Adelanto: El color favorito

Por cortesía de la editorial Gris Tormenta, publicamos un adelanto del libro «El color favorito. Un ensayo personal sobre las entrevistas literarias y el poder de las preguntas —y una historia sobre el hallazgo de un maestro de escritura» de Valeria Tentoni.

Texto de 24/04/23

Por cortesía de la editorial Gris Tormenta, publicamos un adelanto del libro «El color favorito. Un ensayo personal sobre las entrevistas literarias y el poder de las preguntas —y una historia sobre el hallazgo de un maestro de escritura» de Valeria Tentoni.

Tiempo de lectura: 6 minutos

¿Existe un camino para convertirse en escritora? ¿Entrevistar es escribir? En este ensayo personal, Valeria Tentoni reflexiona sobre dos conceptos fundamentales que la llevaron a lo largo de los años por ese camino: la pregunta y el maestro. Con un tono luminoso y cálido, narra algunos momentos que la hicieron descubrir y perfeccionar su voz literaria y ahonda en el significado de las entrevistas a partir de su propia experiencia con grandes personalidades de la literatura mundial. Al mismo tiempo, la autora brinda en El color favorito un homenaje singular a su maestro, un personaje de las letras universales. Compartimos, a continuación, un fragmento del libro:

Hace casi dos décadas que entrevisto escritores y escritoras, y todavía no aprendí a escribir. Esto no es algo que me preocupe del todo. Quizá, incluso, me alegre.

D. T. Suzuki dice que el budismo dice que es imprescindible mantener una mente de principiante. Que en la mente de quien comienza hay espacio para todo. Que el peor caballo es el mejor caballo. Que, en teoría, un caballo como yo aún puede mejorar.

Mi maestro, por ejemplo, que jamás fue a un taller literario, decía que se había formado a sí mismo simplemente leyendo. Y había algo que repetía cuando nos notaba algo derrumbados: que jamás había tenido un discípulo que escribiera tan mal como él cuando comenzó.

—Si hubo esperanzas para mí, hay esperanzas para todos —repetía.

Por mi parte, en ese tiempo no aprendí a escribir, pero aprendí otras cosas. Antes de entrevistar a escritores, y mientras tanto, entrevisté a muchos tipos de personas. Entrevisté a médicos, vedettes, actrices, coleccionistas, comerciantes, luthiers, niños violinistas, adultos violinistas, familiares de personas de genio y personas de genio también. Hubo víctimas de robo, víctimas de incendios, víctimas de Estado, abogadas, militantes. Militares no, aunque una vez me subí a una fragata. Pero sí entrevisté a defensores de los derechos de los animales, por ejemplo, y una vez a una mujer que criaba una rata como alguien más hubiese criado a un hijo.

Por encargo y en modo fantasma, entrevisté a una pareja de viudos que habían decidido fundir sus anillos de primer casamiento para moldear los del segundo. Se acompañaban al cementerio para llorar y se consolaban al regresar a la casa. La mujer me hablaba de su primer marido como de un amante; era claro que lo prefería, aunque estuviese muerto. Como agradecimiento por la entrevista, que duró varias horas, me regaló un ejemplar del primer número del diario para el que yo estaba escribiendo en ese entonces. Como todo lo que me dijo, no sé dónde lo guardé. Pero lo tengo.

Entrevisté también al mejor pianista de la ciudad: estaba escondido como una gárgola en el último piso de un edificio art déco que olía a oficina pública. Había regresado al país sigilosamente, después de vivir durante años en Europa y tocar para los últimos príncipes de este mundo. Para mi sorpresa, porque rengueaba, cuando entré a su casa lo encontré de pie, erguido como un mástil. Una mano iba apoyada en la mesa y la otra me invitaba dulcemente a tomar el té, que ya estaba servido. Si esto le costaba grandes esfuerzos, no permitía que se le notara. Le devolví la sonrisa que me había ofrecido al entrar: era una gran sonrisa, una sonrisa franca y entusiasta. Una sonrisa limpia, alada, llena de promesas.

Lo primero que le pregunté fue cuál era el color más hermoso que había visto en su vida. No sé por qué se lo pregunté, pero no dejé de hacer esa pregunta desde entonces.

No es tan simple comprender de dónde salen las preguntas. Irremisibles, incluso las más calculadas operan con resortes misteriosos y pueden saltar fuera de tiempo, con suavidad equivocada o hacia destinatarios cruzados.

Una pregunta es como un animal marino que se abre y se cierra, una medusa. Avanza, ágil y determinada, galopando por el océano negro. En sus carnes traslúcidas esconde una perla fluorescente y a su paso ilumina, a veces tenue, a veces hasta cegarlos, bosques y desiertos. No está escapando. Sus movimientos son más puros que los de alguien que escapa. Seguimos su rastro en la intuición de un brillo que se nos entregará tarde o temprano, y con la potencia del relámpago.

