Cuatro poemas

“Pero cambió. Ya luego no quiso morir nunca, ni cuando se cerró su edad, aunque su cuerpo quiso ella se abstuvo, prefería no hacerlo.”

Texto de 24/07/20

“Pero cambió. Ya luego no quiso morir nunca, ni cuando se cerró su edad, aunque su cuerpo quiso ella se abstuvo, prefería no hacerlo.”

Tiempo de lectura: 6 minutos

Herencia electiva 


Hoy traigo puesto el sostén 

de mi abuelita muerta. 

Es negro y tiene encaje

y me queda perfecto. 

Qué sorpresa. Éramos 

tan distintas. Ella 

hasta la noche antes 

de su muerte insistía 

en lavarse la cara 

y usar todas sus cremas antiarrugas 

y yo a veces a penas, a veces 

repruebo en serotonina, hablo 

el idioma errático de la depresión endógena,

soy desniveles químicos, kármicos 

de esa misma abuela que años antes 

casi se desangró en la tina, en la infancia

de mi madre o salió en coche y dijo

que nunca volvería, quiero decir

que me oscurezco a veces como ella, 

que se me otoña el cuerpo tan sobrando. 

Pero cambió. Ya luego no quiso

morir nunca, ni cuando se cerró su edad, 

aunque su cuerpo quiso

ella se abstuvo, prefería

no hacerlo. Y hoy

traigo puesto 

su sostén, tan negro, tan encaje, 

porque he volteado las piedras de los ríos,

porque es eso, al fin, lo que quisiera

heredar de ella, sus ganas

de quedarse. 

La recuerdo: 

lo último que comió en la tierra

fue un durazno prensado.

La recuerdo: 

sus pies no tocaban el piso 

cuando se sentaba en la silla 

del viejo comedor.  

Acostada en la cama de la última noche, 

hundiéndose en su muerte sin salida,

se sostuvo con fuerza de mi mano 

como si yo pudiera traerla de regreso. 

Se murió 

con las uñas pintadas de rojo. 

Esto es cierto: favor 

de remitirse 

a la evidencia. 

Abuela:

yo fui tu descendencia

tu estado de latencia, tu lactancia, 

la forma de tus manos y tus dudas,

la pausa antes del acto.

Abuela: duro orden de sangre y leche,

armisticio, yo fui

las deudas que olvidaste, 

la sombra de tu cuerpo en la banqueta, 

la hebilla de tu zapato izquierdo. 

Abuela. Gametos y labiales 

que de niña yo frente al espejo. 

Abuela. Luz 

de medianoche. Esas 

bolsas donde guardabas

bolsas donde guardabas 

sobres de azúcar

y basura diminuta, tan 

brillante. Abuela. Oropel de a peso, 

cajita de música, chatarra de oro lenta.

Abuela. Bisutería. Piel, cabello, ojos. 

¿Dónde están? Tanta materia inerte, tan 

biodegradable. 

Abuela, tenías miedo de dormir, 

me despertabas. 

Abuela, nunca saldrás del hambre,

ni caminas a oscuras sobre la alfombra, 

ni jamás fuiste a penas, duramente.

Baraja de olvidos, ruina de telómeros, 

siempre hacías trampa en los juegos de mesa

y querías vivir sobre todas las cosas

a pesar de tu cuerpo. 

Abuela, esta mañana 

decidí ponerme tu sostén de encaje, 

¿lo recuerdas?

Tus ganas de vivir 

contra mi cuerpo, 

tus ganas 

de sostenerte al mundo,

de quedarte.

Porque eso es lo que quiero:

heredar tu deseo, 

amanecer con hambre. 

Porque no todo lo negro es luto. 

Lo sabías. 



Poema confeccionado durante un examen profesional


decir el cuerpo de otra manera   puente    sólido 

a partir del quizá       y no podíamos     claro

el filo el fondo    no sería posible redondear

la memoria       hacia adentro     hay otras fugas otras  

fraguas     desde el ámbito de lo vegetal y estos légamos

habrá que dejar sobre la mesa      lo que tuvimos antes

la contraparte del incendio signa   un corpus

de estudios el ánfora     la anáfora     la vida 

a bote pronto     el esbozo itinerante     el tú por tú

la velocidad de la fuga     su culminación

y la edición de textos     los plagios de Ulalume 

catarro y coéforas       música para ladrones 

nada estará bien      nada permanece en su sitio 

aún si se avanza se retrocede      la circunferencia

imperfecta que dejó tu taza de café 

la cumpleañera inválida   mientras las abejas    

la ciudad vuelve               a ser la luna el eclipse

la ciudad vuelve inevitable como el otoño 

donde el sur     y el nombre          convergen 

ecuador de inestable margen

una palabra    de cénit y ceniza

le ofrezco mi identidad a los escombros 

soy pequeña y amplia como un sí 

el instinto se detiene       y yo    

estudios académicos robustecer el efecto 

en efecto sin lugar a dudas quizá

eres la misma herida       en otra carne 

el color     de la sangre         en Bielorrusia 

pero esto no lo sabremos nunca     con certeza



Constelaciones


Para no perder el hilo

         de las constelaciones

para asirte a sus historias circulares,

         te encorvabas sobre la pantalla,

absorto en la aplicación,

         esa noche de campo a la intemperie,

por fin oscura, por fin en las afueras. 

