¿Por qué algunas lenguas se certifican y otras no?

Cada vez es más común que se requieran certificados sobre el conocimiento de algunas lenguas extranjeras, pero no de cualquier lengua, ¿por qué? El lingüista Renato García González escribe sobre el conocimiento de una lengua, su supuesta caducidad y su certificación.

Texto de 29/07/22

Cada vez es más común que se requieran certificados sobre el conocimiento de algunas lenguas extranjeras, pero no de cualquier lengua, ¿por qué? El lingüista Renato García González escribe sobre el conocimiento de una lengua, su supuesta caducidad y su certificación.

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Honestamente, siempre me he preguntado por qué los certificados de lenguas extranjeras —como suelen conocerse— tienen fecha de caducidad: desconozco por completo las razones. Esto me ha llevado a preguntarme si progresivamente —contra todo sentido— la lengua en cuestión puede olvidarse. Quizá esto pueda ser cierto si se deja de utilizar o de practicar, o si la persona sufrió algún tipo de afasia. No obstante, por regla general, si uno aprende una lengua, esta puede permanecer en la mente del hablante: el conocimiento de una lengua no caduca.

Ahora bien, ¿por qué hay certificados de conocimiento de lenguas como de inglés, alemán, francés o español, pero no hay certificados de tojolabal o pame norte? Es así porque ningún negocio, escritura académica ni discurso institucional se conduce en estas lenguas. El monopolio de la ciencia y la academia, del mercado y la cultura está concentrado en las lenguas europeas, y recientemente en lenguas asiáticas emergentes, como el mandarín, japonés o coreano. El prestigio sociocultural está condensado en un puñado de lenguas cuyos administradores han aprendido a monetizar muy bien con el doble objetivo de mantener el prestigio y lucrar con el patrimonio de la humanidad: no hay que olvidar que las lenguas naturales son patrimonio cultural inmaterial

Las instituciones de sanción del conocimiento de una lengua extranjera imponen a los hablantes o aprendientes, por la vía del hecho, una serie de criterios e ideales, generalmente, inalcanzables —o lingüísticamente innecesarios—, ya sea una pronunciación cercana a la nativa (monolingüe) o un conocimiento casi de diccionario de un gran número de palabras, aunado a una sintaxis ideal con una competencia pragmática adecuada a un sinfín de situaciones particulares. Por ejemplo, bajo esta perspectiva resultaría inaceptable que se transfirieran a una lengua extranjera los usos de cortesía de la lengua nativa: hay por ahí muchas recomendaciones que desaconsejan utilizar excesivamente las fórmulas de agradecimiento en una lengua (quizá, en una cultura) en la que esto no es necesario.

“El concepto mismo de bilingüe no pasa por tener una pronunciación perfecta, ni un vocabulario extenso que cubra todos los campos posibles, mucho menos por tener una sintaxis perfecta o un uso específico para todas las situaciones posibles”.

En realidad, ¿un bilingüe necesita todo eso? La mayoría de las personas expertas en estudios sobre el cerebro bilingüe y el bilingüismo discrepa. El concepto mismo de bilingüe no pasa por tener una pronunciación perfecta, ni un vocabulario extenso que cubra todos los campos posibles, mucho menos por tener una sintaxis perfecta o un uso específico para todas las situaciones posibles; incluso una persona monolingüe no cumple con todos estos ‘requisitos’. Como afirmé: esa es una falsa expectativa creada por quienes administran las pruebas y asignan los niveles a cada persona. El bilingüismo, más que ser un estado particular de conocimiento sobre una o más lenguas, es un continuum que se extiende de una lengua a la(s) siguiente(s). Actualmente se sabe que el bilingüismo es un estado natural de los cerebros humanos, más que una excepción: lo extraño sería el monolingüismo, aunque no hablaré de ello en esta ocasión. 

¿Lo anterior significa que no necesitamos cualificaciones particulares para tipos especiales de actividades en otra lengua? Desde luego que sí: sin duda quien se dedica a los negocios necesita saber cómo expresar de manera adecuada lo que sus posibles socios deben conocer, del mismo modo necesita comprender perfectamente los intercambios propios de su actividad; quien se dedica a la ciencia, necesita entender todos los términos y particularidades de su campo para poder comunicar de manera efectiva sus hallazgos. Sin embargo, ¿necesitan todos los bilingües estar en el mismo nivel para sus diferentes necesidades? Definitivamente, no.

En mi opinión, la ilusión del bilingüismo perfecto impuesta por las instituciones de evaluación y certificación ha provocado una serie de creencias arraigadas y articuladas alrededor de la meritocracia: entre más certificados y más niveles completados, mejor; se es más competente, se está más capacitado para cualquier cosa… A su vez, este frenesí por la certificación y la compleción de cada vez más niveles ha creado un mercado ávido de cursos, aplicaciones, exámenes, libros, materiales didácticos… Y, sin embargo, como todo mercado, actualmente, también representa fuentes de empleo: como en casi todas las cosas de la vida actual, se trata de una más de las paradojas del capitalismo. 

“El puñado de lenguas que actualmente requieren certificación son las que en su momento acompañaron a las empresas coloniales de Europa, aquellas que en las regiones en las que funcionaron estos sistemas gozan de prestigio.”.

Este artículo de ninguna forma pretende denostar la incansable labor de las personas dedicadas a la impartición de cursos de lenguas o certificación: es una crítica al capitalismo y a la forma en la que convierte todo en un producto de compraventa; es, también, una crítica a un sistema de mantenimiento del prestigio y de administración del poder. El puñado de lenguas que actualmente requieren certificación, como apuntábamos al inicio, son las que en su momento acompañaron a las empresas coloniales de Europa, aquellas que en las regiones en las que funcionaron estos sistemas gozan de prestigio. La exigencia de certificación en esas lenguas, de facto, reproduce un sistema de validación del prestigio poscolonial de Europa. Si bien de momento no nos queda de otra más que participar de esas dinámicas, también vale la pena preguntarnos si en algún momento podremos revertir esa presión, muchas veces, asumida de manera inherente. EP

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