Soy un muchacho

Las vivencias de la comunidad trans son diversas y amplias; sobre todo, no toda la experiencia de lo trans está llena de aspectos negativos. Para prueba, en esta crónica personal, Dante Tercero escribe sobre su experiencia de transición hormonal y los aprendizajes que le ha dejado ser un hombre trans que, a pesar de todo, ama y vive su cuerpo.

Texto de 10/12/21

Las vivencias de la comunidad trans son diversas y amplias; sobre todo, no toda la experiencia de lo trans está llena de aspectos negativos. Para prueba, en esta crónica personal, Dante Tercero escribe sobre su experiencia de transición hormonal y los aprendizajes que le ha dejado ser un hombre trans que, a pesar de todo, ama y vive su cuerpo.

Soy un muchacho

 y tengo escamas de sangre

 formando mandalas en mi entrepierna.

Así comienza el poema que escribí hace tiempo sobre lo que para mí era ser un hombre trans. Cuando vi en Instagram la publicación de un chico sosteniendo un letrero que decía: “Hay hombres que menstrúan”, pensé que se refería a que había hombres cisgénero que por alguna razón biológica tenían la menstruación, pero cuando leí los comentarios —sorprendentemente todos empáticos— entendí lo que quería decir: aunque algunos hombres trans tuvieran el periodo seguían siendo hombres, que ser hombre no depende de los órganos. Fue ahí, en ese momento, que mi percepción de lo que es un hombre trans se expandió.

“…una persona trans no necesariamente es alguien que odia su cuerpo.”

La menstruación nunca me causó disforia. Si bien no era un momento agradable, no me hacía sufrir psicológicamente como a algunos chicos trans que conozco. Simplemente me encargaba del ciclo y listo. Sin embargo, había otros rasgos que me tumbaban emocionalmente, por ejemplo, tener pechos y caderas grandes. Eso me hizo odiar mi cuerpo durante muchos años. Recuerdo que en la adolescencia llegué a tener crisis que consistían en golpear las partes de mi cuerpo que me causaban disforia y pensar en la automutilación como medio para calmar mi sufrimiento. Nunca lo hice y con el tiempo fui aprendiendo a aceptar mi cuerpo, a agradecerle por ser como es. Eso no quiere decir que no lo voy a modificar ahora que puedo; no obstante, si por alguna razón no tuviera opciones, también podría vivir en paz con él. Esto lo hablé con el psicólogo de la clínica en la que llevo mi terapia de reemplazo hormonal y me dijo que una persona trans no necesariamente es alguien que odia su cuerpo. Él me acompañó en mi transición social y familiar, y cuando consideró que ya estaba listo, me dio mi pase para poder ir con la endocrinóloga.

Me presento: soy Dante, tengo 36 años, llevo tres meses en testosterona y he aprendido a inyectarla yo solo. La TRH (terapia de reemplazo hormonal) la llevo en una clínica que se especializa en dar apoyo y seguimiento a personas trans en la ciudad de Tijuana. Además del acompañamiento psicológico y de lo hormonal, tienen una nutrióloga que me apoyó con una dieta súper personalizada. Como parte del proceso debo hacerme laboratorios a cada rato. No es cómodo, pero me gusta que cuiden mi salud y hagan las cosas de forma profesional y responsable. Lo pienso y creo que mi cuerpo ahora está más saludable que antes. 

“Cuando eres trans, los espacios en los que te sientes respetado se vuelven santuarios.”

La luz que entra

se acuesta sobre mí.

Desde hace tres meses practico yoga. Hacer ejercicio era uno de los requisitos para poder comenzar con la terapia de reemplazo hormonal y aunque suelo ser muy flojo para la actividad física, practicar yoga me hace moverme, me conecta conmigo. Una de las cosas que más me gusta del yoga es que las personas que lo practican conmigo suelen ser personas respetuosas, con buena vibra y mucha empatía. Cuando me inscribí, le comenté a mi maestra que era un chico trans y lo celebró conmigo, me hizo sentir que estaba en un espacio seguro, dejó de llamarme Patricia y comenzó a decirme Dante. Cuando eres trans, los espacios en los que te sientes respetado se vuelven santuarios. 