Afuera, donde la noche

existe, en una oscuridad sin pies ni cabeza y yo

         te miraba a través de la ventana, dos dedos

sobre el vidrio y en silencio. Tu rostro encendido

         por la luz eléctrica, afianzado a las leyendas

y haciendo de puntos figuras,

         cuerpos, trocando

la soledad de los astros

         por sus historias. Sobreponías tu mapa luminoso 

al cielo y las astillas de vidrio

         respondían, cansadas de alinearse

en coreografías estáticas, echándose a la espalda

         el peso de ser puntos cardinales pero, en realidad,

ahora lo sabemos, extraviándose

         gradual y desmedidamente.  

Éste es sólo un recuerdo,

        ha mutado, se ha desviado un poco de su centro,

se enmascara en mi voz. Me sostendré de él

        como del hilo de un globo. No lo dejaré ir.

Subo a la azotea en pleno centro geográfico

        de esta mancha de luz, noche baldía

en la que ninguna estrella echa raíces y pienso

        que es imposible ver ahí a un oso,

que algo se ha movido,

        los astros han errado:

 el oso se ha comido al perro

        y Casiopea se cansó de tanto estar sentada.

Las constelaciones son codos y rodillas, esquinas

        y su luz, ya los sabemos, puede estar muerta.

Mi madre me decía que somos polvo de estrellas,

        lo cual no me consuela en absoluto. Y tú

no estás, sólo yo, queriendo encontrarle cuerpo al azar,

        atando una estrella a la otra

con este hilo plateado.

Así nuestra vida juntos: cada día brilla en mi palma

         pero es difícil unirlo al otro, darle cuerpo al tiempo,

espacio. Tuvo que existir algo,

         una cotidianeidad explícita, una línea de días.

Pero me ha quedado sólo la estrella aletargada

que quiere constelarse con los aviones,

con las luces de los edificios. Necesito

un mapa de tiempo, un calendario

de hace años para ordenar los hechos.

Necesito acoplar nuestros cuerpos

celestes a sus nombres, arar la noche

para encontrar las líneas que conectan 

una estrella con la otra

         y escuchar en mi boca la palabra 

ahí.

En una noche que no es esta uniste

 estrellas con el índice. Querías 

que viera las constelaciones. Entendí

que casi todas son líneas que forman

rombos o cuadrados, figuras geométricas

demasiado perfectas y me dolía 

no ver el pelaje del lobo,

         la nariz del perro o el vestido de la reina.

Me parecía que la vida era un esbozo,

         lo mínimo necesario para existir.

En lugar de estrellas, observo las luces náufragas

    de los aviones, escucho la curva roja

de las ambulancias. Miro hacia abajo: 

la ciudad absorta

en su propia luz, sobreexpuesta,

    sin lugar para el vacío, para decir, por aquí

trazaremos una línea. Imaginemos, por un momento,

    que cada lugar en el que entonces estuvimos

es una estrella. Busco ahora esa constelación

    que sin saber tejimos. Intento

distinguir sus esquinas, me pregunto

    cuál forma es ésa que sin querer trazamos,

qué espada o silla, qué armadillo. Imagino 

    todas esas constelaciones que existen

dentro de la luz de la ciudad. Cada quien

    ha delineado sin saberlo

su propia ruta,

    sus lugares sin remedio,

sus trazos invisibles, devorados

por la ciudad insomne.

Subo a contarle al cielo

                  sus vértebras de polvo.

He venido a mirar lo que miraste, 

partitura de luz y sus historias

que ya nadie. El universo: esa casa vacía 

donde las luces

se quedaron prendidas.  



Fiebre


Cerró la noche, rompí mis huesos, incluso  

en la hora más oscura mi cuerpo no es libre. 

Si se muere de repente o gradualmente, 

pendiente de la luz, olvidada de mí, 

si de pronto hablé con tu voz, 

que era la sombra de tu boca, que era tu nombre. 

Y todas las calles que recorrimos y las palabras

oscurecidas en nosotros. 

Mis huesos 

me ahogaron en la noche, mis huesos

rompieron la noche, rompí mis huesos 

y se te ocurrió morir y yo 

dejo los alrededores, 

reacomodo calles e intersecciones 

y me desconciertan las luces y los perros callejeros, 

me desconciertan las tiendas abiertas veinticuatro horas 

y a continuación dejaré de existir 

para siempre agotada. 

Como la sombra de tu boca, como tu nombre, 

hablaste con tu voz. 


Voy a hacer a mis muertos. 

Voy a hacer algo más: de la hoja del olmo 

seré la sombra parpadeante. Como una sombra 

en la boca, tal como tu nombre, hablé con tu voz. 

Mis muertos, con sus hilos oscuros, 

jalando sus cordones, reverdeciendo,  

mis muertos, recostados en la oscuridad, 

abastecidos.

Que no me mire nadie y estoy muerta. EP

DOPSA, S.A. DE C.V