse, hasta que murió y quedó petrificado en el aire. Un manual en línea sugería podarlo de modo que no fuera un lastre para la prosperidad de su hermano. A veces es mejor dejar ir; sólo entonces se puede respirar. Mi papá cortó la vara izquierda apenas por encima del cuarto nudo. De aquel lado quedó un muñón que nunca volvió a florecer, mientras la orquídea crecía en el otro, presta al gigantismo. Entonces se volvió asimétrica. Olvidó la armonía, la proporción, el balance, y ahora cae en picada. Ya no dos, sino uno y cero. Según el diccionario, la asimetría es sólo carencia de simetría, no-analogía. Su prefijo la define como negación de algo más, un diálogo con lo inexistente. De igual forma, nuestra orquídea no es ya paralelismo sino divorcio. Geometría solitaria, extremidad de una ausencia: dialoga con el espacio en blanco, lo que está donde ella no. Halla su equilibrio en perpetua tensión con el vacío y demuestra que la armonía no es negación de contrastes, sino balance entre ellos. Perdió nobleza, ganó dignidad. Non corrisponde, eppur fiorisce. Equiparar la belleza a la proporción es conceder la fealdad de casi todo en este mundo. Una lombriz cercenada a manos de un infante es asimétrica, pero también lo es un vegetal recién desenterrado, retorcido en su propia raíz. Según dicen los teóricos, la asimetría de información desata guerras y crisis diplomáticas, aunque la prefiero cuando de infidelidad se trata. Si bien el cliché romántico aspira a la simetría —búsqueda de la otra mitad—, en realidad, el amor y la amistad son casi siempre asimétricos. Porque la simetría implica reciprocidad, y ésta escasea en las relaciones humanas: a menudo uno quiere más de lo que es querido, así como un pie es siempre más largo que el otro. Lo simétrico es entero e ideal; lo asimétrico, sincero e irregular. Mis dientes chuecos son asimétricos, la cicatriz sobre mi labio se curva hacia la izquierda y, al sonreír, sólo se marca un hoyuelo en mi mejilla derecha. Dejemos la perfección confinada al interior de los frutos. Un busto antiguo, preservado intacto, es digno de admirarse; en cambio, uno partido o resquebrajado excita nuestra imaginación con la promesa nostálgica de fantasías irrecuperables —el primero inspira grandeza; el segundo, anhelo—. Así también un vestido asimétrico desnuda el hombro y seduce al insinuar sin desvelar, alardeando lo que la entereza no podría. Así susurra. En griego antiguo eros significa ‘deseo’, pero también carencia: el amor más puro nace en presencia de ausencias. Por lo mismo, una orquídea de dos brazos es perfecta, mientras que una amputada tras la enfermedad es humana. Mitad flor, mitad espacio: vida y vacío. Escalera de nieve, flora de encaje, baraja extendida. Su arco cae súbitamente e ilustra en el aire la belleza trágica de lo no correspondido. A la fecha, cuando el día está soleado, poco después de la comida, una luz tenue baña su único tallo y proyecta sobre el mantel la sombra de un recuerdo. Es la única flor en la casa que sobrevive a nuestro descuido e inexperiencia. Su silencio habla en nombre de la imperfección. EP

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