Los otros habitantes

Taberna es la columna de Fernando Clavijo.

Texto de 13/10/20

Taberna es la columna de Fernando Clavijo.

Uno de los pocos efectos positivos de los meses de confinamiento y cierre de locales fue la disminución de basura en la calle. Por una parte, menor tráfico de transeúntes implica menos botes de yogurt y bolsas de comida chatarra en bancas y jardines, pero la falta de actividad comercial tuvo el efecto más notorio. En particular, desaparecieron los montones de basura que dejan por la noche los restaurantes. Con ellos, también, desaparecieron las ratas.

Puede sonar contra intuitivo, pues mucha gente comenta haber visto más ratas en estos meses. Pero hay que tomar en cuenta que los avistamientos no están directamente relacionados con la población de estos roedores, sino con la visibilidad. Según un estudio realizado por la Agencia de Salud Pública de Barcelona entre 2016 y 2017, en el que se atraparon y contaron miles de ratas, “el avistamiento de ratas en la superficie no está correlacionado con la población de ratas en el alcantarillado”. Como la gente pasó menos tiempo en el trabajo y más en su casa, pudo ver lo que antes no tenía tiempo de ver: ratas cruzando patios o tomando un poco de sol. Al disminuir la comida (basura) las ratas pasan hambre, con lo cual mueren muchas pero las sobrevivientes se tornan más competitivas (incluso llegan al canibalismo, el hambre es canija), agresivas y audaces. Normalmente estos animales no se mueven más allá de su cuadra, y van a comer al mismo montón de basura todas las noches. Pero con menos basura, las ratas viajan un poco más, se juntan en donde sí encuentran alimento, y se aventuran a visitar nuestras casas.   

Las ratas tienen una de las peores reputaciones en el reino animal. No solo nos alejamos de ellas y las cazamos activamente, sino que el método de exterminio es casi una tortura, pues los químicos empleados ocasionan una muerte lenta. Esto es así porque de otra manera las demás ratas detectarían el peligro y se alejarían de los cebos, pero no deja de ser cruel. Lo peor, a mi manera de ver, es que las insultemos. Llamamos “rata” a las peores personas, y cuando las vemos sentimos una repulsión que se acerca al odio.

No que esté mal temerles, pues sí son transmisoras de enfermedades. Transmiten directamente varios tipos de fiebre, enfermedades respiratorias, meningitis y salmonelosis, entre otros, además de que de manera indirecta traen parásitos que transmiten la enfermedad de Lyme, tifus murino, encefalitis de La Crosse, Virus del Nilo, y un largo etcétera. Pero, según estudios recientes, no son las únicas responsables de transmitir la famosa fiebre bubónica, que causó brotes, episodios epidémicos y hasta pandémicos desde los años 1300 hasta 1800.  Sería desafortunado culpar de esta pandemia también a China, origen de la rata parda. Más bien reconozcamos al culpable (de esa pandemia y de la actual) en el comercio internacional, pues llegó a Europa por la ruta de la seda (y desplazó a la rata negra) y a América en barcos mercantes  en 1770. En Maybe rats aren’t to blame for the Black Death (National Geographic, enero 2018), Michael Greshko explica que el comportamiento de la infección se asemeja más al de los piojos que pasan a la bacteria Yersini pestis que al de las ratas e incluso los hamsters y jerbos (muy de moda en Hollywood) que lo portan, sugiriendo que la trasmisión puede haberse dado independientemente de los roedores.

Las estimaciones sobre el número de ratas por país —incluso por ciudad— son casi inexistentes. Aparte del estudio mencionado en Barcelona, una estimación en Baltimore (2009) y publicada por el Washington Post habla de 60 ratas por cada 1,000 habitantes. Lo que sí hay son especulaciones. En 2004, Randy Dupree (director del Health Department’s Bureau of Pest Control) dijo que en Nueva York había una rata por habitante, algo parecido a lo que se comenta en Londres. En la CDMX se habla de entre 1 y 10 ratas por habitante, pero sin mucho sustento. Tal vez, como dice el epidemiólogo más famoso de México, lo que importa no son los números absolutos sino las tendencias (aunque él hablaba de vidas humanas). Según Robert Corrigan, de la Universidad de Cornell, las poblaciones globales han aumentado hasta en un 15 por ciento, debido a que el calentamiento global permite en promedio una camada más al año. 

Una camada más de 8-18 ratitas aparte de las otras 5-8 camadas que ya tienen regularmente, no parece que la disminución teórica en la población de ratas vaya a durar mucho. Por algo será que el 2020 es el año de la rata en el calendario chino. Cuando hay menos ratas, la procreación se acelera, lo que hace que las prácticas de exterminio realmente nunca funcionen. Por ello los norteamericanos —con su falta de respeto habitual por la naturaleza— están probando métodos anticonceptivos. Pero la verdadera solución está a la mano: dejar menos basura en el alcantarillado y en la calle, lo que, al revés que el exterminio, aumenta la competencia entre roedores y reduce la reproducción.

Al final del día, las ratas nos chocan porque son un indicador de nuestra propia suciedad, pero la epidemia es la basura. Las estigmatizamos, como muestra de manera genial el ilustrador Art Spiegelman en Maus, su novela gráfica sobre el Holocausto, y con ello somos nosotros los que nos tornamos monstruosos. 
Las ratas, pequeñas bestias peludas, no conocen nuestras reglas pero aun así tienen la educación de evitarnos, reduciendo su vida a cloacas y la noche, un poco como los personajes de Parásitos, la película de Bong Joon-ho. No entran, codiciosas, a los refrigeradores para robar el parmesano, sino que se contentan con nuestros desperdicios (con lo cual de hecho nos hacen un favor, pues sin ellas la basura se pudriría en el subsuelo). Tienen derecho a habitar la Tierra, y a no ser asociadas con pobreza, enfermedad y mugre, todas nociones humanas. Nuestro odio es aprendido, cultural y no instintivo. Pero no tiene que ser así. Si limpiamos nuestras ciudades o, mejor aún, si generamos menos basura, no hará falta un flautista para que las ratas abandonen este hábitat artificial y regresen al campo, donde se podrán alimentar de frutos y semillas. Y entonces ambas especies saldremos ganando. EP

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