Norteando: La futura presidencia en Estados Unidos

Norteando es el blog de Patrick Corcoran en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 26/08/19

Norteando es el blog de Patrick Corcoran en Este País y forma parte de los Blogs EP.

La política estadounidense hoy en día se destaca por su vejez. El habitante de la Casa Blanca tiene 73 años. El gran favorito para reemplazarlo, Joe Biden, tiene 76. Bernie Sanders, uno de los mayores rivales de Biden, tiene 77. Elizabeth Warren, la jovenaza de los candidatos, cumplió 70 años en junio. Sí, hay aspirantes serios que aún no entran a la tercera edad, pero lo más probable es que hasta el 2024, el líder político del país tendrá una cabeza llena de canas.

Las mismas tendencias se notan en el poder legislativo. El Congreso elegido en noviembre es de los más viejos en la historia del país. La edad promedio de los Senadores actuales es 62 años; sus máximos líderes—el demócrata Chuck Schumer y el republicano Mitch McConnell—tienen 68 y 77 años, respectivamente.

Lamentablemente, los puestos de los oficiales mencionados arriba les exigen la energía y lucidez de un superhéroe. Más aún, estos trabajos tienen un impacto enorme sobre la vida pública y el bienestar material de la ciudadanía. Si no están a la altura, no es una crisis familiar sino nacional. Aunque suene brutal admitirlo, la verdad biológica es que la gente de tal edad suele perder su capacidad física y mental, y sufren de un riesgo elevado de un declive cognitivo grave.

Las evidencias están a la vista. Trump recibe más atención por su racismo y misoginia, pero sus apariciones públicas ofrecen pruebas de un cerebro disminuido. Se confunde fácilmente, se repite y se contradice, y batalla para seguir un mismo hilo de pensamiento. A menudo, sus oraciones son de niño—fragmentos que no se apegan a las reglas de la gramática. Su forma de hablar hoy en día demuestra claras diferencias con sus entrevistas de hace 30 años; antes, utilizaba oraciones complejas y no sufría de los tropiezos verbales. En varias ocasiones, las cámaras lo han captado aparentemente perdido en medio de apariciones públicas.

Ninguno de los pretendientes democráticos padece de síntomas de la misma gravedad, pero tampoco son inmunes. Biden especialmente llama la atención; ha confundido a la ex-primera ministra británica Theresa May con Margaret Thatcher, quien ocupó el mismo puesto hace 40 años. Dijo que el asesinato de John F. Kennedy, uno de los momentos más famosos en la historia política del país, sucedió en los finales de los 1970 (fue en 1963). Hizo referencias a las matanzas de Michigan y Houston, cuando hablaba de los recientes ataques en El Paso, Texas y Dayton, Ohio. Durante toda su carrera, Biden ha sido propenso a tales torpezas, pero el ritmo del error ha acelerado durante los primeros días de su campaña.

La cuestión de la edad de los líderes estadounidenses va más allá que las mensadas penosas. Generalmente, el país que fomenta renovación generacional tiene una política más saludable. La presencia de tantos setentones dominando el sistema político desde hace varios años necesariamente implica que el progreso de algunos jóvenes talentosos se está impidiendo.

Nunca sería ideal, pero esta dinámica es aún más problemática ahora debido al gran reto que enfrenta en este momento de la historia: el cambio climático. Superar este problema requiere una mentalidad de largo plazo, y será el trabajo de varias generaciones. Requiere cambios—a lo mejor radicales—en la manera que la fuerza política relaciona con los poderes económicos, y en la cultura que compartimos todos. En algún momento va a obligar un sacrificio en la comodidad material actual, para invertir en un futuro lejano, cosa que difícilmente se logra en la democracia. Y urge que arranquemos con este trabajo monumental.

No es imposible que Biden o Warren (especialmente la segunda) sean agentes de este cambio, pero será principalmente una labor de las generaciones jóvenes. No es casualidad que una tras otra encuesta revela que los jóvenes están mucho más preocupados por el cambio climático que sus papás o sus abuelos. Hay una explicación lógica: ellos tendrán que enfrentar las consecuencias de no lidiar con ello. En cambio, Trump, como demasiados de su generación, está contento con tapar el sol con el dedo durante los años que le quedan, y heredar un planeta moribundo a sus descendientes. EP

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