Por supuesto también se han presentado episodios lamentables, mayormente en redes sociales. Ahí la gente se atreve a decir cosas que en persona no lo harían, a través del anonimato muestran su cara más enferma. Por mencionar algo, comparan el ser transgénero con ser pedófilo; insisten en llamarme con pronombres femeninos por molestar, por provocar mi enojo; preguntan si soy hombre o mujer. Esos episodios he sabido dejarlos atrás y me han servido para ser más tolerante y compasivo con las personas, a pesar de si son transfóbicas. Intento ser comprensivo cuando hacen misgendering o cuando no entienden lo que es ser trans y cómo relacionarse correctamente, pero no permitiría que me insultaran de forma intencional o deliberada. Ya me insulté por mucho tiempo con pensamientos y palabras, forzándome a lucir de cierta forma, ajustándome a roles que no me agradan para que otras personas vivieran en paz a expensas de mi tranquilidad, salud emocional y libertad. Eso no va a volver a pasar. La luz entró y no voy a volver a las sombras.

“Que un hombre trans no tiene que ajustarse a los estándares de lo que ellos consideran que es un hombre, que ser hombre trans no significa querer ser un hombre cis, que ser trans no es equivalente a querer engañar a los demás.”

A medida que interactúo con algunas personas que saben que soy trans, me doy cuenta de que al intentar tratarme como hombre esperan que mi sensibilidad, la delicadeza de algunos movimientos y mi “educación de mujer” se borren instantáneamente, que me comporte “como un hombre”, que me ajuste a los roles que suelen asignarse al género masculino, a los hombres cis. Cuando hago cosas “de mujer” se preguntan: ¿entonces para qué quiere ser hombre? Y yo les hago saber que no hay una forma única de ser hombre, mucho menos de ser hombre trans. Que un hombre trans no tiene que ajustarse a los estándares de lo que ellos consideran que es un hombre, que ser hombre trans no significa querer ser un hombre cis, que ser trans no es equivalente a querer engañar a los demás. Entiendo que para algunas personas es complejo comprender que no hay únicamente dos géneros y tratan de meter todas las identidades dentro de lo que les es cómodo procesar. Por el bien de nuestro presente y de las generaciones futuras, creo que es necesario hacerlos comprender de una forma integral, no tener una actitud de “ay, pobrecitos, no entienden”.

Mi vientre delira y anida rosas.

Trato de vivir mi proceso de la manera más positiva posible, de forma festiva inclusive, y eso ha hecho que lo difícil no sea tan relevante. Me he dado cuenta de que cuando yo me celebro y me siento feliz con lo que estoy siendo, todo a mi alrededor se sincroniza con esa vibra. Así que prefiero utilizar esta sección para contar todo lo que me hace sentir el vato trans más afortunado.

Una de esas cosas es que mi familia me apoya y me ayuda en todos mis procesos. Aunque mi mamá aún no se acostumbra a hablarme en masculino y a veces todavía me dice “mija”, se la pasa investigando sobre los procesos legales, sobre la rectificación de mi acta de nacimiento y es quien va a financiar mi mastectomía en unos meses, como regalo de cumpleaños. 

A mi pareja, por otro lado, pareciera que le es muy natural hablarme en masculino. Ella celebra conmigo cada cambio físico que voy teniendo, me detecta pelos nuevos en el rostro y ha notado que soy menos reactivo desde que empecé con testosterona, soy más relajado y no la hago de pedo por todo, no me volví violento —contrario a lo que ella temía—. No fue algo que le sorprendiera en realidad, sino que le sorprendió más cuando le dije que soy bisexual, que cuando le dije que era un hombre trans. Ella me ha acompañado en todo y entiende que, así como este proceso es algo nuevo para los demás, también lo es para mí. 

