Caminando palabras: acompañamiento a infancias en contextos de migración

A partir de su experiencia, Nadia López García ensaya sobre las infancias migrantes, especialmente las indígenas, y reflexiona sobre la importancia del acompañamiento a las infancias y el cumplimiento de sus derechos.

Texto de 11/04/22

A partir de su experiencia, Nadia López García ensaya sobre las infancias migrantes, especialmente las indígenas, y reflexiona sobre la importancia del acompañamiento a las infancias y el cumplimiento de sus derechos.

In tsáni kunchee me paa ra maa,

kaká ka´nu ichi kui

fresa ra tinana,

ntaa me paa ra maa nai naa ini

ta koo yiki kueni.

¿In kii satsinu kukana ini?

¿Chazoo kata saa

in ñu´ú?

En sueños he visto a mis padres,

caminan por grandes caminos verdes 

de fresa y tomate, 

en sus manos crece el olvido

como un caracol lento.

¿Un día terminará la tristeza?

¿Volverá el canto de los pájaros 

a esta tierra?

Por muchos años viví con mi familia en la colonia Vicente Guerrero, allá en San Quintín, Baja California. Soy hija de jornaleros agrícolas que durante mucho tiempo tuvieron las manos entre negras y verdes por todo el pepino que cortaban, que desde las cuatro de la mañana se levantaban a hacer sus tortillas de harina para echar su lonche —normalmente taquitos de huevo con frijol—; jornaleros que hoy día tienen problemas en la piel y la espalda por haber pasado tantos años inclinados bajo el sol cortando fresa, tomate y zarzamoras. Soy de esas niñas que cuando no entraba al campo a trabajar en la pizca junto a sus padres, los esperaba sentada a orilla del camino, a donde llegaba el camión que los llevaba y traía, junto a otras decenas de personas que también iban a pizcar, muchas pertenecientes a Oaxaca, Guerrero y Puebla, los estados de mayor expulsión jornalera en este país. 

Vivíamos en una de las colonias de reciente fundación, la mayoría de las casas estaban construidas con cartón y selladas con brea; algunos más vivían en las llamadas barracas, galeras, que eran rectángulos de lámina de no más de 3×3, donde llegaban a vivir más de 10 personas. Fui de las pocas afortunadas que iban a la escuela, la gran mayoría de mis amigas y amigos trabajaba tiempo completo junto a sus padres o tíos en la pizca. Entré a la primaria antes de cumplir los cinco años, sobre todo, porque la escuela era, para muchos de nuestros padres, la posibilidad de que no estuviéramos tanto tiempo solos, mientras ellos trabajaban. 

“Fui de las pocas afortunadas que iban a la escuela, la gran mayoría de mis amigas y amigos trabajaba tiempo completo junto a sus padres o tíos en la pizca”.

En ese tiempo se escuchaba mucho sobre los niños que desaparecían. Tiempo después los reconocían como parte de los cholos o como vendedores de droga en alguna esquina; había otros a los que jamás volvíamos a ver. Como a mi amigo El Chiapas —así le decíamos porque toda su familia venía de ese estado—, un día lo dejamos de ver y hasta la fecha no sabemos qué fue de él; su familia tampoco ha querido decir nada, hasta hoy. La única escuela que había era multigrado con un solo maestro que se hacía cargo de todos los grupos y que además, de vez en cuando, nos acompañaba hasta nuestras galeras. Esos salones eran un lugar seguro, a pesar de todas las violencias vividas dentro: seguía siendo un lugar seguro para quienes parecíamos hijos del viento, porque casi siempre andábamos solos. Pertenezco a una infancia a la que pocos miraban. 

Recuerdo que muchos de nuestros padres trabajaban de lunes a viernes en los campos de cultivo de fresa y los fines de semana iban con los llamados “rancheros” a cortar chile o sandía. Recuerdo que esos fines de semana nos juntábamos como 10 niñas y niños a caminar por las calles, a jugar bebeleche, atrapadas; recuerdo que durante algunos fines de semana llegaban caravanas de personas a darnos clases, talleres de dibujo y pintura, nos contaban historias y nos daban un vaso de leche. Esos talleres duraban dos o tres horas; hoy sé que por esas dos o tres horas que pasábamos escuchando historias o pintando, muchos de nosotros no pasamos por tantas situaciones de violencia que sí pasaron otros niños en las calles de San Quintín. 

Algo que quedó muy grabado en mi corazón fue reconocer la dignidad con la que nos escuchaban esas personas, el tiempo que nos brindaban para contarnos una historia o jugar con nosotros, jamás antes alguien me había puesto tanta atención cuando le contaba qué había soñado, a qué le tenía miedo o cuál era mi mayor felicidad. Fue ahí donde supe que, aunque a algunas personas yo les resultaba desagradable —casi siempre todos andábamos sucios y muy frecuentemente nos llenábamos de piojos—, había personas que tenían tiempo para nosotros, que cantaban con nosotros, que nos daban colores y hojas para pintar; había personas a las que no les importaba que no fuéramos de ahí o que fuéramos indios manos verdes, como algunas personas nos nombraban. Eso marcó mi vida profundamente, tanto que ahora me dedico a acompañar a infancias en procesos de migración.

En nuestro país, un gran número de personas que migran pertenecen a un pueblo originario, son hablantes de una lengua indígena, como es el caso de mi familia que es hablante del tu´un savi de la Mixteca Alta de Oaxaca. Nuestra lengua estuvo a punto de desaparecer de mi casa: la migración, aunada al racismo y discriminación de los entornos que no son propios —a donde llegamos por trabajo, estudio o huyendo de alguna situación de peligro en nuestros pueblos—, hizo que mi madre sintiera que hablar su lengua en un lugar ajeno a nuestro lugar de origen era riesgoso. Por ello, era mejor sólo expresarnos en español, pasar lo más desapercibidos que pudiéramos.