Por un brevísimo instante, tan breve que dudaremos de su existencia, seremos sabias junto a nuestra pregunta. El instante durará aproximadamente lo que un cuerpo dura sin sombra al mediodía. Pero la respuesta es un resultado del que somos apenas responsables: la pregunta es una linterna de luz impropia, una luna antes que un sol.

La primera vez que conocí a mi maestro fue como alumna, no como entrevistadora. Era mi segundo intento por anotarme en su curso, que agotaba el cupo a velocidad de meteorito, en un centro cultural universitario.

Por esos días yo andaba con una carpeta con el elástico vencido, repleta de poemas y cuentos absurdos que casi nunca terminaba. Leía cualquier cosa que me llamara la atención por su título o por su portada, traducciones horrendas de las librerías de saldos. Volvía de esas exploraciones con una sensación nueva y extravagante, algo así como un perfume ajeno en la ropa. Todavía no sabía quién era, pero me entusiasmaba la posibilidad de averiguarlo. Para eso, necesitaba un guía.

El maestro era altísimo, un gigante que parecía llegar de un viaje largo en el que se había vuelto sabio por desgaste. Atascada en mi pupitre, cuando entró al aula no pude ponerme de pie y quedé a media reverencia. En verdad, no se podía hacer otra cosa. Era imponente. Bajo un par de ojos celestes y rasgados, irrumpían sus anchos bigotes canosos, amarilleados por el tabaco, bajo la nariz recta y prominente. La boca, oculta, casi que ocultaba también la voz, que por lo general era suave y discreta como un secreto de familia, aunque de repente esa misma boca se abría como una cueva y tronaba con himnos extraños, cantos de sus propios personajes o recitados increíbles. Eran fraseos intempestivos y por completo fuera de contexto, pero solo por un momento, porque ante estas erupciones maravillosas el mundo se arrodillaba ante el mundo que él iba componiendo.

Después de aquella primera clase me obsesioné con su obra. Conseguí todos los libros que pude, todos los que alcancé a comprar o a pedir prestados.

El asombro me dejó sin aire.

Mi maestro hacía cosas que ni siquiera sabía que podían hacerse, no solo en los libros, sino en ningún plano de la existencia, planos que por otra parte se iban multiplicando y superponiendo conforme avanzaba en leerlo y escucharlo. Es más: por entonces, yo no sabía que se podían hacer cosas así, ni siquiera en los sueños.

Su imaginación era volcánica, libérrima, prodigiosa. Anchas avenidas de incorrección y gracia conectaban elementos tan disímiles entre sí que el efecto fue epifánico: la conciencia de que en los libros se podía hacer, literalmente, cualquier cosa.

Geografía, ingeniería, ciencias militares, física, química, numerología, historia, esoterismo, filosofía. La guerra y la paz. Las batallas se sucedían, una detrás de la otra. Había estiramientos y explosiones, jibarizaciones y puntillismos; aventuras de científico loco que levantaba, ladrillo a ladrillo, una realidad adulterada y colosal. Había dictadores, tiranos, amantes, aliados. Máquinas, dinastías, ejércitos, poetas, amores perdidos, astrólogos, magos, consejeros, conspiradores y traidores. ¿Cuántos seres podían caber en una sola mente?, me preguntaba, estudiándole el cráneo cuando pasaba caminando junto a mi pupitre.

Mi imaginación corría a la par de sus caballos desobedientes, rodaba colina abajo y se perdía por los mapas y los tiempos imposibles que diseñaba para nosotros y para él. Artefactos de todo orden se me presentaban y yo los aceptaba, cargaba su peso y su peligro. Inútiles, eróticas, magnicidas, las armas podían servir o no servir, pero siempre, por un instante, en sus libros, eran perfectas. Las descripciones ocupaban páginas y páginas de mediciones, cálculos y análisis de materiales, pero yo jamás me aburría. Había un discreto cable de cobre por debajo, un orden que conectaba cada una de las ideas: era claro que se movían orbitando una voluntad mayor que se imponía y las entronizaba. Y esa voluntad tenía domicilio en un monstruo dulce que abandonaba su guarida para venir a enseñarnos a escribir todas las semanas.

Yo llegaba a cada clase con una lectura nueva: tenía bastante con que entretenerme, porque por esos años él iba por su título número quince o dieciséis. Poco a poco comencé a notar que sus libros provenían de sus propios libros, que cada isla remitía a la siguiente, y todas a una isla mayor.

Abrir una de sus novelas era quedar fuera de órbita, ingresar en un pacto fuera del pacto. Leerlo era aceptar sus leyes delirantes. Es más: era haberlas aceptado de antemano y no se sabía bien desde qué momento. Una cosa así me aturdía de pasión y agradecimiento, porque entrar al libro era salir del mundo.

Dentro del libro, yo ya no era yo. Esa libertad total me pareció invencible, el bien supremo de la lectura. Era literatura, nada más y nada menos.Sin embargo, al mirarlo pasar, la última impresión que ese emperador invisible me provocaba era la de un ser inofensivo. Quizá fue por eso que sentí la urgencia de entrevistarlo. EP

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