Los cambios físicos que he estado teniendo también son parte de lo bonito de ser trans. A pesar de que solo llevo tres meses en testosterona, se notan. Mi piel es un poco más gruesa, tengo más vello facial y, en general, estoy menos “bonito” de la cara. Mis nalgas cambiaron de forma y los genitales también. La libido es como la de un adolescente. Celebro que hasta hoy no me ha salido acné y que mi voz se está haciendo más grave y profunda. Es tanta la emoción por los cambios físicos, que a veces se vuelve algo obsesivo. Me miro demasiadas veces en el espejo para ver si noto algo nuevo. Y aunque a veces no hay nada nuevo, no puedo evitar contárselo a mi novia o a mis seguidores de Instagram, que es donde más registro y comparto mis cambios. 

Desde hace unos meses, estoy en un grupo de Facebook de personas trans en Baja California. Me agregó uno de mis amigos. Ahí todos nos apoyamos en lo que podemos. Desde un simple saludo hasta contar historias personales para dar acompañamiento y apoyo emocional a los demás o proporcionarnos información importante en cuanto al aspecto legal de la rectificación de nuestras actas o demás documentos. En ese grupo también hay mujeres trans y personas no binaries, y todos nos respetamos por igual. 

Ahora mismo me encuentro iniciando el proceso de rectificación de acta de nacimiento. Esto quiere decir que en mi acta vendrá mi nuevo nombre “Dante”. También se hará el cambio de género y en donde decía “mujer”, dirá “hombre”. Antes de entrar en ese grupo yo no sabía que eso era posible, pero ahí me han guiado para poder llevarlo a cabo. No solo me han dicho cómo hacerlo sino cómo lograrlo sin que se dañe mi identidad. En algunas ocasiones, los servidores públicos de las instancias correspondientes piden requisitos como cartas de psicólogos, de psiquiatras, comprobantes de que estás en TRH, comprobantes de cirugía, entre otros. Y gracias a este grupo y al abogado que nos asesora, entendí que esos requisitos no son legales, que para hacer tu rectificación no necesitas eso y que tienes la opción de denunciar por discriminación si te niegan el trámite. Hasta ahora, todos los servidores públicos que me han atendido han sido respetuosos, por mera ignorancia se refieren a mí con pronombres femeninos y, sin embargo, han sabido asesorarme y guiarme para que pueda realizar este trámite exitosamente. Eso lo valoro mucho y si todo sale bien, comenzaré el 2022 siendo legalmente Dante, persona de género masculino.

En mi garganta vive una niña.

El fin del poema. El día que me dieron por primera vez mi receta de testosterona, también se la dieron a uno de mis amigos. No convivimos mucho, pero coincidimos en este proceso y compartimos por Messenger los cambios que vamos notando en nuestro cuerpo, en nuestras emociones y en lo social. Ese día nos emocionamos muchísimo. Recuerdo que una de las cosas que más queríamos que pasara era el cambio de voz. No me desagradaba mi voz, era aguda y “femenina” y aunque me hacía sentir inseguro, me gustaba cómo sonaba al leer mis poemas en voz alta o al cantar. Sin embargo, prefiero la voz que tengo ahora, aunque no sea la definitiva. Hay días en los que amanezco con la voz tan grave que tengo que esforzarme para que se escuche; en otros suena como antes de comenzar con testosterona o como cuando se te salen los gallos al cantar. 

Podría seguir escribiendo páginas y páginas sobre todo lo que implica ser un hombre trans y de la perspectiva tan única que tenemos de la vida, pero no acabaría nunca. Aún me falta hablar sobre el tema de los baños (¿a cuál baño tengo que entrar?), sobre feminismo desde la perspectiva de los hombres trans, sobre la discriminación por parte de miembros de la misma comunidad LGBT, sobre la parte sexual. Pero de esto podemos hablar más adelante, abonar a la conversación por escrito en otras redes sociales. 

Me gustaría agradecer a las personas que se tomaron el tiempo de leer este texto y al chico ex-transfóbico de Messenger con el que charlé hace poco, que se atrevió a poner en duda sus propios prejuicios, a hablarme con pronombres masculinos y expresar su deseo de aprender más sobre el tema. Respeto a todos. EP

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