Más o menos 500 años

¿Qué significan las conmemoraciones y cuál es la relevancia de datar la fecha exacta? Fernando Clavijo pone en cuestión cómo es que conocemos la historia a partir de la Historia. ¿Lo que nos importa es la veracidad de tal fecha?, ¿dónde queda todo lo realizado aunque no sea en la fecha adecuada?

Texto de 13/08/21

¿Qué significan las conmemoraciones y cuál es la relevancia de datar la fecha exacta? Fernando Clavijo pone en cuestión cómo es que conocemos la historia a partir de la Historia. ¿Lo que nos importa es la veracidad de tal fecha?, ¿dónde queda todo lo realizado aunque no sea en la fecha adecuada?

Hace unos meses fue mi cumpleaños. Ocasión para comer algo que me gusta y abrir una botella un poco mejor. No soy mucho de celebrar, no por un tema existencial sino por ansiedad social, pero últimamente me he llegado a preguntar cuál es esta fijación con contar las vueltas que da la Tierra al Sol. Los seres humanos estamos locos por el tiempo, por ahorrarlo, medirlo y anotarlo. A nivel personal conmemoramos cumpleaños y aniversarios, y en el plano social tenemos efemérides (vocablo que para latinos y griegos refería a la posición de objetos celestiales y al libro de anotaciones correspondiente, fuese diario o calendario).

Los cumpleaños individuales se celebran hace relativamente poco. Sí, hay una cita bíblica de 3200 años sobre un cumpleaños faraónico con todos sus oficiales, pero es probable que lo que celebraran fuera el día de la coronación. Aun no había pastel; esa costumbre parece venir de las celebraciones griegas a Artemisa (harina de trigo, miel y queso de cabra), y es posible que se hayan usado velas como decoración. Había pues fechas establecidas para las conmemoraciones importantes, como fiestas políticas, normalmente ligadas a eventos religiosos o agrícolas[1]. El calendario astronómico de 365 días inventado por los egipcios se convirtió en el calendario Juliano por órdenes de César y sirvió en Occidente hasta el siglo XVI, momento en que el Papa Gregorio adoptó la modificación necesaria al calendario romano (lo que le restó 10 días a la fecha del momento). Diferentes países europeos tardaron hasta casi 200 años en adoptarlo, por lo que se hizo un relajo de fechas. Si consideramos los calendarios de otras culturas (los calendarios armenio, chino y hebreo, por ejemplo, difieren por miles de años) vemos lo arbitrario de nuestra concepción del tiempo histórico.

Cuando los cristianos quisieron competir con la saturnalia romana, durante el reinado de Constantino, inventaron la navidad. Se ajustó la supuesta fecha de nacimiento de Jesús y listo, ahora la mayor fiesta religiosa del continente coincidía con la natividad del hijo de dios. Es un pecado menor, como quitarse años. En nuestro país tenemos una nueva efeméride, el 1321, designada, ajustada o inventada para representar la fundación de Tenochtitlán. No soy ningún experto, pero la mayor parte de los académicos que he podido leer descartan esta fecha. No que realmente importe, ¿qué es un año —o 10— más o menos? Lo interesante de las fechas no es la exactitud sino lo que significan para nosotros.

Lo que significan y cómo se conmemoran. El banquete de celebraciones por el nombramiento patricio de Julio de Médicis está fechado el 13 de septiembre de 1513. El menú y énfasis de este banquete en la forma visual lo hace pertenecer al Renacimiento, pero los métodos de cocción y presentación de alimentos siguen estancados en la Edad Media. Según Jean-François Revel (cuyo libro Un festín en palabras, junto con los artículos que entonces publicaban Ferran y Albert Adrià en El País, fueron hace poco más de 20 años lo que llevó a concebir la comida como algo más que alimento y goce), al sentarse a la mesa los comensales se lavaron las manos en el aguamanil individual y, al tomar el paquetito abultado que era la servilleta para secarse las manos, de este salieron pajaritos vivos que revolotearon sobre la mesa. Eso era espectáculo. Como en la Edad Media, los dulces se combinaban con lo salado, y de entrada se sirvieron mazapanes y pasteles de piñones con crema dulce y vino moscatel. Luego vinieron “enormes bandejas atestadas de papahígos, codornices y tórtolas asadas, tortas, perdices a la catalana [recordemos que los Médicis eran judíos catalanes], gallos cocidos y revestidos de su piel y sus plumas, acompañados de gallinas igualmente cocidas y revestidas, que, además, se sostenían sobre sus patas, capones hervidos recubiertos en salsa blanca, hogazas de mazapán, patés de codornices y un cordero con cuatro cuernos, igualmente escalfado y revestido de su piel y colocado sobre un centro de mesa dorado, y de pie, como si estuviera vivo”. Luego vinieron otros trece servicios del estilo, comida hervida y asada, abundancia y poco más. Hay ejemplos aun más burdos de la vocación por el espectáculo que imperaba en la Europa de esos años, pero acudamos mejor al gran admirador y crítico de los Médicis, Maquiavelo, quien admitía irónica o prescriptivamente (según cómo se lea) la manipulación como parte de un principado exitoso. “Un príncipe sabio debe”, escribió el florentino, “cuando tenga la oportunidad, fomentarse con astucia alguna oposición a fin de que una vez vencida brille él a mayor altura”.

