Boca de lobo: Ojo si un argentino te pregunta “¿un matecito?”

Aníbal Santiago escribe sobre su reciente viaje a Argentina y sobre la costumbre y afición de sus pobladores a tomar mate y enfrascarse en largas y vehementes conversaciones.

Texto de 04/05/26

mate

Aníbal Santiago escribe sobre su reciente viaje a Argentina y sobre la costumbre y afición de sus pobladores a tomar mate y enfrascarse en largas y vehementes conversaciones.

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Las argentinas y argentinos platican (o conversan, como ellos dicen) con una emoción catártica, expansiva. Si tuviera que dar una metáfora para un argentino que está hablando, viene a mí una imagen geológica. Las palabras, las ideas, los trucos verbales, brotan como estallidos multicolores de un volcán, lava incandescente que envuelve, decreta, persuade y a veces desafía a la persona que está enfrente. Al argentino lo apasiona tanto hablar que acompaña ese placer con más gesticulaciones que un mimo y brazos que se agitan, bajan, suben, revolotean, explican con una comunicación súper expresiva, ansiosa, como si las palabras no bastaran y requiriera del torso. Argentina produce más palabras que futbolistas.

La semana pasada volví de un mes en Buenos Aires, La Plata y City Bell, la ciudad pequeñita (casi un pueblo) que mi papá eligió para su retiro después de 30 años como profesor en México. Con la edad, a ese barbón de casi ocho décadas, doctor en conversación, se le ha apaciguado el torrente verbal, pero aún inicia el diálogo con dos palabras hechiceras: “¿Un matecito?”

Esa frase económica y discreta que el 99.99 % de los argentinos pronuncia en realidad significa lo siguiente: ¿hablamos?

Prepárate; si un argentino te pregunta “¿un matecito?” es que busca (con vos, piba, pibe) un largo diálogo, mate mediante, que puede durar minutos o estirarse horas si estás dispuesto a succionar de la misma bombilla metálica (intercambiando babas, sí, que no te dé asco) la infusión de hojas de Ilex paraguariensis rica en cafeína, polifenoles y compuestos bioactivos estimulantes y antioxidantes. Sacrilegio, reduje el mate a su acepción científica; cualquier argentino me dirá que es una barbaridad: “No jodas, el mate no es sólo una yerba”.

El mate ya no es más un asunto estrictamente casero: toman mate en los parques, caminando en la calle, en el tren, la oficina; matea desde el albañil en la obra hasta el empresario que trabaja en un rascacielos. Y el mate es el activador de un diálogo que tiene tantos alcances como la vida. Con un matecito se habla de futbol, dulce de leche, política, pizza de muzarella, amor, tira de asado, soledad, helado de sambayón, música, chinchulines, literatura, empanadas, desempleo, Mantecol. De lo que sea. Si prestaron atención, la comida (el morfi) es un tema fundamental y se va intercalando en la charla sí o sí: no tienes escapatoria. Como mexicano tuve que explicar varias veces por qué nos enloquece que toda la comida pique sin importar que necesitemos un bombero apaciguando nuestra boca en fuego.

Ojo, no todo es felicidad; al argentino le gusta mucho más hablar que escuchar. Si empiezas a contar algo, no te dejará terminar. No importa de qué hables. Si vas a comentar lo que te produce Maradona, al decir “Maradona” te arrebatará el micrófono para que entiendas por qué el 10 es Dios. Y así con todo, ya sea que reflexiones sobre mosquitos o filosofía. Muere porque conozcas su teoría, más que por conocer la tuya, así sea brillante.

Mi primera noche en Buenos Aires fui a ver el clásico barrial entre Atlanta vs. Chacarita, duelo sangriento cuyo segundo tiempo presencié entre la hinchada bajo un aguacero de aquellos. Salí del estadio como pato.

Al día siguiente, dentro de un taxi, el conductor me informó —con erudición de meteorólogo— por qué en los días siguientes ya no llovería. En cuanto empecé a decir que fui a ver Atlanta vs. Chacarita (para hablarle de la lluvia), me interrumpió: “¿Viste a Chaca? ¡No me digas, yo fui jugador de Chaca! No sabés el jugador que fui, ¡qué calidad técnica!”.

Desde ese instante habló 10 minutos sobre Chacarita y no hallé un segundo de silencio para abrir la boca.

Un primo argentino, al que le conté la anécdota del taxi, me corrigió. El argentino no te interrumpe para que sepas su teoría, ni porque se sienta protagónico, ni porque su historia sea mejor que la tuya: “Nos entusiasma tanto hablar que ese entusiasmo nos desborda y por eso interrumpimos siempre”.

Quizá. Por lo pronto, te confío una técnica: si estás hablando con un argentino, interrúmpelo. Es cierto, él va a interrumpir tu interrupción. No importa, el resultado de esa batalla de interrupciones es una delicia.

Así que jamás te niegues a la propuesta de “¿un matecito?”. EP

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