“Nuestra lengua estuvo a punto de desaparecer de mi casa: la migración, aunada al racismo y discriminación de los entornos que no son propios, hizo que mi madre sintiera que era riesgoso hablar su lengua en un lugar ajeno a nuestro lugar de origen”.

Esto no sucede sólo en mi familia; según el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI):

❧ 7 de cada 10 personas en migración interna, provenientes de una comunidad indígena, sólo hablan en español.

❧ Se calcula que en la segunda y tercera generación de familia migrante la lengua originaria ya se ha perdido.

❧ Se estima que el 40% de migrantes indígenas, después de varios procesos migratorios, dejan de hablar su lengua originaria.

❧ El 70% de las mujeres indígenas que migran como jornaleras no están con sus hijos de 10 a 12 horas diarias, lo que implica que no hay tiempo para la enseñanza y práctica de la lengua.

Gracias al acompañamiento que hemos brindado en varios lugares de la República he conocido que la migración tiene tantos orígenes, caminos, caras y formas de vivirse, como tantas personas haya que habiten esta forma de vida, la de ser migrante. 

Muchas veces se considera que migrar es algo que se hace por gusto, por voluntad, por decisión. Nada más alejado a la realidad actual, la gran mayoría de personas que me ha tocado acompañar no migran porque quieren: migran porque deben hacerlo, ya sea para ir a un lugar más seguro o para poder tener mayores ingresos económicos, entre otros factores. Migrar para muchas personas que pertenecemos a un pueblo indígena, desde hace mucho, ya no es una decisión, es una consecuencia. Muchos de nuestros territorios, ricos en tierra, agua, minerales y madera, han sido saqueados y actualmente son espacios geográficos donde la violencia habita de una forma tan tremenda que a veces es necesario migrar, huir. 

No es casual que los territorios más concesionados a mineras son los territorios indígenas donde, hoy por hoy, hay muchas familias desplazadas que están migrando con sus bebés, niñas y niños. “Está triste, pero luego se le va a pasar; a esa edad luego no sienten mucho, luego se les olvida”: decía la mamá de una niña que conocimos en Tijuana, quienes venían migrando desde Chiapas. Hemos creído que las infancias tienen emociones volátiles, que no hay que prestarles mucha atención, porque pronto se les olvida el dolor, la lejanía. La realidad es otra, la niñez también se duele, también extraña, también se siente amenazada y es necesario acompañarles con palabras, con miradas, con juegos para hacer más transitable el camino que están recorriendo.

“Migrar para muchas personas que pertenecemos a un pueblo indígena, desde hace mucho, ya no es una decisión, es una consecuencia. Muchos de nuestros territorios, ricos en tierra, agua, minerales y madera, han sido saqueados”.

Según UNICEF, los estados donde debemos poner más atención al tema de infancias migrantes son Chiapas, Tabasco, Tamaulipas, Veracruz y CDMX, porque se han registrado mayores casos, denunciados, sobre violencia e infancias migrantes —se debe mencionar que hay pocos documentos con información sobre infancias y migración a diferencia, por ejemplo, de las muchas investigaciones sobre remesas y su distribución—. No quiere decir que los demás estados del país se salven, sólo que al encontrarse, la mayoría, en espacios fronterizos, son más visibles. Habría que observar a nuestro alrededor: cuántas de las infancias que veo pertenecen a ese número del que casi no se habla, cuántas de las infancias con las que he convivido en el último mes se encuentran en una situación de migración y/o desplazamiento forzado. 

Hace tiempo, en un foro, escuché a varias personas académicas y escritores hablar sobre la migración; tocaron el tema de las infancias y lo que decían me parecía tan maravilloso, pero a la vez tan alejado de la realidad. Cuando hubo espacio para las preguntas, me aventuré: “¿alguno de ustedes ha estado en una estación migratoria, albergue, hospital, mercado, calle, entre otros espacios, donde hayan hablado y escuchado a niñas y niños, indígenas o no, que se encuentren migrando y que en ese proceso han sufrido violencias tan brutales que incluso han perdido el habla?”. Ya sabía la respuesta que vendría; con esto no demerito el trabajo que se hace desde la academia, al contrario, es necesario, pero no basta. ¿De qué sirve que haya convenios firmados, leyes, acuerdos, si las niñas y niños ni siquiera las conocen, si nadie les ha dicho que no son hijos del viento? Son niños y niñas a quienes quizá les ha tocado vivir experiencias muy crudas; a quienes quizá nadie les preguntó si querían irse de su lugar de origen; a quienes tal vez nadie les ha preguntado qué sienten al estar migrando, qué les duele, qué sueñan, a qué le temen. Puede ser que hasta ahora nadie se haya querido sentar con ellas y con ellos para compartir palabras que hagan un poco más confortable su paso por este mundo.

Desde las instituciones, desde los escritorios, desde las calles, desde el arte y la cultura, desde todos los espacios, necesitamos que más gente reflexione, actúe y exija que los derechos de las infancias sean para todas las infancias, sin importar de dónde vienen y a dónde van. Por ello, creo en los espacios de refugio simbólico que pueden generar las mediaciones culturales, ya sea leer, cantar, pintar o simplemente sentarse junto a alguien a ver el cielo, el techo o una ventana. Creo en la posibilidad de construir espacios de escucha digna, de diálogo genuino con las infancias para poder pensar y construir otras realidades; creo en la posibilidad de crear espacios seguros para que puedan reír, cantar, soñar, jugar, aun, dentro de la enorme desigualdad y diversidad que significa ser migrante. EP

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