Voltaire escribió que la historia prueba que se puede demostrar cualquier cosa con la historia. Es decir, que hay un propósito y una intención en la lectura que damos a los hechos, y por supuesto una lucha por controlar el pasado. Que el año en curso no solo conmemore la caída (el 13 de agosto) sino la fundación de Tenochtitlán pone énfasis en el aspecto militar del encuentro que empezó Hernán Cortés en 1519. Que este efecto y la subsecuente crisis diplomática que sufren México y España sea parte del legado maquiavélico, o la formación de un clima favorable al incumplimiento de contratos energéticos millonarios, solo lo sabrá el presidente (de abuelo español, como tantos otros) o, si acaso, la Cancillería. Pero más que caer en política, reconozcamos la apertura de las rutas de especias e ingredientes más importante de la historia de la humanidad.

La famosa ruta de la seda de Marco Polo parece insignificante al lado de la ruta del Atlántico, por la que llegan frutos a España y de ahí se reparten por toda Europa. Ya sabemos que no habría pizza margherita ni fish and chips sin la contribución del tomate y la papa americanos, o que la famosa fabada asturiana le debe sus fabes a los mexicas. No solo eso, sino que de la actual Ixtapa-Zihuatanejo zarparon barcos hacia Manila que llevaron el chile a toda Asia, gracias a lo cual ahora el curry (tal vez el mejor invento inglés) pica tan sabroso. El oro chino con el que se pagaba el chile iba a España como tributo, con lo que podríamos decir que México se convirtió en el centro de un mundo por primera vez globalizado.

Hace poco me dijo el antropólogo e historiador Christian Duverger que los indígenas de Mesoamérica no solo mejoraban las plantas sino que efectivamente las diseñaban e inventaban. Es verdad que el maíz guarda tan poca relación con su antecesor silvestre que realmente se puede hablar de la invención de dicho grano. Según él, esto se debe a que su concepción de dios no era monolítica como la europea y ello les permitía a los habitantes de esta región tener una relación demiúrgica con la naturaleza. El mayor ejemplo, me explicó, viene del tomatillo, una planta cuya semilla resiste al tracto intestinal humano y con ello se esparce con facilidad. Hace más de 7 mil años, los indígenas notaron que las hojas de esta planta eran aromáticas, y seleccionando ejemplares dieron lugar al tabaco. Más aun, asegura que también notaron pequeñas bolitas en las raíces de dicha planta, y que ese es el origen de la papa. De ser así, debemos cambiar nuestra concepción de indígenas como simples recolectores a una que los eleve al nivel de los más grandes botanistas de la historia.

Estas ideas pueden verse reflejadas en los cuadros de Emiliano Gironella, en exhibición en el Museo Iconográfico del Quijote, Guanajuato, adonde fui la semana pasada para ver esta conjunción de los dos libros designados como los más importantes de la literatura hispana: el primero, Don Quijote de la Mancha (que inventa un género, el género), y en segundo lugar La historia verdadera de la conquista de la Nueva España (original y erróneamente atribuida a Bernal Díaz del Castillo, pero ahora al escritor Hernán Cortés). En ambas obras se habla mucho de comida. La primera menciona “una olla más de vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”, para ejemplificar penurias económicas. La segunda crea controversia, pues habla del consumo de carne humana, pero también del gran rango de las comidas servidas a Moctezuma II —quien un tiempo fue amigo de Cortés y la Malinche (una figura que merece más discusión pública de la que ha recibido)— con hasta 25 pequeños guisos que incluían pato, hongos y hierbas, pescados y frutas, todas mantenidas calientes en braceros de barro con carbón.

Es, pues, irrelevante calificar la veracidad de la efeméride de 1321 cuando hay tanto que celebrar en términos de intercambio, divulgación y crecimiento alimentario. Relativizar las verdades ante telones partidistas es no ver el bosque por fijarse en las ramas. Sería ridículo inventar fechas cuando, además, hay cerca de 14 millones de niños en nuestro país (la mayor parte en el sureste) sin acta de nacimiento y por ende con una identidad a lo mucho dudosa.

No importa que le fallen por unos días o incluso meses, espero que estos niños indocumentados puedan celebrar sus cumpleaños acudiendo al rito más cotidiano de todos: comer. Tal vez su guiso favorito, tal vez hasta un trozo de chocolate. Este dulce muestra el grado en que la manera de comer del mundo entero ha sido afectada por las rutas comerciales que empezó Hernán Cortés. Si bien el chocolate se tomaba líquido y amargo en Tenochtitlán, en España no tuvo mucho éxito pues no le gustó a Carlos I de España, V de Alemania, (a él solo le gustaba el oro, y mejor si ya venía fundido) y apenas se empezó a consumir cuando en el siglo XVII le mezclaron azúcar. En América no había gusto por lo dulce —de hecho las frutas se comían verdes— pues probablemente ya se conocía el daño que hace el azúcar. No fue hasta el siglo XIX que los suizos tuvieron la idea de agregarle crema y se obtuvo el producto que ahora consumimos en todo el mundo.

Este mes de agosto hay fechas que se conmemoran por todo el mundo. Por ejemplo, la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, la independencia de India, los días de remembranza de la abolición de la esclavitud, y de las víctimas del estalinismo y el nazismo. También, el 9, el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. Caída o fundación, en estos meses y años conmemoramos una serie de efemérides que ocurrieron hace más o menos 500 años, el choque o encuentro de dos culturas quizás decadentes. El mundo entero es otro gracias a ello. Podemos recordarlo sin parar de vivir nuestras vidas, sin hacer aspavientos ni dejar de comer y beber. Sobre montañas de huesos y ceniza, seguimos mientras tanto poblando una esfera de tierra tibia que gira alrededor de una bola de fuego, contando las vueltas. EP


[1] La tradición de celebrar cumpleaños individuales de manera popular parece haber llegado con la Ilustración. Hay registros de los primeros “kinderfeste” en el siglo XVIII (Conde Ludwig Von Zizendorf). Casi 300 años después, hemos perdido la costumbre de soplar las velas del pastel gracias a la pandemia de la COVID-19.

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